Sobre el autor

Foto de Mª Pilar Molestina

Mª Pilar Molestina: Periodista especializada en el mundo del vino. Ha sido responsable de uno de los primeros clubs de vinos allá por los años ‘80, ha dirigido publicaciones de vino y colabora en diversos medios –siempre sobre el vino y su entorno. Desde hace 20 años dirige el Anuario de Vinos de El País y participa en paneles de cata nacionales e internacionales, dirige degustaciones y hace presentaciones de vinos españoles por el mundo. Lo más importante es que para su actividad, cata aproximadamente 5000 vinos al año, lo que le da un conocimiento bastante ajustado de la realidad vinícola actual.

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21 febrero, 2013 | 18:55

Ya no se busca sorprender con una Carta de  Vinos cuyas marcas ningún comensal recuerda. ¿Estamos menos dispuestos a arriesgar comprando vino que no conocemos de nada? Parece ser que sí.  Precisamente ahora que las cosas no están en absoluto boyantes, los aficionados al vino vuelven a reencontrarse con las marcas de toda la vida. Los estudios de tendencias de consumo en “tiempos malos” indican que el poco o mucho dinero del que se dispone para una compra hoy, hace que ésta sea mucho más conservadora.  Lógica pura.  A menos dinero, menos riesgo y aquí ganan las bodegas que suenan a ser “las de siempre” porque en mente de todos está el mensaje de que lo que permanece… por algo es.  También me gusta esta tendencia porque obliga a dirigir la mirada a bodegas que en los últimos tiempos han sido un poco dejadas de lado por el simple hecho de ser conocidas, por hacer grandes volúmenes que el consumidor desinformado relaciona con peor calidad, o porque no ofrecen ninguna sorpresa.

Podemos empezar como en un concurso de la tele con redoble de tambores incluido y que dijera, por ejemplo:  ¿hace cuánto tiempo que no prueba usted un tinto roble sabroso? ;  ¿cuándo fue la última vez que probó un buen rosado de la Ribera?;  ¿le suena el Finca el Grajo Viejo?  En resumidas cuentas, ¿hace cuánto que no prueba un Protos?  Pues si no contesta rápido o se va muy atrás en el tiempo, es que todavía no está usted en el espíritu de buscar la verdadera relación calidad precio.  Evidentemente,  no descubro nada si hablo de Bodegas Protos que fue la primera bodega  (1927) de la región que hoy ha pasado a llamarse Ribera del Duero. De hecho, el nombre protos  que viene del griego y quiere decir “primero”,  fue  propietaria de la marca “Ribera del Duero” y cedió el nombre a la entonces incipiente D.O.  que ampara la meseta norte donde confluyen Burgos, Segovia, Soria y Valladolid en un franja vitícola de más de 100 km. de longitud y 30 de ancho, que tiene al río Duero como espina dorsal. Esta bodega, a lo largo de su historia ha pasado de ser una cooperativa de viticultores con una bodega funcional al pie del castillo de Peñafiel, a ser una S.L. con criterios empresariales modernos donde incluso la ampliación la ejecutó el renombrado Richard Rogers (Premio Pritzker de Arquitectura 2007 más conocido en España por el diseño de la T4 del Aeropuerto de Barajas).  Eso es haber recorrido un largo camino desde los primeros embotellados allá por los años 30.

Protos Richard Rogers
Los vinos han seguido el mismo camino de evolución con factores importantes como el mayor control del viñedo que no solo ha llevado a los responsables a limitar los rendimientos sino también a identificar el viñedo por edad y conocer su comportamiento. Las variables con las que trabajan están ahora mucho más cimentadas y la primera selección de uva se hace en el campo. Los actuales Protos son vinos que no pueden más que gustar a un amplio público. Desde el más sencillo y sabroso tinto roble (7,30€) que por cierto, fue esta bodega la que acuñó este término y estilo de tinto joven con un ligero paso por barrica; pasando por un gustoso rosado (5,30€)de hermoso color, un crianza (13€) muy bien armado, un gran reserva (36,80€)noble y equilibrado como ya quedan pocos, y su tinto de gama alta, Finca el Grajo Viejo (38,82€), fino, desarrollado y con un toque de sofisticación envolvente. Esto se llama una apuesta a caballo ganador.

Cata Protos

06 febrero, 2013 | 17:42

Hace poco, estuve comiendo en el restaurante Ten con Ten de Madrid y en la mesa de al lado, un grupo de cinco personas acompañaba su comida con sendos cócteles que se iban reponiendo a medida que avanzaba el servicio. ¿¿¿???  Ayer, leyendo en la red opiniones y comentarios, me topé con el blog de José Peñín donde escribe lo siguiente de los vinos que más le cautivaron en el año: “No necesariamente son los mejores pero sí diferentes.” Hasta ahí de acuerdo porque la diferencia sí es atractiva. “Son vinos profundos, extraños, impregnados de naturaleza vegetal y matices terrosos de su geología. Posiblemente algunos no son los mejores candidatos para la mesa, pero sí para pensar, para gustarlos en debate, solos, sin acompañarlos con bocados. Algunos al borde del deterioro pero, sobre todo, son vinos apreciados por los que llevan a sus espaldas muchos tragos de distintos orígenes y castas”. Admite con esto último que son vinos para “expertos”; o sea, para cuatro.

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Llevo a mis espaldas “muchos tragos” y francamente,  no me atraen excesivamente  los vinos de marcado acento vegetal y matices terrosos (prefiero el equilibrio y la armonía, donde no me encuentro aristas que me llevan por la senda de los verdores y recuerdos terrosos. Me encantan en cambio los que tienen un punto mineral, pizarroso, con recuerdos a frutas, flores y especias; otro tipo de notas que se refieren a su terruño…).  Si un vino no sirve para acompañar en la mesa ¿para qué entonces?, ¿para análisis de laboratorio?  Admito que muchos también se beben como aperitivo, como bebida de conversación, pero igualmente los sentaría a la mesa. 

No me emociona debatir sobre vinos, ni pensar sobre ellos, aunque muchas veces sí acompañe el debate o el pensamiento de otros temas con una copa de vino en la mano. Lo que no me atrae en absoluto es un vino que empieza a caer, me da rabia no haber llegado antes; me desilusiona,  y el que esté al borde del deterioro no me dice nada, a no ser que esté delante de un vino muy muy muy viejo que me permite soñar que atrapo un poco del tiempo que encierra y me hace testigo de su marcha.  

El consumo de vino lleva años en descenso aunque según el Observatorio Español del Mercado del Vino, el consumo en los hogares de enero a noviembre pasado tuvo un ligero remonte de 1,8%, a pesar de que el precio medio descendió un 3,5%. 

Me suena mal que se coma con gin-tonics, que los que saben de vinos se sientan cautivados por rarezas difíciles de compartir,  que el consumo caiga y que los graneles y vinos de mesa contribuyan a frenar la caída.  No pinta bien para el sector.

Claramente se están haciendo las cosas mal. Poca promoción, poca profesionalización a la hora de trasmitir y comercializar el vino, poca comunicación con mensajes equivocados o trasnochados, poco servicio, poco mimo… demasiados “pocos” para un solo sector.

¿Alguna idea para salir de mi confusión?

imagen de Ignacio Rúiz-Jarabo

Licenciado en Económicas e Inspector de Hacienda (en excedencia). Trabajó durante veinticinco años en el Sector Público, desempeñando entre otros los puestos de Director de la Escuela de la Hacienda Pública, Director General del Catastro, Director General de la Agencia Tributaria y Presidente de la Sepi. Desde 2.004 trabaja en el Sector Privado. Actualmente es consejero del grupo de empresas Colway 08 y socio director del despacho Carrillo & Ruiz-Jarabo Asesores.

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