Estoy vinícolamente confusa o desconcertada.
Hace poco, estuve comiendo en el restaurante Ten con Ten de Madrid y en la mesa de al lado, un grupo de cinco personas acompañaba su comida con sendos cócteles que se iban reponiendo a medida que avanzaba el servicio. ¿¿¿??? Ayer, leyendo en la red opiniones y comentarios, me topé con el blog de José Peñín donde escribe lo siguiente de los vinos que más le cautivaron en el año: “No necesariamente son los mejores pero sí diferentes.” Hasta ahí de acuerdo porque la diferencia sí es atractiva. “Son vinos profundos, extraños, impregnados de naturaleza vegetal y matices terrosos de su geología. Posiblemente algunos no son los mejores candidatos para la mesa, pero sí para pensar, para gustarlos en debate, solos, sin acompañarlos con bocados. Algunos al borde del deterioro pero, sobre todo, son vinos apreciados por los que llevan a sus espaldas muchos tragos de distintos orígenes y castas”. Admite con esto último que son vinos para “expertos”; o sea, para cuatro.
Llevo a mis
espaldas “muchos tragos” y francamente,
no me atraen excesivamente los
vinos de marcado acento vegetal y matices terrosos (prefiero el equilibrio y la
armonía, donde no me encuentro aristas que me llevan por la senda de los
verdores y recuerdos terrosos. Me encantan en cambio los que tienen un punto
mineral, pizarroso, con recuerdos a frutas, flores y especias; otro tipo de
notas que se refieren a su terruño…). Si
un vino no sirve para acompañar en la mesa ¿para qué entonces?, ¿para análisis
de laboratorio? Admito que muchos también se beben como aperitivo, como bebida
de conversación, pero igualmente los
sentaría a la mesa.
No me emociona debatir sobre vinos, ni pensar sobre ellos, aunque muchas veces sí acompañe el debate o el pensamiento de otros temas con una copa de vino en la mano. Lo que no me atrae en absoluto es un vino que empieza a caer, me da rabia no haber llegado antes; me desilusiona, y el que esté al borde del deterioro no me dice nada, a no ser que esté delante de un vino muy muy muy viejo que me permite soñar que atrapo un poco del tiempo que encierra y me hace testigo de su marcha.
El consumo de vino lleva años en descenso aunque según el Observatorio Español del Mercado del Vino, el consumo en los hogares de enero a noviembre pasado tuvo un ligero remonte de 1,8%, a pesar de que el precio medio descendió un 3,5%.
Me suena mal que se coma con gin-tonics, que los que saben de vinos se sientan cautivados por rarezas difíciles de compartir, que el consumo caiga y que los graneles y vinos de mesa contribuyan a frenar la caída. No pinta bien para el sector.
Claramente se están haciendo las cosas mal. Poca promoción, poca profesionalización a la hora de trasmitir y comercializar el vino, poca comunicación con mensajes equivocados o trasnochados, poco servicio, poco mimo… demasiados “pocos” para un solo sector.
¿Alguna idea para salir de mi confusión?

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