El vino, como espectáculo, deja mucho que desear
Acabo de pasearme y asistir a unas catas en Enofusión, que es como una mini-feria vinícola que se desarrolla dentro del marco de Madrid Fusión y llego a la misma conclusión año tras año. ¡Qué mal “se vende” el tema de vino!
Iba totalmente entusiasmada con la perspectiva de una cata vertical de Grans Muralles junto con vinificaciones de variedades “rescatadas” en Cataluña por el equipo técnico de Bodegas Torres (trabajo encomiable donde lo haya) pero una vez más, mi gozo en un pozo. No por el tema de la cata de Grans Muralles que fue estupenda, ilustrativa, amena y realmente la disfruté, pero sí por la pésima sincronización, cadencia, ritmo o timing (como lo quieran llamar), por las prisas y el entorno…
Imaginaros: tarde invernal de frío castellano de agua-nieve donde el taxi de turno te deja “cerca” del pabellón 14 (no se puede acercar más) donde se celebra Madrid Fusión (abstenerse tacones, finuras y elegancias, que de nada sirven cuando hay que caminar, sortear obstáculos en medio de charcos, baldosas levantadas, pasos bloqueados y tránsito por controles diversos antes de acceder al recinto donde se celebra la ¿Feria?). Para cuando has subido los dos tramos de escaleras (mecánicas y perfectas) aterrizas en un espacio acotado a la izquierda, inhóspito, amplio y desangelado aunque enmoquetado en la zona principal de catas, con cantidad de basura por el suelo que te da una sensación de haberte equivocado de escenario. Dentro, una serie de stands de bodegas que habrán pagado lo suyo por estar ahí, pero alineadas fríamente sin ningún mimo, cuidado ni glamour.
He asistido a cantidad de ferias en el IFEMA de Madrid y el entorno se mima, se limpia y ofrece un aspecto que invita a la contemplación, a la participación, al encuentro y al intercambio comercial… No hay más que mirar Arco Madrid, Feriarte, Almoneda, Intergift, Classic Auto, etc. para saber que no hablamos de imposibles.
La cuestión es que se me cayó el alma a los pies porque recordaba el cuidado y la finura de encuentros vinícolas bien hechos (siempre fuera de España, lo siento) que realmente le dan valor al producto que se presenta. Se supone, o así se presenta Madrid Fusión, como un foro y un evento gastronómico de primera línea. A lo mejor me lie y el vino no es gastronomía y de ahí que me haya equivocado esperando, inútilmente, un tratamiento más cuidado del tema vinícola. Para más señas, las copas eran correctas, pero más adecuadas para un bar de mucho trasiego que de un lugar donde se cata y se mima el vino.
Superado el primer chasco del entorno, empezó una magnífica cata vertical de Grans Muralles. Primero llegó el 2001 (en magnum), 2004, 2006, 2009 y vinificaciones de 2010 y 2011 de la recuperada querol, que entra en el coupage del 2009. De éstos últimos, poco puedo decir con cierto rigor porque el tiempo apremiaba y a duras penas conseguí enterarme de lo más elemental, pero de Grans Muralles… ¡eso ya es otra historia!
Proviene del
viñedo documentado más antiguo de Cataluña (principios del s. XII) que rodea el
monasterio de Poblet, con un concepto muy claro donde lo que importa es
elaborar un vino muy “de la tierra” con un estilo concreto que es la “niña
bonita” de Bodegas Torres y debe ser expresión absoluta de su entorno singular
con viníferas recuperadas de la zona. Estamos hablando de 2.000, 3.000 o las
mil y pico botellas que cada año se puedan hacer respondiendo al estilo prefijado en esta finca pegada a las
montañas, de suelo profundo, pedregoso, pero con algo de lima y grava. Visto
desde la distancia, parecería casi fértil, pero las 32 ha. de viñedo tienen
poca retención de agua y son caprichosas en su producción anual (en 2012,
algunas parcelas dieron la mínima cantidad de 800 kilos/ha). El peso histórico
del viñedo es importante pero no lo es menos el resultado obtenido. Es un vino
donde lo importante es la selección de las variedades en el campo, más que la
selección masal o de clones de las variedades.
2001 y 2009, son añadas cálidas donde las notas de confitería están más presentes. Se nota el trabajo enológico para conseguir más expresión frutal de la garnacha. Tienen un punto más alcohólico que el elegante 2004 que me pareció más noble y armonioso y de una complejidad inmensa. Este último, realmente me encantó por esa complejidad, por su elegancia, su armonía y por el punto equilibrado de la madera, aparte de unos aromas absolutamente embaucadores. Un verdadero lujo en nariz y con una boca inmensa y de magnífico paso. Del 2006 me quedo con las notas de confitería y la marcada presencia de la garnacha también, que quizás resulta más fresca y expresiva. Y de las vinificaciones de querol, espero que haya un “continuará”…
Un lujo de cata cuya primera añada de 1996 ya permitía adivinar lo que años más tarde hemos podido ir catando y confirmando. El último que caté de Grans Muralles; ¡toda una experiencia recomendable!
(Grans Muralles 2008: 98 puntos Anuario de Vinos El País. Aprox 100€)

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