Dos monstruos cara a cara
Reunir en la mesa a una verdadera lamprea gallega, que no bordelesa, y un albariño racial que es pura artesanía, recuerda que aquellas alianzas primigenias, primarias y elementales son aún posibles. Ésta, es una unión de productos vinculados a una cultura y a un origen eminentemente gallego que cada cierto tiempo se miran a la cara para confirmar que siguen vivitos y coleando en el ideario y en la tradición más arraigada.
El albariño lleva encima una larga historia con un pasado inmediato bastante inquieto. A pesar de la prosperidad alcanzada a comienzos de la Edad Media, las rivalidades con los comerciantes ingleses provocó que las autoridades prohibieran la venta de albariño y ribeiro a los “perversos” ingleses. Al final, solo se consiguió sustituir la venta de estos vinos gallegos por vinos portugueses e iniciar así un periodo ruinoso de decadencia de la vitivinicultura gallega.
Corrieron los siglos y los pasados años 70 y 80 fueron importantes en la lenta recuperación de la producción de uva albariño. Nuevas inversiones, mejoras tecnológicas y un deseo de recuperar un icono del lugar dio lugar a la fundación del Consejo Regulador de la DO Rías Baixas en 1988 que, en un principio, intentó denominarse Albariño. Hoy con muchas tareas ya hechas, lo que se persigue es encontrar el auténtico albariño, un poco más fiel a sí mismo y un poco menos relajado a la hora de dejarse llevar por tentaciones comerciales hechas a medida de mercados específicos que dejan al albariño un tanto desnortado.
Asistimos a momentos apasionantes donde las bodegas llevan a cabo experiencias de las distintas tendencias de elaboración que defienden fermentaciones en barrica, crianzas sobre lías, ligeros pasos por madera, aportes de variedades distintas a la albariño en el coupage final, envejecimientos en botella, etc. Todo vale para encontrar el verdadero corazón de la auténtica variedad autóctona en el fondo de la copa.
Entre unos y otros, está la Compañía de Vinos Tricó que mantiene una absoluta determinación de
no intervención. José Antonio López, propietario y alma mater piensa que cada
cosecha debe defenderse y expresarse por sí misma y que hay que darle todo el
tiempo que necesite para llegar a la maduración, previa a su puesta en el
mercado. Defiende la honestidad del vino dejándolo que se desarrolle y sin más
aditivos ni ayuda que el transcurrir del tiempo que es el que pulirá y
redondeará el resultado final. Pasó por Madrid para hacer una cata vertical de
las últimas cosechas, algo que hubiera sonado a imposible hace unos años en que
se aseguraba que el albariño no envejecía bien y había que beberlo lo más cerca
posible del momento de su embotellado. José Antonio siempre defendió la
longevidad del albariño auténtico y el tiempo ha dado la razón a sus
elaboraciones. El prodigioso Nicolás 2010 es un albariño fresco, con
volumen, es un paso más allá de armonía y sensación global de equilibrio y
sedosidad. Todo esto enmarcado en una amplia sinfonía aromática donde
predominan las notas florales. Un verdadero deleite que no hizo sombra ni quedó
opacado en compañía de la lamprea hecha en su propia sangre y con cebolla
picada. Se dice que la lamprea fue el plato favorito de Carlos V ¡y eso que no
contaba con Nicolás de Tricó para redondear
el tema!

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