Un espacio de encuentro con las principales tendencias en la gestión del capital humano, motor fundamental del éxito en cualquier organización. Un rincón donde encontrar las claves que permitan identificar a los mejores profesionales. Un punto de encuentro para el debate donde crecer y hacer crecer.

Imagen de Antonio Pamos

Antonio Pamos Doctor Cum Laude en Psicología y experto en gestión de Recursos Humanos. Acumula más de 20 años de experiencia trabajando con profesionales en la gestión del talento, la identificación del potencial o la medida del desempeño. Es VP de la Asociación Internacional de Directivos de Capital Humano, miembro de diferentes comités científicos nacionales e internacionales y también está considerado como uno de los más influyentes en su campo. Es autor de decenas de artículos y publicaciones. En la actualidad es socio y director de la compañía multinacional Facthum Spain, desde donde ofrece su experiencia y conocimiento a compañías de todo el mundo.

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13 septiembre, 2016 | 10:56

Los españoles manifestamos ser un 6,3 de felices sobre 10. No está mal, teniendo en cuenta la que está cayendo.  

Sin embargo, llama la atención, cómo se exhibe esa felicidad para que todo el mundo lo sepa, del mismo modo que el dueño del descapotable se pasea calle arriba, calle abajo, a mayor gloria de los decibelios. 

Uno entra en el estado de sus contactos de whatsapp o de FaceBook, y se da cuenta de lo injusto que es ese 6,3, que entre lo felices que somos, lo enamorados que estamos y nuestra rica vida social, eso debería ser por lo menos un 9. 

¿Por qué ese afán por hacer público nuestro gozo, nuestra dicha, la luz que irradiamos? Porque ser feliz se ha convertido en “el objetivo”, como antes lo era acumular patrimonio, o alcanzar un estatus social. 

Los Estados Unidos tienen su “American dream” y dicen “you got it” a quien lo hace realidad: casa con jardín, cónyuge de sonrisa sempiterna y niños Disney.

Parece que el “sueño español” es ser feliz, y para creérnoslo nosotros, primero deben hacerlo los demás.

06 septiembre, 2016 | 10:02

Hitler no era un terrorista, al menos, una vez ya aupado a la cancillería. 

La violencia contra la población civil se puede ejercer de muchas maneras, según el objetivo de aquélla: amedrentar, sojuzgar, demostrar, avisar, eliminar. Hitler, ha pasado a la historia como genocida porque buscaba eliminar, y a fe que puso todos los medios humanos y materiales a su alcance para lograr su abyecta empresa.

El terrorismo actual que padecemos, el de los ataques en París, las bombas en Bruselas o los suicidas en EE. UU., no persigue acabar con un grupo racial o cultural-religioso específico, busca crear terror, extender una pátina de miedo en una ciudadanía, poco o nada acostumbrada a la violencia, que doblegue sus voluntades.

Recientemente, en una estación de Metro de Madrid, la gente salió corriendo aterrorizada porque habían identificado como disparos lo que era un tren averiado. Una mujer deliró y refirió haber visto incluso pistolas. Unas semanas atrás, ocurrió algo similar en una población española y otra francesa.

Éste es el éxito del terrorismo, crear un infierno en el que la gente viva en un estado de amenaza continuo, que cambie sus hábitos de vida y que se encare con sus gobernantes ante la falta de seguridad percibida.

Francia tiene algo más de 65 millones de habitantes, en el atentado de Niza murieron 85 personas, pero inocularon el virus del miedo a los 65 millones: “no estás a salvo, en cualquier lugar, en cualquier momento te podemos golpear” es el mensaje implícito.

El miedo es una emoción atávica que en entornos naturales ofrece dos respuestas posibles, parálisis o huida. En una sociedad organizada, genera una tercera reacción, romper la cohesión interna y extender la duda sobre los gobernantes y sus políticas, los cuerpos de seguridad y su efectividad y ciertas nacionalidades y su lealtad. Éste es, insisto, el éxito del terrorismo.

Está extendido el mito de que Hitler llegó al poder a través de unas elecciones democráticas, cierto, si no fuera porque previamente se encargo de crear un estado de terror con acciones como el incendio de Reichstag o la lúgubre noche de los cuchillos largos, entre otras infamias. Doblegó la voluntad del pueblo y ganó, claro que ganó.

Nuestra arma antiterrorista más poderosa no es otra que seguir llevando una vida normal.

29 agosto, 2016 | 11:00

Como el turrón en Navidad o las lluvias de abril, ya está aquí de nuevo el falso síndrome Postvacacional.

Todos los años, los medios etiquetan la incómoda vuelta a la rutina con este término paramédico.

Pero el tal Síndrome no existe, lo que existe es la insatisfacción y la frustración con la vida construida (o deconstruida) y volver de nuevo a situarnos cada mañana ante un espejo que nos devuelve una imagen distorsionada de lo que siempre soñamos ser. Y algo de pereza también.

13 marzo, 2015 | 10:17

El tiempo. Implacable rector.

 

El hombre había vivido miles de años sin más referencia que la del sol. Las grandes batallas se libraban al alba, punto del día común para todos. Y con la caída del sol se buscaba el descanso.

Poco a poco, a lo largo del Siglo XIX se generaliza el uso del reloj y de la referencia compartida del tiempo. Inicialmente de forma caótica, cada estado o región asume su propio horario. Se daban situaciones tan llamativas como que Nueva Orleáns vivía 23 minutos de retraso con respecto a Baton Rouge, a sólo 120 kilómetros.

En 1884 el Real Observatorio de Greenwich propone el primer sistema de husos horarios tal y como lo entendemos hoy, pero no es hasta 1911 cuando se generaliza a la mayor parte del mundo.

El tiempo, desde entonces, ha pasado a marcar el ritmo de nuestra vida. Nos levantamos por la mañana y lo primero que hacemos es ver la hora en el despertador. Salimos a la calle rodeados de relojes. El propio, el del coche, en las vallas publicitarias, en las marquesinas, en el móvil. Por todas partes parecen querer decirnos, “corre más rápido que si no, no llegas”.

Venimos al mundo acompañados de tres números, cuánto hemos medido, cuánto hemos pesado y, como no, a qué hora ha tenido lugar el alumbramiento. Y esa hora que nos define, no sólo astrológicamente en forma de zodiacos, ascendentes o cartas astrales, nos acompaña hasta la muerte cuando en algún impreso administrativo se incluirá también a qué hora se produjo el óbito.

A la vez, hemos incorporado artilugios que nos permiten gestionarlo. Las agendas electrónicas (PDA) nos muestran de manera gráfica los huecos que tenemos y nos invitan a llenarlos con otros compromisos. Vamos enlazando un acontecimiento con otro como si de un tren de mercancías se tratara. Con un destino: llegar al final del día habiendo cumplido con todos nuestros compromisos. ¡Qué satisfacción!

20 octubre, 2014 | 00:00

Yo soy creativo

La creatividad es algo inherente al individuo. Esto es importante remarcarlo. Es un asunto de personas, no de ideas.

La persona alcanza el desempeño creativo a través de un estado de consciencia donde la imaginación asume un rol director y vaga, sin limitaciones, hasta convertirse en una idea. Por lo tanto, la idea es ulterior a la consciencia y de esta manera se puede aseverar que una gran idea en manos de un equipo mediocre se echaría a perder. Mientras que una idea mediocre en manos de un equipo talentoso puede reconvertirse en algo grande.

Las ideas fluyen como glóbulos rojos por el torrente sanguíneo de la organización, por eso, aunque suene banal,  es importante que sean de calidad y sobre todo que estén alineadas con la propia organización, sino, se podría producir un rechazo.

Tales ideas, a su vez, son indicadores de salud de la organización. Como el ciclista escalador, es su ventaja competitiva frente a los demás. Por eso, lo peor que le puede ocurrir a una compañía es preguntarse cómo no se nos ocurrió antes: buenas ideas hacen buenos negocios.

Producir ideas creativas supone dar de lado a modos de operar enquistados. El más habitual y a la vez más difícil de vencer es el miedo al riesgo. Detrás de una idea innovadora hay un espacio de incertidumbre que sólo se puede llenar desde la puesta en práctica de la misma. Eso supone un desafío que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Y no hablo sólo de retos económicos, sino también amenazas a la autoestima por flirtear con el fracaso. Porque este último, como decía Cervantes de la muerte, nunca es bueno, venga vestido como quiera venir.

En el mundo de las ideas en la organización no vale todo. El producto creativo tiene que ser apropiado, es decir, útil y materializable y tener un impacto en el negocio. Todo lo demás es perder el tiempo. En este caso, resulta necesario establecer unas pautas de trabajo que pasan por aceptar el conocimiento y la disciplina como compañeros de viaje del momento creador.

Sé que resulta un tanto contradictorio comenzar este texto hablando de libertad, sin límites ni barreras y que de repente aparezca la maldita disciplina, el orden, lo establecido. Resulta complejo en el mundo de las organizaciones encontrar un punto intermedio, pero a fe que lo hay.

Pixar, por ejemplo, uno de los exponentes de la creatividad contemporánea fomenta la libertad de generación de ideas entre sus empleados, pero siempre con un propósito, la película debe gustar al público objetivo. Vamos, que debe retornar dinero.

Ted Coulson, destacado investigador en este campo, establece cuatro fases en el pensamiento creativo: La exploración (qué quiero que haya en lugar de lo que hay o no hay); El inventario (de qué me puedo servir, experiencias, conocimientos, colegas, etc.): La elección (qué me resuelve la búsqueda inicial); La materialización (la puesta en práctica. Una gran idea de la que no se haya considerado su modo de implementación, morirá).

Este esquema de trabajo establece dos tipos de trabajadores creativos: El adaptador (su objetivo es perfeccionar lo que ya existe) y el innovador (promueve el cambio radical de lo existente).

29 septiembre, 2014 | 10:00

Recuerdo con gran nitidez cómo de muy pequeño, en el colegio me explicaron un día la diferencia entre inventar y descubrir. Me pusieron un ejemplo muy elocuente: una persona hace miles de años vio caer un tronco a un lago y observó que no se hundía. De ahí nació la navegación. El ejercicio escolar consistía en concluir si la navegación fue inventada o descubierta.

Creo que acerté en la respuesta que di. Sin embargo, por la edad, no fui capaz de profundizar en el razonamiento que llevó a aquél sujeto a poner la primera pieza del engranaje náutico, tal y como es hoy.

Es muy probable que aquél primigenio siguiera el planteamiento que siglos después enunció Albert Einstein, quien se postulaba como un artista capaz de pintar y dibujar cualquier composición en su imaginación. Y añadía, “sin limitaciones”.

Sí, porque detrás de cualquier producción novedosa hay un ejercicio claro de creatividad y ésta sólo puede venir desde la libertad individual de pensamiento. Sin cortapisas, sin barreras.

La creatividad es similar al trabajo del arqueólogo, una búsqueda constante sin tener claro en qué momento encontrará la reliquia, ni si la encontrará.

Pero el arqueólogo no trabaja solo. Cuenta con todo un equipo que le acompaña en la ardua labor de hallar lo que está oculto. Cada uno cumple su función y el premio encumbra a todos.

Naturalmente, la esencia creativa es una actividad individual y personal. Sin ella no hay opción para alcanzar un modelo de creación grupal o colectiva. Pero no es menos cierto que tal creatividad colectiva es algo más que la suma de las individuales. 

01 septiembre, 2014 | 11:00

Los americanos lo llaman “Blink” que significa “parpadeo”. En otras ocasiones se dice que es como “pensar sin pensar”. Nuestra cultura lo conoce como el “sexto sentido” o “corazonada”.

 Hablamos de la intuición.

La historia de la humanidad ha ido pareja a una sucesión de estudios, investigaciones y descubrimientos científicos que han tratado de explicar el mundo. Cuando algo se desconocía, se estudiaba intentando encontrar “una explicación” que sustentara su existencia. Y así es que haciendo balance de tanta inquietud por saber, a día de hoy, aunque usted no se de cuenta, estamos sumidos en una vorágine de principios, axiomas, teorías, postulados que como mínimo, en algún momento tuvieron sus 15 minutos de gloria y como máximo la eternidad.

Toda esta constelación de productos con base en la búsqueda paciente y metódica de un porqué surge de enfoques generalmente científicos y habitualmente explícitos (al encontrarse fuera del investigador la fuente del conocimiento). Cuando Newton postula su Teoría sobre la gravedad no hace más que observar cómo se comporta una manzana que cae de un árbol, y allí encuentra respuesta a su inquietud.

Sin embargo, existe otra ciencia, o “aciencia” igualmente válida y que no exige haber pasado por la universidad para encumbrarla. Es el pensamiento basado en la intuición. El razonamiento implícito, cuya fuente de comprensión está en el interior de uno mismo.

Simplificando mucho, podríamos definir la intuición como el conocimiento de algo que surge de forma involuntaria y en muchos casos inconsciente. Es ese razonamiento al que llegamos sin saber cómo pero que nos sitúa en la verdad.

En los casos más destacados (como los que acaban saliendo en televisión) no existe un origen palmario de esa capacidad, sea éste congénito o adquirido. Pero lo que sí está claro es que se desarrolla con la experiencia y con una disposición especial por observar e interiorizar lo observado.

[Continuará]

16 junio, 2014 | 21:52

Conocí una vez un inspector de policía bien curtido por los años y nada estrafalario en su forma de ser que me aseguraba de sus detenidos: “cuando los veo aparecer por la puerta ya sé si son culpables o inocentes”.

Lo que aparentemente debería ser un acto de soberbia y orgullo desbordado, con dosis de narcisismo, se veía respaldado a tenor de su eficacia profesional y reconocido prestigio en el Cuerpo.

Hablando con él e intentando encontrar una explicación a este hecho, me llamó la atención que él mismo reconocía que no había sido siempre así, que su agudeza había ido mejorando con los años. Se definía a sí mismo como muy observador y detallista y en la relación personal, por una razón de confianza que le había dado su éxito profesional, había aprendido a mirar a los ojos de su interlocutor de manera inquisitiva. Llegaba incluso a incomodar esa forma de mirar tan profunda, como queriendo ver qué se escondía detrás del globo ocular.

Él mismo no sabía explicar en qué se fijaba. Hablaba de la forma de andar, el tono de voz, la combinación de la ropa, pero sobre todo del brillo de los ojos. Ése era su test de honestidad, el brillo de los ojos.

Nadie medianamente cuerdo se atrevería a buscar la relación estadística entre el brillo de los ojos y la comisión de un delito. Él había aprendido a hacerlo.

La intuición como medio de conocimiento y explicación del mundo es válida siempre y cuando sus conclusiones no estén forzadas. Es decir, que sea totalmente natural, aséptica, sin interferencias conscientes. Debe surgir por sí misma y ser confirmada una y otra vez para poder asimilarla.

A diferencia de otros conocimientos no se puede compartir, básicamente porque no se puede explicar. Si fuera explicable ya no sería intuición.

28 diciembre, 2013 | 22:20

Catherine Susan (Kitty) Genovese murió en Nueva York el 13 de marzo de 1964 con 29 años.

Llegaba a su casa de madrugada en el barrio de Queens después de trabajar cuando Winston Moseley la atacó.

La primera intención del atacante fue robarle pero ante la resistencia de la víctima y los gritos que profería, aquél optó por acuchillarla.

Kitty no murió, pero quedó malherida en la calle.

Unos 20 minutos después, tendida aún en la calle pues nadie la había socorrido, su asesinó volvió y además de acuchillarla de nuevo abusó sexualmente de ella.

Un vecino llamó a los servicios de emergencia que poco pudieron hacer por su vida.

Hasta aquí no deja de ser una historia de violencia cotidiana en un barrio neoyorquino. Una víctima más que engrosaría las estadísticas de criminalidad al finalizar el año.

Lo que llamó la atención de este caso a la opinión pública es que se calcula que 38 vecinos, asomados a sus ventanas, vieron el mortal ataque sin hacer nada, como meros espectadores de una película de suspense. Sólo al final del segundo ataque un vecino llamó a la policía.

Este caso trascendió de lo policial a lo social y dos investigadores, John Darley y Bibb Latané, trabajaron en lo que dieron en llamar “El Efecto Espectador”.

La conclusión a la que llegaron es que la posibilidad de que alguien muestre iniciativa ante un ataque a un tercero es inversamente proporcional al número de personas que lo acompañan. Es decir, que si alguien, solo o poco acompañado, es testigo de una agresión es más probable que se inmiscuya que si está acompañado de mucha gente.

¿Por qué ocurre esto? Entre las diversas hipótesis que se barajan está el pensar que otro asumirá esa iniciativa. Pero también se conjetura que muchas personas perciben lo que le ocurre a otros como ajeno a su incumbencia y que si la víctima no pide ayuda explícita no se le da: Efecto Espectador.

Traigo aquí está historia ante la pobre repercusión social que está teniendo la crisis económica en nuestro país. Cuando 1,7 millones de familias tienen a todos sus miembros en paro, cuando hay cientos de miles de personas por encima de los 45 años que no podrán volver a trabajar nunca, cuando hay provincias con índices de desempleo cercanos al 50% y cuando se recortan por decreto las políticas sociales y los derechos de los trabajadores nadie sale a la calle.

Y nadie sale a la calle porque somos espectadores de un drama que de momento afecta a una población desahuciada y de poca relevancia.

Pero como dijo Bertolt Bretcht, mañana nos puede tocar a nosotros y pasaremos de espectadores a protagonistas y ahí no hay más efecto que el de sobrevivir.

P.D.: “A la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo”. –Gabriel Celaya

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Paula Satrustegui profundizará en las novedades fiscales y relativas a la seguridad social, que afectan a la planificación de las finanzas personales de los profesionales.

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Belén Alarcón trasladará su experiencia de asesoramiento patrimonial y planificación financiera a través de las preguntas más relevantes que debe plantearse una persona a lo largo de su vida.

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Enrique Borrajeros escribirá sobre temas relativos a la relación entidad – asesor, finanzas conductuales y tendencias y novedades en el asesoramiento financiero nacional e internacional.

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