Un espacio de encuentro con las principales tendencias en la gestión del capital humano, motor fundamental del éxito en cualquier organización. Un rincón donde encontrar las claves que permitan identificar a los mejores profesionales. Un punto de encuentro para el debate donde crecer y hacer crecer.

04 abril, 2017 | 07:47

Voy a asumir que usted no es experto en astronomía, y aprovechándome de su ignorancia, le voy a decir que el Universo y su Big Bang tuvieron lugar hace 4.000 millones de años, no, 8.000 millones de años, mejor, 20.000 millones de años.

Estos cambios de criterio, ¿cambian su percepción de que el universo se creó hace mucho tiempo? Creo que no.

Los adalides de las nuevas tecnologías y de Internet, nos cantamañanean con cifras inasumibles con las que alimentan su narcisismo y trascendencia personal. Como si fueran partícipes de una orgía de datos, nos cuentan sin rubor los millones de seguidores de cierto video, los cientos de millones de cierto software, o los miles de millones de cierta página web.

Los números, las cifras, aportan dos elementos simultáneamente a nuestro cerebro, uno, propiamente cuantitativo que estimula el hemisferio izquierdo y se dota de significado en cuanto que número, nos permite hacer comparaciones con otras referencias que tengamos y concluir si es mucho o es poco, mayor o menor, alto o bajo.

A la vez, ese mismo valor, adquiere otro alcance cuando cae en el hemisferio cerebral derecho, y es su significado más profundo. Aquél “mucho o poco” que obteníamos con el hemisferio izquierdo, en su homólogo diestro se convierte en “no tengo dinero para pagarlo y eso me frustra”, “que insignificantes somos en el universo”, o “hay que ver que rápido ha ido, se podía haber matado”.

Nuestro hemisferio derecho es muy limitado a la hora de procesar emocionalmente números ingentes, y a partir de cierta cifra nos da igual cuánto más crece. Amancio Ortega tiene un patrimonio de unos 70.000 millones, ¿le generaría a usted una sensación diferente si tuviera 40.000 millones? No, le daría igual.

Pero hete aquí, que a D. Amancio le han destronado de la segunda posición de hombre más rico, y ahora es el cuarto, y este hecho, que tiene su justificación en algunos miles de millones, ha dado pábulo a multitud de tertulianos, quienes han compartido su opinión con el poco rubor que les es habitual.

Así es que, si usted es de esos que intentan embriagar a su audiencia con cifras de 10 dígitos, piense antes cómo lo cuenta, porque a partir de ciertos valores en el monte de los números solo hay orégano. Trate de llegar al sentimiento, estimule la actividad racional, aporte información “sentida”, y no se conforme únicamente con un “¡ooohhh!” al unísono de su audiencia, su narcisismo se lo agradecerá ya que su impacto durará mucho más tiempo.

Por cierto, se calcula que el Big Bang tuvo lugar hace unos 13.000 millones de años. ¿Y qué?

07 marzo, 2017 | 08:09

Decía Benjamín Franklin que hay tres cosas extremadamente duras: el acero, el diamante y conocerse a uno mismo.

De pequeño yo era muy aficionado al fútbol, por presión popular porque nunca terminó de gustarme, y de hecho, ahora no lo sigo en absoluto. De cualquier forma, me conocía las alineaciones, seguía la jornada de liga con enorme interés y lucía la parafernalia del que fuera mi equipo.

Los jugadores de fútbol, eran para mí un modelo a seguir, personajes de éxito que tenían todo a lo que un niño podía aspirar en la vida.

Sin embargo, tanta idolatría tenía que convivir con un conflicto moral que me generaban esos mismos dioses del balón, y era cómo aceptar que intentaran engañar al árbitro tirándose en el área para que pitara un penalti que no era tal o, por ejemplo, que exageraran las faltas para que éste sacara una tarjeta inmerecida al contrario.

Claro, todo eso chocaba de frente con unos valores de urbanidad, con una ética que me inculcaban día a día, con la búsqueda de la honestidad, la sinceridad, la integridad.

Un día me hice mayor, y me di cuenta de que el engaño era una pieza más del fútbol, formaba parte de su esencia, como el fuera de juego o los regates, no era una derivación indeseada, no, era el mismo fútbol.

Con el tiempo fui añadiendo a aquella revelación otras, que hay policías que roban, profesores que no lo saben todo o políticos que no cumplen lo que prometen. Llegado a ese punto, entendí mejor eso que llaman vivir.

14 febrero, 2017 | 08:16

Corren tiempos de indefinición. Ahora que los partidos políticos escoran sin rubor su ideología, surgen formas de negocios cuyo objeto se ve solapado por otras actividades paralelas. Así, a veces, es difícil conocer dónde termina la oferta de palomitas y comienza el cine, dónde el spa y el hotel, dónde las noticias de actualidad y los vídeos de YouTube, por ejemplo.

Viene esto como denuncia de esa práctica tan extendida de tener la televisión encendida en los bares y restaurantes, con programas anodinos a volúmenes solo aptos para el personal de cocina en la trastienda. No, no se va a un bar a ver televisión, por favor, apáguenlas o por lo menos quiten el sonido.

07 febrero, 2017 | 08:00

El popular timo de la estampita tenía un componente aleccionador, de justicia, en el propio engaño. Un individuo con aparente retraso mental, el timador, tiene un número importante de billetes, estampitas, que son objeto de deseo del timado. Este último, se las quiere quedar a cambio de ofrecer menos de lo que valen al pobre retrasado, y en el trueque el timado pierde su dinero.

En los engaños no siempre hay un filibustero, a veces todos son de alguna manera responsables de lo que ocurre.

El acceso universal, inmediato y gratuito a las redes sociales, ha creado un campo abonado de periodistas accidentales que hacen circular noticias de toda índole, sin mayor filtro que el que quiera imponer el lector. De esta forma, resulta habitual acceder a menudo a informaciones claramente falsas, o por lo menos dudosas, de fuentes no menos inciertas.

Algunos ejemplos de noticias descabelladas que han tenido su Hall of Fame en Internet son las siguientes:

  • Ciudadanos quieres recuperar la Mili para los ninis.
  • Podemos quiere prohibir las procesiones de Semana Santa.
  • Rumanos y ecuatorianos gastan 7 de cada 10 euros sanitarias.
  • El Corte Ingles provee de uniformes militares al Estado Islámico.
  • El PP bloqueará el acceso de los obreros a la universidad.
  • El arzobispo de Toledo recuerda que zurdos y pelirrojos son hijos de Satán.

Estos son solo algunos ejemplos de informaciones difundidas por miles y miles de personas que las dan como buenas. Luego están las otras, las que carecen de ideología: los perritos que van a ser sacrificados, el inminente atentado en un centro comercial, o los cientos de miles de políticos que viven a la sopa boba.

Hay mentiras que son realmente sutiles y que es muy difícil sospechar de ellas, pero la gran mayoría, con la aplicación de un poco de sentido común, saldrían derrotadas, y no es así.

Detrás de esa nefasta credulidad, no hay necesariamente gente con menos nivel cultural, no es un asunto de estudios, es un tema de aplicación del sentido crítico, de renunciar a ser autómatas que consumimos información de manera pasiva, y esa actitud no entiende de universidades.

Si somos conscientes de que España es un país eminentemente envejecido y que contamos con un 10% de inmigrantes que son generalmente jóvenes, con menos necesidad de atención médica, sólo con esas dos premisas, es muy fácil desmontar que esas nacionalidades gasten el 70% del presupuesto sanitario.

Pero al final, cuando estamos ideológicamente posicionados, nos interesa pensar que eso es cierto, aunque conculque cualquier base de sensatez que tengamos, y con un simple reenviar pasamos a ser parte activa de la infamia.

Por eso, empezaba este texto diciendo que en los engaños hay dos responsables, el que miente con dolo y el mentido, por idiota.

24 enero, 2017 | 08:18

Freud denominaba “mecanismos de defensa” a ciertas estrategias inconscientes con las que nos salvaguardamos de una realidad amenazante. Así, recuerdo a un antiguo cliente, ya jubilado, que afirmaba con tono ex catedra que Internet estaba sobrevalorado, era su postura ante un tiempo nuevo que le excluía.

Es condición del ser humano adulto la resistencia a las innovaciones, tecnológicas o no, porque le genera inseguridad y así es que desarrolla un perfil conservador donde cualquier tiempo pasado fue mejor.

Resulta habitual alabar la lectura del periódico en papel, el sonido intemporal

del vinilo, el rechazo al GPS en favor de la intuición, o el lento y dedicado puchero frente a otros artilugios de cocina cargados de sensores.

Creo que es el escritor Javier Marías quien se vanagloriaba de seguir escribiendo en una Olivetti, lo cual es digno de tanto respeto como de curiosidad. Desconozco si seguirá haciéndolo, pero lo que es cierto es que cada vez le costará más encontrar la cinta entintada que imprime el papel, si no cualquier otra pieza fundamental de su máquina de escribir.

Y este es el hecho luctuoso que acompañará a cualquier objetor de conciencia de lo tecnológico, que cada vez se sentirá más arrinconado, más ninguneado, más marginado.

Enfrentarse a la tecnología es algo así como cargar uno solo contra un poderoso ejército, es sentirse aquel estudiante chino que paró temporalmente en Tiananmen a las hordas militares progubernamentales, y digo temporalmente porque se sabe que al final sucumbió.

Las innovaciones son claramente parciales y arbitrarias, de ninguna manera son para todos, y manifiestan simpatía por aquellos que están dispuestos a adoptarlas, los que siendo mayoría y en su conjunto con más riqueza se suben al tren que fletan. Los demás son abandonados en tierra, sin ninguna compasión, serán los autoexcluidos, los habitantes de un gueto analógico anacrónico.

Si usted es de estos últimos, puede seguir yendo al banco a ordenar transferencias y a comprar el periódico al amable kiosquero del barrio, pero debe saber que cada vez se lo pondrán más difícil y llegará un momento en que deberá elegir entre subirse al vagón de cola de aquel tren que dejó marchar o ajarse en territorio yermo de contemplaciones. Mientras decide qué hacer, puede seguir invocando tiempos pretéritos que no volverán.

10 enero, 2017 | 08:14

La expresión “diálogo de besugos” no es tan antigua como cabría pensar, de hecho, su origen se remonta a la mitad del Siglo XX, a una sección en un tebeo clásico que se llamaba DDT.

Cuando uno intenta entender cierta publicidad desde el sentido común, cae en eso, en un estéril diálogo de besugos. Recuerdo hace muchos años, hablando con un publicista, al que me quejaba de un anuncio infame de detergente (hoy estaría censurado por sexista), cuya narrativa no alcanzaba a entender, y éste me contestó: “pues objetivo conseguido porque no es a ti a quien tiene que remover”.

De aquella conversación, que claramente me marcó, recuerdo hasta dónde tuvo lugar, me quedé con dos cosas: la publicidad está dirigida y aquello de “remover”.

Es por eso, que la publicidad apela a los sentimientos, a remover, y no al sentido común, por lo que no debe ser siempre interpretada desde una óptica racional.

Estas navidades, decidí adoptar una postura de observación activa y crítica al bombardeo publicitario que las acompaña, y he identificado una serie de características muy repetidas que convierten mi relación con el mensaje en eso, un diálogo de besugos. Aquí van algunas:

  • Exceso de lenguaje infantil, simple, paternalista. Y no hablo solo de los anuncios de juguetes.
  • Cierre con eslóganes en inglés.
  • Venta de la felicidad como producto
  • Abuso de las hipérboles y de superlativos claramente innecesarios e incluso flagrantemente falsos (ahí va mi hipérbole también).
  • Mensajes con pronombres posesivos: “Los tuyos”, “Nuestros mayores”, “los nuestros”.
  • Pretensión de saber “lo que yo estaba esperando”, con “lo que yo soñaba” o “lo que me falta en la vida”.
  • Ensalzamiento de valores poco comunes en su conjunto, si no imposibles: Juventud, salud, dinero, familia, amor…y buen tiempo.
  • Presencia incondicional de la Tercera Edad, generalmente de attrezzo.

Vaya como ejemplo de mi pobre entendimiento este anuncio que, a toda página – nada barato, presupongo -, acompañaba a un periódico todos los días. El mensaje es claro: cuando usted esté en el aeropuerto (ya implica un nivel adquisitivo), venga a nuestras tiendas (los productos que se venden no son precisamente los del Mercadona), gástese al menos 30 euros (no basta con que nos visite) y le obsequiaremos…¿con qué?...¡con una copa de cava!

Francamente, me cuesta imaginar una conversación de dos viajeros que antes de subir al avión se dicen:

    -Paco, vamos a gastarnos 30 euros en esa tienda que nos van a regalar una copa de cava.

    - Sí, vamos. Hoy es nuestro día de suerte. No sé qué más nos puede deparar esta maravillosa jornada.

Quizás porque no me removió la propuesta, no he sido capaz de entender el valor del reclamo, pero también es verdad que estas navidades yo no iba a pisar el aeropuerto, luego no se trataba de removerme a mí. Como diría mi amigo: “objetivo conseguido”.

13 diciembre, 2016 | 08:15

Soy fiel seguidor del programa de TV “Pesadilla en la cocina”. Me atrae lo que tiene de espeluznante en lo referente a la ineptitud de sus protagonistas en la gestión del negocio, en las relaciones humanas y en la construcción de ilusiones.

Hay una serie de mantras que se repiten en todos los programas: nula experiencia, desorganización, ausencia de liderazgo, esfuerzo insuficiente y baja orientación al cliente.

En España hay unos 260.000 bares, más que en todo EE. UU. Tenemos uno por cada 175 habitantes, más o menos una urbanización de tamaño mediano.

Si salimos a la calle a preguntar por qué hay tantos bares, la respuesta más repetida tendrá que ver con las alabanzas de nuestra orografía, climatología y sociología. Somos latinos, de naturaleza gregaria que vivimos en un país especialmente soleado, lo que invita a salir a la calle y la diversidad cultural enriquece la oferta disponible. Otro mantra acuñado por los portavoces del Ministerio de Turismo allá por los oscuros 60 del siglo pasado.

Lo cierto es que España es un país de poco oficio, asido a la formación generalista, muy teórica y alejada de los requerimientos del mundo laboral. La formación profesional, tan necesaria, sigue siendo poco valorada por lo que tiene de estigma, y se prefiere el abandono escolar (22% de media) al trasvase temprano a la oferta educativa de un oficio.

Al ciudadano que se arroja al incierto y mal amparado mundo del emprendimiento habría que hacerle un homenaje diario por su gallardía, pero recriminarle su elección si se trata de montar un bar o un restaurante. Y es que, esa falta de oficio, lleva a tantas personas a apostar por la hostelería, con la única experiencia de haber llevado la cocina de su casa y la falsa expectativa de convertirse en un empresario que solo debe poner la mano a final de mes entre torneo y torneo de golf.

Alberto Chicote lo dice una y otra vez, montar un bar es muy, muy, sacrificado, te deja sin vida fuera del local y sobre todo, un suicidio si se acomete sin experiencia y solo con buena voluntad.

Reivindiquemos una educación de oficios y que el que ponga un negocio tenga algo más que ofrecer que un plato de croquetas recién descongeladas.

29 noviembre, 2016 | 07:48

De pequeños nos enseñan a luchar con ahínco por todo lo que queremos conseguir, sin embargo, hay batallas, que cuanto antes asumamos que las hemos perdido, mejor nos irá al dedicar los esfuerzos a otros temas.

Mis hijos nunca preferirán un libro a un videojuego, siempre habrá políticos que roben, alguien correrá más de lo necesario y provocará un accidente, etc.

Todo esto viene en referencia a las críticas contra la cultura importada de Halloween y el Black Friday, y del uso del inglés en publicidad.

Nos puede gustar más o menos, pero lo mejor es dedicar los esfuerzos a otros menesteres, porque esas entran en la categoría de batalla perdida.

22 noviembre, 2016 | 08:42

En EE. UU. han creado el término de “Inspiration Porn” para referirse a todas aquellas iniciativas que utilizan como excusa para hablar de superación a personas tullidas o con otras limitaciones físicas o psíquicas.

La naturaleza nos ha provisto de elementos capaces de estimular las conciencias más gélidas en pos de hacer aflorar un lado humano conciliador: un gugú de un bebé, un koala, un cachorro de lo que sea, y como no, un abuelo/a entregados al cuidado pasional de su estirpe.

Los abuelos son una apuesta a caballo ganador del márquetin. Baste, por ejemplo, recordar el eufemismo con el que la opinión pública les define: “nuestros mayores”. El cartero de la Isla Negra le decía a Pablo Neruda, después de robarle sus poemas, que la poesía es de quien la necesita. Pues bien, siguiendo este postulado, los abuelos son un bien común a disposición de quien los necesita, da igual su prosapia.

Todo esto, viene a colación del último anuncio de la Lotería Nacional, donde una abuela tan errática como afable, moviliza a todo un pueblo para hacerla feliz, al fin y al cabo es un poco de todos. Nada que objetar, un anuncio de buena factura técnica, buenas interpretaciones y que sin duda logra su objetivo, por lo menos el de despertar conciencias, que también vendan más décimos no lo sé.

Insisto, todo perfecto, hasta sus cuatro millones de visitas en cuatro días, si no fuera porque esa misma devoción con “nuestros mayores” no se ve correspondida fuera de la ficción, y los datos nos dicen que un millón de ancianos viven solos, que un 6% vive por debajo del umbral de la pobreza, y que muchos mueren solos, cada vez más, algunos abrasados por la vela que palía la falta de luz eléctrica.

08 noviembre, 2016 | 08:26

Que la democracia puede escocer, nos enteramos pronto, en el colegio, al elegir delegado de clase o conformar un equipo de fútbol. Que puede escocer mucho, nos enteramos de adultos, cuando la opinión pública no está alineada con la nuestra.

En Gran Bretaña, se afanan por echar abajo lo que decidió el pueblo soberano, aunque escueza. En Colombia ocurre los mismo con su Plan de Paz.

Estemos preparados para ver qué ocurre en Estados Unidos, y pase lo que pase, nunca reneguemos de lo que el pueblo decide, porque solo en ausencia de democracia alcanzamos a reconocer su verdadero valor.

Imagen de Antonio Pamos

Antonio Pamos Doctor Cum Laude en Psicología y experto en gestión de Recursos Humanos. Acumula más de 20 años de experiencia trabajando con profesionales en la gestión del talento, la identificación del potencial o la medida del desempeño. Es VP de la Asociación Internacional de Directivos de Capital Humano, miembro de diferentes comités científicos nacionales e internacionales y también está considerado como uno de los más influyentes en su campo. Es autor de decenas de artículos y publicaciones. En la actualidad es socio y director de la compañía multinacional Facthum Spain, desde donde ofrece su experiencia y conocimiento a compañías de todo el mundo.

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