Sobre el autor

Socio en Shanghai de DaD Asia Consulting. Licenciado en Ciencias Políticas (S. de Compostela), Máster en Dirección de Sistemas de Información (Instituto de Empresa) y MBA (China Europe International Business School - CEIBS). Ha trabajado en desarrollo de negocio digital en Inglaterra, Francia, Alemania, España y China.
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07 noviembre, 2011 | 12:02

Pere pages
Detalle de una obra de Pere Pagès

Una cuestión a la que es difícil acostumbrarse en China es el individualismo que se percibe. Una sociedad que, comunista, tal vez debiera tener más de lo otro. En todo caso y sin que sea contradictorio, sino un elemento de refuerzo del mencionado individualismo, se da en una atmósfera de fuerte colectivización en clanes. Familiares generalmente, pero también de partido, clase social, u otros.

El sujeto colectivo es básicamente individualista en China. ¿Por qué? Porque el uso de lo común es mero instrumento para lograr fines individuales. El tan manido “guanxi” puede interpretarse como el uso utilitarista de las relaciones. Una extensión tal vez algo más lúdica y social del fin perseguido, que es la supervivencia del individuo. Por eso hasta las redes de solidaridad colectivas podemos considerar que son parte del mecanismo individual. No por tener tramas colectivas estamos en una sociedad menos individualista. En definitiva, el uso de clanes y grupos para marginar a otros y participar del intercambio de favores no hace sino subrayar que estamos ante una sociedad esencialmente individualista. No está extendida aún una visión del colectivo más como un fin en sí mismo que como un medio.

Buscando explicaciones a por qué al entrar en el ascensor con gente fuera se intenta cerrar la puerta desde dentro, por qué el del coche invade la acera cuando aún no se ha abierto la puerta del garaje sin dejar pasar a los peatones, podemos llegar a alguna conclusión que tal vez tiene sentido.

Estamos ante una característica que puede ser explicada en parte por el tercermundismo del que viene China. En el que aún vive, no lo olvidemos, una parte muy significativa de su población de como mínmo 300 millones de personas en función de cómo definamos "pobreza". No puede cuidar del prójimo el que se está muriendo de hambre con una situación desesperada. 

Anteponer el interés del otro, es, por así decirlo, un lujo que sólo empieza cuando una persona tiene aproximadamente cubierto un nivel básico. De ahí que cabe entender un comportamiento social, o antisocial, donde lo primero es el yo y los míos ante todo, y luego ya veremos. 

Incluso, es de suponer que con la crisis en la que vivimos, bastantes españoles entenderán bien esto.

En un ámbito tercermundista, la carencia de atención por los demás es hasta cierto punto lógica. El problema está cuando la salida de la pobreza no se ve acompañada de un crecimiento en valores que permita la generosidad que antaño era inviable. Cuando se ha quedado grabado a fuego el que hay que despabilar, correr deprisa, llegar el primero, porque a lo mejor no hay suficiente para todos...

Aquí es donde apuntaría a un segundo factor de comparación en este caso. Y es, posiblemente, la ausencia del cristianismo. Dicho esto sin rigor, aunque intentando participar de la observación participante que vivo dentro de la sociedad china. 

Aunque uno pueda considerarse cristiano únicamente en lo cultural, resulta fácil ver una observancia inferior de principios básicos de atención a los demás en este país. En sociedades con baja alfabetización, la religión ha cumplido históricamente el papel de atemperador del instinto animal de supervivencia.

En China, si bien es cierto que el fenómeno religioso parece en aumento, se trata mayormente de una religiosidad supersticiosa centrada en la introspección. Más proyectada hacia el interior que hacia los demás.  ¿Hay caridad? Sí la hay, pero suele tratarse de una caridad también transaccional donde se activa una calculadora mental que pretende compensar otros deméritos de cara al juicio final.

Supongo que lo anterior no supone sorpresa para los que sigan textos en relación con la sociedad China, ni para los que hayan experimentado este país. Tampoco supone un juicio condenatorio. Ni mucho menos. Al contrario. La trayectoria parece explicar el porqué. Hay que poner una distancia geográfica, cultural, económica y política para entender esto. Y, es más, hay formas de confirmar una evolución positiva al respecto, pues una clase media ilustrada empieza a reprobar de manera masiva y visible comportamientos de este tipo. En definitiva, los que empiezan a salir del margen de supervivencia acaban por olvidar la necesidad de pelearlo todo cueste lo que cueste que se llevaba casi en los genes. 

El escandaloso caso de una niña atropellada que recientemente ha hecho correr ríos de tinta se ha solucionado con un premio a la señora que intervino y una propuesta de multa a los que no presten auxilio en situaciones semejantes. No parece sino un parche poco sólido que no ataca la raíz del asunto.

El reto está en que los ciudadanos chinos se respeten mutuamente y no sea porque hay que hacer puntos en un club de fidelización para ganar una tostadora o la vida etenra. Ni por una posible multa.

La raíz del problema es seguramente más materialista que eso y en el crecimiento económico puede haber una de las soluciones naturales. No la única.

 

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

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