Sobre el autor

Socio en Shanghai de DaD Asia Consulting. Licenciado en Ciencias Políticas (S. de Compostela), Máster en Dirección de Sistemas de Información (Instituto de Empresa) y MBA (China Europe International Business School - CEIBS). Ha trabajado en desarrollo de negocio digital en Inglaterra, Francia, Alemania, España y China.
Perfil en LinkedIn.

Categorías

Suscríbete a RSS

¿Qué es RSS? Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

14 mayo, 2012 | 12:14

Dado que las relaciones económicas, políticas y estratégicas entre Europa y China no son proporcionales a su mutuo reconocimiento y atracción recíproca, un formidable potencial de sinergias entre los dos extremos del continente sigue en espera de ser liberado.

El nuevo presidente francés, François Hollande, está, obviamente, frente a enormes desafíos en el frente económico tanto en Francia como en la zona Euro, pero la naturaleza de las relaciones que se forjen con China, el más importante factor de cambio del siglo XXI, también definirá su presidencia.

En un momento en que la distribución del poder está cambiando rápidamente  - cuando Nicolas Sarkozy se convirtió en presidente de Francia, hace cinco años, el PIB de Francia fue el 73% del PIB de China, y será el 33% en 2012 y menos del 25% en 2017 - los líderes tienen que cuestionar sus supuestos y reevaluar sus prioridades.

El nuevo residente del Palacio del Elíseo y el liderazgo que surgirá del 18º Congreso Nacional del Partido Comunista de China puede abrir un nuevo capítulo en las relaciones chino-francesas, contribuir a la profundización de los vínculos entre Bruselas y Pekín y elevar a otro nivel la sinergia chino-occidental.

François Hollande, que no comparte la reverencia de su predecesor hacia Estados Unidos, se encuentra en posición de tener una política más independiente con respecto a China, y si la Casa Blanca sin duda ha ganado un socio en su búsqueda de crecimiento económico, no puede ver ya París como un aliado complaciente e incondicional. En la próxima 25ª Cumbre de la OTAN en Chicago que se centrará en el compromiso de la Alianza en Afganistán, François Hollande anunciará la retirada de las tropas francesas del país de Asia Central antes de que finalice el año.

Utilizando las palabras del ex ministro de Exteriores francés, Hubert Védrine, François Hollande considera Francia y los EE.UU. como "amigos, aliados, pero no alineados"  - " amis, alliés mais pas alignés".

Durante su larga campaña, el candidato socialista subrayó la importancia de las relaciones estables entre los dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU -en contraste con las fluctuaciones de la era Sarkozy-, pero también, en referencia al déficit comercial de 27.000 millones de euros con China en 2011, llamó a unas relaciones económicas más equilibradas entre los dos países.

El presidente francés se reunirá con su homólogo chino, Hu Jintao en la Cumbre del G-20 en México, pero el 7 de mayo, sólo varias horas después de su histórica victoria, recibió a Kong Quan, el embajador de China en Francia, un encuentro al que siguió una conversación con Charles Rivkin, principal diplomático estadounidense en París. Después de una conversación telefónica con la canciller alemana Angela Merkel en el día de su elección, la serie de intercambios compuso una secuencia muy relevante en un siglo que se caracteriza principalmente por las interacciones entre Washington, Bruselas y Pekín. Además, al elegir a Paul Jean-Ortiz, un experto en China, como su principal asesor diplomático, tres días después de su victoria, François Hollande, indicó que ponía en marcha un equipo especial en fase con la dinámica de China.

En sus conversaciones con el enviado chino, François Hollande se comprometió a fomentar la cooperación entre China y Francia, invitó a ambos países a fortalecer la colaboración en el G-20 e insistió en la necesidad de impulsar los vínculos económicos.  Hay claramente un espacio considerable para la mejora, el comercio entre China y Francia en 2011 representó sólo el 40% del comercio entre China y Alemania cuyo monto alcanzó 144.000  millones de euros  - 1/3 del comercio total UE-China.

Una renovada relación bilateral sin duda puede contribuir a ampliar el horizonte de las relaciones chino-europeas, París puede actuar como un catalizador para una política exterior de la UE más autónoma hacia Pekín. Cada vez es más urgente que los políticos europeos diseñen mecanismos para atraer hacia Europa la inversión china - en los diez años próximos China va a invertir en el extranjero más de 1 billón de dólares -, ellos deberían otorgar a China el status de Economía de Mercado  - que en cualquier caso será concedido a Pekín desde el 11 de diciembre de 2016 según las normas de la OMC -, levantar un inoportuno y contraproducente embargo de armas, consultar estrechamente con China en materia de seguridad, y trabajar en ambiciosa cooperación chino-europea en terceros países, desde África hasta Asia Central.

Algunos comentaristas han señalado que las relaciones entre Pekín y la izquierda francesa han sido inestables en el tiempo – la venta de fragatas Lafayette a Taiwán por parte de París, ocurrió bajo François Mitterrand a principios de los años 90 - y otros han expresado su preocupación por la falta de experiencia internacional del nuevo presidente francés.

Sin embargo, las elecciones presidenciales francesas de 2012 ofrecen al menos dos lecciones obvias. En primer lugar, François Hollande ha demostrado sistemáticamente el error de aquellos que le subestimaron, en segundo lugar, su victoria marca el retorno al campo de la política y, en medio de los inevitables momentos de turbulencia, que es la voluntad política de poner las relaciones chino-francesas en perspectiva estratégica y a largo plazo, lo que va a prevalecer.

En su mensaje de felicitación al nuevo líder francés, Hu Jintao menciona "la larga amistad y cooperación entre China y Francia, que es significativa en la protección y promoción de la paz mundial, la estabilidad y el desarrollo". En 1964, por decisión de Charles De Gaulle, Francia fue el primero entre los principales países occidentales en establecer relaciones diplomáticas con Pekín a nivel de embajadores y París y Pekín celebrarán el 50 aniversario de este momento histórico bajo la presidencia de François Hollande.

A menudo descuidada por las teorías de las relaciones internacionales, la química entre los líderes es fundamental para la realidad de los asuntos mundiales, y si el nuevo líder francés y su homólogo chino desean que esta dimensión cualitativa  desempeñe plenamente su papel, tendrán que multiplicar las ocasiones para las interacciones directas y relativamente largas en las condiciones apropiadas.

Mientras que Nicolás Sarkozy y Hu Jintao realmente nunca han sido capaces de trabajar como dúo – de hecho, sólo después de un período demasiado largo de desconfianza, se vieron forzados por la agitación financiera a, simplemente, normalizar los relaciones -, François Hollande y Xi Jinping, el próximo dirigente de China, cuyos caracteres y estilos parecen muy compatibles, podrían ser capaces de adaptar a su manera la comprensión que caracterizó la relación entre Jacques Chirac y Jiang Zemin.

El 31 de enero de 1964, en el Palacio del Elíseo, Charles De Gaulle concluyó una conferencia de prensa con una observación sobre lo que él llamó las "afinidades" entre Francia y China. Estas "afinidades" culturales e históricas tienen que ser reactivadas y servir como fulcro de una nueva ambición global conjunta.

El mundo se ha beneficiado enormemente de las tradiciones humanistas francesas y chinas, pero en un siglo de interdependencia sin precedentes, lo que puede marcar la diferencia es la calidad de su articulación.

David Gosset es director del Centro Euro-China de Relaciones Internacionales y Negocios CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-China.

(Copyright 2012 David Gosset.)

 

 

24 abril, 2012 | 05:29

Conforme se desarrolla de manera gradual el renacimiento de China y se modifica profundamente la estructura de las relaciones  internacionales, es la terminología del análisis de redes, más que el vocabulario habitual de la ciencia política, la que proporciona las herramientas para comprender la naturaleza de la postura global de China, ya que, mientras Washington persigue explícitamente el liderazgo, el concepto de centralidad explica las acciones de Pekín.

Aun cuando, especialmente protectora de su soberanía, Pekín se niega a ceder ante los imperativos de cualquier poder exterior, la gran estrategia de China no tiene por objeto remplazar a los EE.UU. como el líder de la comunidad de naciones, sino que, en una singular actitud coherente con los valores de su civilización y los patrones de su historia, es ya uno de los nodos más significantes de la red global de políticas, negocios e ideas, moviendo el centro de gravedad del mundo de manera gradual e inevitable.

Zhong  - 中,o centro -  es uno de los caracteres chinos más antiguos y comunes y su polisemia en el contexto histórico y cultural de China,  analogía que arroja una luz sobre el modus operandi global de China, refleja tres importantes medidas de centralidad en el campo de la teoría de grafos.

Zhong tiene primero una connotación espacial bien conocida. Mientras que los dos caracteres de Japón - riben, 日本 – que literalmente significan "origen del sol", de donde viene la expresión "Tierra del Sol Naciente", implican una ubicación en el este del continente chino, y mientras que Vietnam – Viet meridional – es denominada en referencia a su vecino del norte, China, zhongguo  - 中国 - se presenta a sí misma ante el mundo como el País del Medio. Con la perspectiva de la teoría de grafos, sinocentrismo es sinónimo de un alto grado de centralidad, el País del Medio permanece como un inmenso nudo geográfico con numerosos vínculos directos hacia una vasta periferia.

En segundo lugar, zhong puede ser interpretado en un sentido metafórico, como un nexo o un puente. En la tradicional representación china del mundo, a menudo referido como los Cinco Elementos, madera, fuego, metal y agua corresponden a los cuatro puntos cardinales, mientras que un quinto elemento, tierra, se asocia con el centro, un medio a través del cual están en relación los principios fundamentales. En esta acepción, zhong es el equivalente de lo que el análisis de redes define como centralidad de intermediación, en donde la cantidad de enlaces importa menos que la capacidad para conectar los nodos que de otro modo estarían desconectados. En ese sentido, China es el país conector.

En tercer lugar, zhong envuelve una dimensión moral introducida por la Doctrina de la Medianía - Zhong Yong, 中庸 –, uno de los cuatro libros que constituyen los cimientos de la filosofía de Confucio: "El hombre superior cultiva la armonía sin ser débil - ¡cuán firme es él con la fuerza de su carácter! - Él se yergue en el centro sin inclinarse hacia ningún lado - ¡cuán firme es él con la fuerza de su carácter! –".

Cuando el análisis de redes mide en un nodo su acercamiento a la centralidad, comprueba sus relaciones simultáneas directas o indirectas con todos los otros nodos, eso modela qué es un nivel ético de imparcialidad, una capacidad para mantenerse relativamente cerca con todas las partes, sin duda la más importante cualidad de un mediador eficaz. Esta tercera variación sobre el tema del zhong muestra a China como el País Pivote.

Por lo tanto, el nombre de China - Zhongguo - puede ser analizado dentro de tres conceptos a lo largo de las líneas de polisemia de zhong que abarcan tres funciones, respectivamente: País del Medio, País de Conector y País Pivote.

Por definición, el País del Medio tiene una perspectiva de 360 ​​grados y sus relaciones exteriores son multidireccionales. China no se dirige hacia ninguna relación especial con Occidente ni con cualesquiera otros actores, pero está a gusto en un entorno en el que puede evolucionar conjuntamente con una pluralidad de fuerzas. En el polo opuesto del paradigma del G2, en donde Pekín entraría en una relación bipolar exclusiva con los EE.UU., China tanto apoya  como induce la multipolaridad, una concertación en la que puede maximizar las ventajas de su alto grado de centralidad.

Mientras que EE.UU. se ve a sí misma como la "nación indispensable", el País de Conector de ha convertido de hecho en la "nación necesaria" de la aldea global, en finanzas, comercio internacional, cadena de suministro, turismo o educación, China es un socio ineludible, catalizador esencial para el crecimiento económico y la actividad empresarial.

Después de la apertura de Deng Xiaoping, la globalización se define en gran medida por las interrelaciones entre la transformación de China y el mundo. En el documento publicado por la Oficina de Información del Consejo de Estado en septiembre de 2011, titulado El Desarrollo Pacífico de China, se subraya explícitamente esta interdependencia sin precedentes: "China no puede desarrollarse en forma aislada del resto del mundo, y la prosperidad y estabilidad mundiales no pueden mantenerse sin China ".

En la diplomacia, el País Conector funciona como potencia de intermediación. Capaz de mantener buenas relaciones tanto con Irán como con Israel, así como con Teherán y Riad, Pekín es percibido en el Medio Oriente cada vez cada vez más como un factor de estabilidad, al tener relaciones simultáneas con Corea del Norte, Corea del Sur y los EE.UU., China es el parámetro clave en la ecuación del noreste de Asia.

En las misiones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, un sector que merece gran atención, el País Conector está desempeñando un papel cada vez mayor y trae consigo la inclusión y la imparcialidad.

El cultivo de la centralidad, idiosincrásico de China, contrasta con la estadounidense búsqueda proactiva del liderazgo. Mientras que, en nombre de los valores universales, el celo misionero de Occidente justifica la intromisión aunque con frecuencia resulte ser demasiado divisoria, el País Pivote, inspirado por los principios de la conciliación, desarrolla lo que puede denominarse neutralidad intencionada.

En 1951 el poeta y crítico estadounidense Ezra Pound (1885-1972) publicó una nueva edición en Inglés del Zhong Yong, en donde La Doctrina de la Medianía se convirtió en una penetrante interpretación de El Pivote sin Bamboleo. Seis años después, el entonces secretario general de Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, "el mayor estadista de nuestro siglo" en palabras de John F. Kennedy, envió una carta a Ezra Pound en la que reconocía una fuerte simpatía por los temas desarrollados en la obra clásica de Confucio.

A pesar de que la centralidad de China y el liderazgo estadounidense operan de manera diferente en el gran tablero de ajedrez de la política mundial, la actual desconfianza que marca las relaciones entre China y Occidente no tiene por qué generar tensiones estériles o degenerar en conflictos. China estará atenta para conectar con la sociedad estadounidense empresarial e innovadora, mientras que para los EE.UU. sería un colosal error de cálculo estratégico tratar de conformar un mundo que excluyera lo que el renacimiento de los chinos tiene que ofrecer. En el siglo XX, la interdependencia era todavía contingente, en el siglo XXI se ha impuesto como una realidad vital e irreversible.

Si la tecnología ha reducido la distancia, la renovada vida de la civilización china dentro de la aldea global está ampliando su horizonte e invita a explorar nuevos territorios en donde todo el linaje humano pueda prosperar y vivir en paz. En un planeta pequeño pero dentro de un expansivo mundo de ideas, no sólo hay espacio para la coexistencia del intelecto chino de la centralidad y el impulso occidental para el liderazgo transformador, sino una creciente necesidad de ambos para un mutuo cultivo.

David Gosset es director del Centro Euro-China de Relaciones Internacionales y Negocios CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-China.

(Copyright 2012 David Gosset.)

 

01 febrero, 2012 | 06:53

En su último artículo, que se publica a continuación, David Gosset reflexiona sobre la conveniencia de establecer un diálogo a tres bandas para concretar la multipolaridad que aún se está configurando.

¿Cómo crear las condiciones de un orden mundial más justo y equilibrado a partir de las grandes dinámicas que se dan en Estados Unidos, China y Europa? Se pregunta…

Sólo una estrecha relación entre Estados Unidos y Europa podría llevar a una influencia equilibrada entre las partes. En las relaciones a tres, la más problemática es la que se da entre Pekín y Washington. Un “G2” resulta inviable, pero sí es posible encontrar una sana “coopetición” entre las partes con un diálogo a tres bandas nos llevaría a  una “multipolaridad concreta” en la que Europa seguiría siendo uno de los motores de la  historia. 

------------------------------------------------------

 

La elección presidencial que se avecina (N. del T.: en Francia) es una oportunidad para debatir la política exterior de la nación, el papel de Francia en Europa y su lugar en el mundo. Si la protección de los intereses inmediatos del país pasa por la consolidación de la construcción europea, a largo plazo, la paz y la prosperidad quedarán vinculadas a una mayor coordinación entre las políticas de la Unión Europea, Estados Unidos y China. En este contexto, la diplomacia francesa debe trabajar, tanto como sea posible, para dar un nuevo empuje a la alianza transatlántica y también contribuir a dar un nuevo sentido a las relaciones euro-chinas.

Tres dinámicas principales se desprenden de la complejidad de la vida internacional: los Estados Unidos, instalados en una posición de dominio, lo que ellos llaman su liderazgo, están ocupados en mantener el status quo, China está en movimiento para recuperar la centralidad que perdió en el siglo siguiente a la revolución industrial y Europa, en plena metamorfosis, trabaja para dotarse de los instrumentos de poder que le permitan seguir estando en la vanguardia de la historia. 

Nacidos con la modernidad económica y política, los Estados Unidos de América han logrado en poco más de dos siglos imponerse como la única superpotencia. Mientras que los imperios Romano, Tang, Mongol u Otomano sólo brillaron a una escala macro-regional, Washington extiende su influencia sobre todo el planeta y la diferencia de poder entre los Estados Unidos y los otros protagonistas, aunque no deja de disminuir desde 1945, no tiene equivalente en el pasado.

La excepcionalidad americana  - excepcionalidad política – se alimenta tanto de la explosión deslumbrante del gran teatro del mundo, como de la extensión de una potencia que en el momento del "siglo americano" parecía no conocer fronteras. 

Basándose en una capacidad única para la innovación tecnológica, el atractivo de sus universidades y su cultura, la ubicuidad del lenguaje que ya había sido ampliamente difundido por el Imperio Británico, en la vitalidad de sus empresas, y también en una fuerza militar sin igual, los Estados Unidos, cuya población superará los 400 millones de habitantes en 2050, tiene todos los puntos fuertes para seguir siendo un polo de gran potencia.

Mientras que los estrategas de Washington tratan de perpetuar la Pax Americana, 1/5 de la población mundial perteneciente a una civilización única y fuerte está trabajando para darse un lugar de primer rango del sistema- mundo. Para esto, China, debido a sus profundidades geográficas, demográficas, históricas, y culturales, representa un enorme desafío. En el pasado, el surgimiento de Rusia, Alemania o Japón, comparativamente de menor magnitud, fueron el origen de conflictos armados.

El renacimiento chino, que quiere ser pacífico, no es sólo la aparición en el juego internacional de un actor entre muchos, sino la reafirmación de una civilización que se ha formado fuera de Occidente y cuyas referencias y códigos constituyeron durante milenios un mundo. La entrada de China en un sistema del que no es originaria lo modifica tanto que lo transforma y, en cierto sentido, cinco siglos de dominación occidental sobre lo "universal" - la noción china de universal se expresa como "tianxia", "el Todo bajo el Cielo" – se terminan.

La excepcionalidad china – excepcionalidad cultural - se define por un sentimiento de pertenencia a una historia cuya continuidad inmemorial es tal que parece que nunca podrá romperse, a una cultura cuyos arraigos son tan estables que no puede devenir en otra. La excepcionalidad china es el mito de la China eterna.

Sobre el pequeño cabo occidental de Eurasia, la Unión Europea lucha contra los nacionalismos que nunca han dejado de atormentarla, se enfrenta a la grave crisis del Euro e intenta hacer oír su voz políglota y llena de matices en el mundo de Twitter y YouTube. Si bien no es justo subestimar los progresos realizados desde la Europa de Jean Monnet hasta la formación de una Unión Europea de 27 miembros, tampoco es necesario ignorar los obstáculos para la construcción de una Europa poderosa en la que más de 500 millones de ciudadanos exigirían de sus responsables políticos que supediten los intereses nacionales al europeo.

Ciertamente, el resurgimiento del mundo turco que, inspirado en el kemalismo, reconcilia modernidad e islam, la afirmación de la esfera chií, el desarrollo de las metástasis resultantes de la implosión del bloque soviético, los pesos de Brasil, India, Japón, Indonesia o Sudáfrica, son factores significativos en las relaciones internacionales, pero no es probable que determinen el curso de la historia como las ambiciones americanas y chinas o la metamorfosis europea.

Ahora bien, ¿cómo crear las condiciones de un orden mundial más justo y equilibrado a partir de estas tres tendencias de fondo? Para avanzar en la vía que lleva de la Pax Americana a la, más armoniosa, multipolaridad se imponen nuevas relaciones entre la Unión Europea, Estados Unidos y China.

Si se considera la Unión Europea como un inmenso laboratorio que supera los Estados nacionales, que también se creyeron durante siglos excepcionales e insuperables, los Estados Unidos como una fuente de vitalidad empresarial generadora de riqueza e innovación, y China como una referencia para los países en vías de desarrollo, se puede dar un nuevo sentido a las interacciones entre Bruselas, Washington y Pekín, cuyas economías combinadas constituyen cerca del 60% de la riqueza planetaria.

La comunidad atlántica, que reúne las fuerzas de Occidente, es uno de los pilares de las relaciones internacionales. Sin embargo, la aventura iraquí del 43º Presidente de los Estados Unidos ha hecho surgir graves divergencias entre Washington y Bruselas, y, Barack Obama, que se complace en recordar sus afinidades con la Región del Pacífico, con demasiada frecuencia ha ignorado la vieja Europa para la que personificaba, al principio de su mandato, una inmensa esperanza. Sin embargo, el peso creciente de Asia-Pacífico no debería conducir al debilitamiento del vínculo transatlántico, sino, al contrario, por el bien del equilibrio, a su refuerzo.

A largo plazo, solamente un cierto grado de cohesión euro-americana podrá garantizar una transformación mutua entre China y el mundo occidental con efectos relativamente iguales. Occidente no debe sobreestimar su capacidad de influencia sobre la realidad china, y mucho menos ignorar la capacidad de China para crear dinámicas que la refuerzan. 

Aunque la Unión Europea y China no pertenecen a un mismo contexto histórico-filosófico, la URSS ha oscurecido, separando Europa y Asia, las numerosas continuidades que Eurasia alimenta. Ya Leibniz, veía las ventajas de una Eurasia cooperativa, recuperando el gran eje histórico de la Ruta de la Seda. Al profundizar en sus relaciones, Bruselas y Pekín no deben fingir ignorar que Rusia, el mundo turco, Asia Central, como también Oriente Medio, los conectan. Además, es considerando la relación transeurasiática sobre un eje continuo y estructurador, y no como una forma de contrarrestar la influencia estadounidense, como mejor podrán, Bruselas y Pekín, desviar a los Estados Unidos de la idea de dividir el gran tablero eurasiático en fuerzas que se cancelan y estimularles a participar en el proyecto de una Eurasia cooperativa.

Es evidente que en las interacciones tricontinentales entre la Unión Europea, los Estados Unidos y China, la relación entre Washington y Pekín es, por el momento, la más problemática. Diferentes por la cultura, separados por el más extenso de los océanos, con gran antagonismo ideológico y en su método de gobernanza, la hiperpotencia y el gigante chino parecen estar destinados a oponerse. El tema de la “amenaza china” no deja de agitar las conversaciones de la capital americana mientras que Pekín truena contra “la hegemonía americana” que cree ver en acción en sus fronteras.

Cuando el "regreso a Asia" de los Estados Unidos se traduce en la apertura de una nueva base militar americana en Darwin, en el norte de Australia, Pekín bien puede considerarse como objeto de una injustificada estrategia de contención. Sin embargo, sólo una asociación entre China y los Estados Unidos abriría en el Extremo Oriente un largo periodo de paz y prosperidad, surgido de las incertidumbres que pesan sobre la península coreana y el estrecho de Taiwán.

Entre un G2 imposible e incompatible con la realidad multipolar, y una oposición estratégica entre dos excepcionalidades, la interdependencia financiera y económica entre Washington y Pekín demuestra que les es posible crecer juntos en un medio ambiente que combina competencia y cooperación.

Para entender mejor los contornos de una triangulación constructiva entre la Unión Europea, los Estados Unidos y China, no es inútil compararla, por una parte, a la triangulación kissingeriana, y, por otra parte, a lo que el estratega nipón del mundo de la empresa, Kenichi Ohmae, llamó la “Tríada”. Era el antagonismo lo que caracterizaba las relaciones entre Washington, Moscú y Pekín; la triangulación kissingeriana que Mao sin duda interpretó como una nueva versión de los “tres reinos” sólo era táctica. El club trilateral que reunía Tokio, Washington y Bruselas, se situó bajo el signo de la exclusividad económica.

Con el triángulo Pekín/Washington/Bruselas, nos encontramos ante una configuración potencialmente más cooperativa - la Unión Europea produce normas, pero no trata de imponerlas por la fuerza - e incluyente - China es y seguirá siendo durante mucho tiempo, un conjunto que muestra a los países menos desarrollados un camino a la modernización económica y social. 

Con el fin de dar vida a este nuevo triángulo y hacer buen uso de todos los recursos, deben celebrarse consultas y cooperaciones triangulares a diferentes niveles, y las más altas autoridades de los tres polos deberían reunirse en cumbres regulares.

Por una parte, Barack Obama amplió el diálogo estratégico con China creando el “Diálogo Estratégico y Económico Chino-Americano”, y por otra, desde 2010 la Unión Europea y China lanzaron un “Diálogo Estratégico de Alto Nivel”. Por otro lado, el grupo de los BRICS estableció desde 2009 un foro al más alto nivel.

Ahora es el momento de iniciar un trílogo [diálogo a tres bandas] estratégico entre las tres mayores economías del mundo, un mecanismo que tendría la ventaja de estar en la intersección de las grandes dinámicas geopolíticas en los años venideros. Seguridad alimentaria, energías del futuro, estabilidad financiera, articulación del Dólar, el Euro y el Reminbi, relaciones entre la OTAN y Pekín, no proliferación nuclear, apoyo coordinado al continente africano, son algunas de los temas que el trílogo debería tratar prioritariamente.

Es evidente que este trílogo no tiene que sustituir ni al G-20 ni al sistema indispensable de Naciones Unidas - incluso aunque, en algún sentido, el trío se asemeja a un Consejo de Seguridad cuya composición habría tenido en cuenta la metamorfosis de Europa, el renacimiento de China y la realidad post-soviética - pero puede facilitar su funcionamiento e inspirarle nuevas acciones.

El antiguo cabo occidental de Eurasia, conectado por una parte con el mundo al otro lado del Atlántico por una base cultural, y que, por otra parte, se amplió pacíficamente a las llanuras de Europa Central y Oriental, debe desempeñar un papel de explorador en este esfuerzo hacia una multipolaridad concreta. Francia debe contribuir junto con los restantes 26 miembros de la Unión. Si la fuerza de iniciativa europea exige, ciertamente, una mayor unidad política de la Unión, un gran propósito equilibrado de política mundial puede ayudar a los europeos a unirse para servir una verdadera visión estratégica y, haciéndolo, a permanecer como uno de los motores de la historia.


David Gosset es director del Centro Euro-China de Relaciones Internacionales y Negocios CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-China.

(Copyright 2012 David Gosset.)

 

11 enero, 2012 | 06:27

En este nuevo artículo, David Gosset reflexiona sobre el gran factor externo que ha influido la construcción europea, Estados Unidos, en sus momentos más críticos. Ahora que Europa se enfrenta con la crisis del euro a otro momento crucial, China podría cobrar un papel protagonista de influencia externa en la construcción europea. 

--------

La redistribución del poder global modifica las relaciones entre las grandes potencias y les invita a reconsiderar sus prioridades diplomáticas. Mientras que en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, el futuro de Europa ha sido modelado de forma proactiva por los EE.UU., o más precisamente, por un grupo de estadounidenses "sabios", China está ahora en condiciones de tener un impacto sin precedentes sobre la integración europea, y, a medida que Pekín desarrolla por completo su inmenso potencial y se convierte en la mayor economía del mundo en la próxima década, su capacidad de influencia sin duda crecerá. 

En este contexto rápidamente cambiante, los líderes de la Unión Europea y China deben reconsiderar la importancia de los vínculos trans-Euroasiáticos y abrir un nuevo capítulo en las relaciones entre dos de las civilizaciones más antiguas del mundo. El grado, así como los medios de la acción de China en Europa, compatible con las necesidades internas del país más grande del mundo en desarrollo y acorde con los principios tradicionales chinos de política exterior tendrá que ser seriamente discutido por las autoridades de Pekín. Al mismo tiempo, la realización y la mera evaluación de la capacidad de la nueva China para influir ocupará más espacio en los debates públicos europeos, y se convertirá en materia de campañas políticas.  

Con un intercambio comercial de bienes y servicios que alcanzó los 432 mil millones de euros en 2010, la Unión Europea y China forman el segundo ámbito de cooperación económica más grande del mundo. Este nivel de interdependencia económica se ha logrado en un período muy corto de tiempo y a pesar de la gran muralla de desconfianza que separa dos sociedades que han evolucionado de manera independiente desde hace milenios. Y, como la velocidad del cambio cuantitativo supera el ritmo de la transformación cualitativa, se necesitará tiempo para reducir la brecha entre comercio y confianza.  

Obviamente, es la creencia del pueblo chino en su renacimiento la que condiciona su éxito, y, de forma similar, la fe de los europeos en la renovación de Europa determinará su resultado. Sin embargo, al mismo tiempo que la confianza sigue siendo la fuerza interna más poderosa, la confianza mutua la refuerza, y bajo esta perspectiva  ambas partes deben no pasar por alto lo que la confianza mutua puede aportar a los dos polos de la civilización y, más allá, al mundo. 

El renacimiento de China debe ser visto por Europa como una fuente de sinergias. A nivel operativo, es hora de que los políticos europeos construyan mecanismos para facilitar las inversiones chinas en la Unión Europea - China va a invertir en el extranjero más de 1 billón de dólares hasta el 2020 - para garantizar el estatuto de economía de mercado a China - que será, de todos modos, concedido a Pekín bajo las normas de la Organización Mundial del Comercio desde el 11 de diciembre 2016 - para levantar un embargo inoportuno y contraproducente de venta de armas, consultar sistemáticamente a China en asuntos de seguridad - Oriente Medio, o proliferación nuclear - y poner en práctica una ambiciosa colaboración sino-europea en terceros países -. De África a Asia Central.

Durante décadas, Occidente ha cuestionado el sistema político chino y su capacidad para traer progreso socio-económico para el pueblo chino, pero, en un giro sorprendente, mientras que la crisis financiera de 2008 expuso la hibris (desmesura) occidental, los analistas chinos están tratando de evaluar la naturaleza y la importancia de la Occupy Wall Street o las protestas de indignados. En 2011, los medios de comunicación chinos, su academia y think-tanks han expresado serias preocupaciones sobre la viabilidad del proyecto europeo y la efectividad del liderazgo de la UE. 

La confianza mutua se desarrollará a medida que Europa se esfuerza por comprender mejor las características específicas de la gobernanza de China y que China aprecia la complejidad de las interacciones entre la Unión Europea y sus 27 miembros. La historia de la construcción europea ha constado de una serie de decisiones colectivas tomadas frente a crisis, y, cuando inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, Europa Occidental tuvo que encontrar el camino hacia la reconciliación y enfrentarse a los desafíos de la Guerra Fría, entró en el primer momento de su integración política. Por un acuerdo en dos tratados fundamentales - los Tratados de París y Roma - que dio lugar a la creación de la Comunidad Europea, Francia, Alemania Occidental, Italia y el Benelux comenzó un experimento político sin precedentes, la integración pacífica de Estados Nacionales soberanos e independientes.

En esta etapa inicial de la integración europea, donde Monnet, Schuman, Adenauer, Spaak o De Gasperi, padres fundadores de Europa, demostraron notable visión y coraje, EE.UU. fue el principal apoyo externo de la renovación europea. En un momento de devastación, desesperación y vacío, " Stunde null "- la hora cero, como lo llaman los alemanes - el Plan Marshall contribuyó a la recuperación económica de Europa y alentó a una mejor coordinación entre las políticas europeas - la Organización para la Cooperación Económica Europea, predecesora de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) fue creada en 1948 para administrar el Plan Marshall. 

En el nacimiento de la Comunidad Europea, la joven República Popular de China estaba ocupada con su Primer Plan Quinquenal (1953-1957) y la Guerra de Corea ilustraba la relación conflictiva entre Occidente y la China maoísta. 

El colapso de la Unión Soviética marcó la segunda crisis que obligó al rediseño de la Europa moderna. El Tratado de Maastricht de 1992, que estableció la Unión Europea y proporcionó el marco jurídico para la unión monetaria fue la respuesta de Europa Occidental a los cambios en Moscú y la reunificación alemana. El presidente francés François Mitterrand condicionó su aceptación de una nueva Alemania a la adopción del euro por parte de Alemania. En este punto crucial de la historia de Europa el papel desempeñado por el Canciller alemán Helmut Kohl fue decisivo, y su capacidad de poner el interés europeo por encima, lo que era percibido por un gran segmento de la población alemana como su interés nacional y le valió merecer el título extraordinario de Ciudadano de Honor de Europa - sólo concedido antes a Jefes de Estado de Europa y a Jean Monnet.  

Si había minado la gran estrategia soviética del estadista Mijail Gorbachov para una "casa común europea", que tenía, entre otros, el apoyo de François Mitterrand, Washington no se opuso a la creación de la Unión Europea. Sin embargo, mucho antes de la existencia del euro, la narrativa anglosajona sobre la imposibilidad de aplicar esta importante decisión política ya era muy común, para algunos no se podía ni contemplar la idea de esta empresa verdaderamente post-nacional de transferencia a una institución supranacional de uno de los principales pilares del Estado moderno, su moneda. Desde 1 de enero de 2002, el euro circula, y lo han adoptado por ahora 17 miembros de la UE, es la segunda moneda de reserva más grande del mundo, y la segunda con la que más se comercia. La Europa continental dió forma a un sistema global en el cual la verdadera multipolaridad financiera podría ser una realidad. 

En la creación de la Unión Europea, una década después de la "reforma y apertura" de Deng Xiaoping, obligados a manejar las protestas de Tiananmen y sus consecuencias, la República Popular de China aún no estaba en condiciones de influir en el curso de la historia en el extremo occidental del continente euroasiático.  

Con la crisis de deuda del Euro, Europa está, sin duda en el tercero de sus principales puntos de inflexión desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, como ya hizo frente a los desafíos más graves, el continente no se des-europeizará sino, por el contrario, va a profundizar su unión mediante la operación de más transferencias de soberanía a las autoridades supranacionales en el campo de las políticas presupuestarias y fiscales. En ese sentido, para los federalistas europeos la crisis del euro es una oportunidad y Bruselas subordinará el debate sobre la ampliación a los imperativos existenciales de un primer círculo más cohesionado de la Unión Europea, la zona euro. 

Por lo menos dos nuevos elementos caracterizan la actual etapa de la construcción europea. A nivel interno, el peso relativo de Alemania - tanto un efecto de la reunificación y de los efectos positivos del euro sobre la economía alemana - y externamente, el factor China. Si el liderazgo chino opta por una política estratégica y orientada a apoyar el papel presente y futuro del Euro en el mundo, si anima a las empresas chinas a invertir y crear puestos de trabajo dentro de la UE - como una empresa como Huawei ya está haciendo -. Se convertirá en un contribuyente importante al éxito del proyecto europeo.

La defensa china del euro es también un instrumento para consolidar la multipolaridad y de allanar el camino a la internacionalización del yuan. En otras palabras, entrar en un mundo donde el dólar de EE.UU. ha perdido su preeminencia absoluta. En marzo de 2010, con ocasión de un discurso pronunciado en el Centro de Investigación Financiera Internacional Lujiazui de Shanghai sobre "El papel de la UE y China en la arquitectura financiera del mundo del siglo 21", el ex presidente de la Comisión Europea Romano Prodi hizo los siguientes comentarios:

Cuando empezamos con la idea del euro, los líderes chinos mostraron gran interés, cuando le pregunté por qué la creación del euro era tan importante para China, mencionando que el problema no era sólo cuestión económica, sino también política, el Presidente de China Jiang Zemin dijo, "Quiero vivir en un mundo multipolar".

En esta nueva fase histórica, las relaciones chino-europeas no sólo son mutuamente beneficiosas, sino que se han convertido en mutuamente transformadoras. Mientras un apoyo explícito y tangible de China a la integración europea ayudará a Europa a vencer su miedo a la globalización, la apertura de Europa al renacimiento de China podría debilitar las pulsiones chino-céntricas en Pekín. El diálogo entre China y Europa y la solidaridad no puede eliminar por completo el nacionalismo y el populismo de los debates públicos, pero puede mantenerlos en un nivel relativamente benigno. La posición central de Alemania dentro de Europa y el nuevo papel de Pekín en los asuntos europeos se refuerzan mutuamente. En 2010, Berlín y Pekín emitieron un comunicado conjunto sobre la "promoción integral de la asociación estratégica entre China y Alemania" elevando oficialmente sus relaciones a un nivel estratégico. El 5% de las exportaciones alemanas ya van al mercado chino mientras en 2010 el comercio entre China y Alemania alcanzó  los 130 mil millones de euros (aumentando un 35% respecto al año anterior y representando el 30% del comercio total de la UE y China) será de más de 200 mil millones de euros en los próximos cinco años. Desde una postura euroescéptica, David Cameron ya ha expresado que el Reino Unido no respaldará los esfuerzos de los países de la UE cuyo objetivo es transferir más poder a Bruselas y por lo tanto, a medida que la zona euro va a evolucionar hacia una mayor integración, la distancia entre Londres y círculo interno de la UE se incrementará. En estas condiciones, la "relación especial" entre los EE.UU. y el Reino Unido que ha sido en el pasado un factor limitante en la sinergia entre China y Europa perderá, en cierta medida, su capacidad para afectar las relaciones entre la UE y China. En el contexto de la Guerra Fría, la ayuda de Estados Unidos a Europa Occidental fue también un instrumento para contener a la URSS y la difusión de lo que se percibía como una ideología antagónica. En el siglo 21, el papel de China como un catalizador para la integración europea no debe verse como una manera de contener los EE.UU., sino como una acción estratégica a largo plazo para crear las condiciones de equilibrio en un sistema multipolar mundial y globalizado. En ese sentido, la disposición de China para contribuir a la consolidación de la construcción europea podría ser la respuesta más adecuada a la "vuelta a Asia" de EE.UU., cuyas intenciones no son, según Washington, la contención de nadie, sino sólo un compromiso renovado con una región de capital importancia.

 

David Gosset es director del Centro Euro-China de Relaciones Internacionales y Negocios CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-China.

(Copyright 2012 David Gosset.)


27 agosto, 2011 | 15:19

Una nueva lectura de David Gosset. En ella se enuncia, describe y evalúa el poder sutil de Pekín. Posiblemente, un liderazgo moderno y un cambio de estilo en la gobernanza global. 

////////////////

Cuando hace exactamente 70 años, el magnate editorial estadounidense Henry R Luce (1898-1967) anunció del comienzo del "Siglo Americano", anticipó correctamente la preeminencia de los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, pero sobrestimó la duración de la Pax Americana.

Irónicamente, Luce, que pasó 15 años de su juventud en China, habría estado mucho más en su propia casa en el siglo XXI, en el que la globalización es cada vez más “sinización” que americanización.

El contraste entre la erosión del poder estadounidense y el ascenso de Pekín se hizo presente cuando, durante su visita a China, el vicepresidente norteamericano Joe Biden se vio obligado a abordar las preocupaciones de los chinos "escépticos sobre las perspectivas de futuro de Estados Unidos" en los términos utilizados en su discurso de Chengdu.  Tres semanas después, en enconados debates en el Congreso de EE.UU. sobre el límite de la deuda y la degradación posterior de la calificación crediticia estadounidense por parte de Standard & Poor's, Biden tuvo que repetir que "los Estados Unidos, que nunca han incumplido, nunca incumplirán".

Obviamente, la retórica defensiva de Biden no podía ocultar los problemas a largo plazo de un país que se ha visto tristemente paralizado por una clase política provinciana y miope, incapaz de hacer frente a la adicción a la deuda y de resolver la contradicción de un militarismo que no da más de sí y los grandes intereses financieros del complejo militar-industrial. Mientras el mundo cuestiona cada vez más la credibilidad de Washington, la credibilidad de Pekín va en aumento y, ante los ojos de muchos analistas, la prudencia de China equilibra la irresponsabilidad de Estados Unidos. 

A pesar de la incertidumbre financiera global, China tiene más de 3 billones de dólares en reservas y una economía en constante expansión. Hay planes para construir 221 ciudades de más de 1 millón de habitantes para el año 2025 y ocho ultramodernas megaurbes de más de 10 millones de habitantes. El país tiene tres compañías en el top 10 del Fortune Global 500 - tantas como Estados Unidos -, ha lanzado su primer portaaviones y tiene en marcha un programa espacial de los más ambiciosos del mundo. Obviamente, el poder duro de Pekín se está desarrollando a un ritmo impresionante.

"Conocimiento, Redes y Naciones", un estudio reciente de la Royal Society, la Academia Nacional de Ciencias del Reino Unido, llegó a la conclusión de que en 2013 China superará a los EE.UU. en volumen de publicaciones científicas.

La renovación de China no consiste sólo en un progreso cuantitativo súper rápido, sino que también está determinada por un aumento de su influencia cualitativa a nivel global. Uno advierte  fácilmente las señales de la occidentalización de China, pero el abrazo de China a la modernidad también es sinónimo de achinamiento  de la aldea global.

Estos tiempos son aptos para proyectar mundialmente una narrativa de China a través de los cada vez más sofisticados medios de comunicación social, y mientras China promueve el mandarín en más de 300 institutos Confucio en todo el mundo, también atrae cada vez más estudiantes extranjeros a sus universidades.

Contando con líderes de opinión, como Zhang Weiwei o Eric X Li, que están igualmente a gusto en Occidente y en la Chinosfera, así como con expertos altamente competentes en posiciones estratégicas internacionales - tales como Zhu Min, el nuevo subdirector gerente del Fondo Monetario Internacional, o Lin Yifu, Vicepresidente Senior del Banco Mundial - China también está fortaleciendo rápidamente su poder blando.

Siguiendo el trabajo del intelectual estadounidense Joseph Nye, para los analistas es habitual limitar el debate sobre la fuerza nacional entre poder duro y blando, con una combinación que supone la formación del "poder inteligente". Sin embargo, los patrones de la transformación de Pekín invitan a una ampliación de estas reflexiones para considerar una tercera dimensión del poder, el "poder sutil", que en cierta medida es la aplicación de algunos de los más elevados principios filosóficos de China en el campo de la estrategia.

Menos espectacular que el poder duro, más intangible que el poder blando, el poder sutil pretende conformar un contexto que maximiza la eficacia de las dos dimensiones tradicionales de poder. Mientras el poder duro actúa directamente - incluso por la fuerza - para imponerse y el poder blando atrae y recoge, el poder sutil establece el entorno en el que el poder duro y el poder blando pueden producir efectos óptimos.

La extraordinaria capacidad de China para contextualizar prepara a los principales responsables del país – ciertamente,  al nivel del Grupo Líder Reducido de Relaciones Exteriores del Partido Comunista de China -  para tener un enfoque holístico de los asuntos mundiales. Esto no debe interpretarse como una negativa a adoptar una posición clara sobre ninguna cuestión en particular, sino que debe entenderse como la prudencia de considerar cuidadosamente cómo las acciones en un tema concreto pueden afectar al equilibrio de todo el sistema. Mientras el poder duro y blando analiza y selecciona los casi interminables componentes individuales del juego del poder global, el poder sutil aprehende sintéticamente sus interacciones.

La eficacia del poder sutil radica en la interacción permanente de cinco elementos. En primer lugar, atribuye un gran valor a la no confrontación. La habilidad de Pekín en el desarrollo de una diplomacia multidireccional activa y para evitar la oposición innecesaria no sólo proporciona oportunidades para satisfacer las necesidades de desarrollo de China, sino que también eleva el estatus del país.

Siendo capaces de, por ejemplo, mantener buenas relaciones tanto con Irán como Israel (Chen Bingde, jefe de personal del Ejército Popular de Liberación, fue recientemente invitado de Benny Gantz, su homólogo israelí), así como con Teherán y Riad, Pekín se percibe cada vez más en Medio Oriente como un factor de estabilidad y distribución de poder.

Al tener relaciones simultáneas con Corea del Norte, Corea del Sur y Estados Unidos, Pekín se encuentra en el centro del futuro del Noreste de Asia. Es revelador que, a finales de julio, Ma Xiaotian, Subdirector de Estado Mayor del Ejército Popular de Liberación (EPL) fuera a Seúl para reforzar la cooperación militar con la República de Corea (Corea del Sur) y, varios días después, una flotilla de la Armada del EPL realizara una visita amistosa a la República Democrática Popular de Corea (Corea del Norte).

En segundo lugar, el poder sutil se asocia siempre que sea posible con la no injerencia. Al oeste, China limita con Kirguistán y Tayikistán, dos países relativamente pequeños (5,5 y 8 millones de habitantes, respectivamente), pero Pekín no intenta de imponer en esos Estados, nuevos y frágiles, orientaciones macroeconómicas o políticas.

Compartiendo Afganistán y la provincia China de Xinjiang 76 kilómetros de frontera, son los Estados Unidos y la Organización del Tratado de Atlántico Norte los que se encuentran atrapados en el pantano afgano. Cuando los dirigentes soviéticos decidieron invadir Afganistán en 1979, ejemplificaron un uso contraproducente de poder duro y su desprecio del poder sutil socavó el posicionamiento a largo plazo de la Unión Soviética.

La actitud de no confrontación y el principio de no injerencia son consistentes con una política de independencia estratégica, cuyo objetivo es, más que la búsqueda de alianzas, la disminución del riesgo de crearse enemigos.

Se podría etiquetar, erróneamente, como aislacionismo la política china de no injerencia - si se sostuviese que el aislacionismo es lo contrario del intervencionismo. Sin embargo, el aislacionismo y el intervencionismo, lejos de ser mutuamente excluyentes,  son de hecho expresiones del mismo espíritu propagandista – consistiendo el aislacionismo en intervencionismo frustrado. China, que nunca ansió convertir al mundo a sus normas y creencias, no tiene la idiosincrasia de un cruzado decepcionado.

En otras palabras, es la ausencia en China de una cultura misionera, lo que explica fundamentalmente la insistencia de Pekín en la no injerencia.

En tercer lugar, el poder sutil contiene una permanente disposición al cambio. Los recientes virajes de Pekín en relación con Sudán pueden verse como una ilustración de este punto. A pesar de sus fuertes vínculos con Jartum - el presidente de Sudán, Omar al-Bashir, mantuvo conversaciones en Pekín a finales de junio – el ministro de Relaciones Exteriores de China, Yang Jiechi, visitó Juba sólo un mes después de la declaración de la independencia de Sudán del Sur – fue el primer ministro de asuntos exteriores representando a uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

En Libia, la ágil diplomacia de Pekín también está trabando. Varias horas después de la entrada de los rebeldes en Trípoli, el Ministerio de Relaciones Exteriores chino explicó en un comunicado que "China respeta la voluntad del pueblo libio y quiere desempeñar un papel positivo en la reconstrucción de Libia junto con la comunidad internacional".

En marzo, el tono de China fue diferente cuando condenó enérgicamente a Occidente por su asalto a las fuerzas de Muammar Gaddafi, aunque con el importante matiz de que Pekín no bloqueó la resolución 1973 del Consejo de Seguridad que autorizó los ataques aéreos – votando así lo mismo que Brasil, Rusia, India y Alemania.

La moderación debe considerarse como la cuarta característica del poder sutil. Cuando el estadista norteamericano Henry Kissinger evoca la Guerra chino-vietnamita de 1979 en su magistral Sobre China, señala: "Al igual que en la Guerra chino-india [Octubre-Noviembre de 1962], China ejecutó un limitado ataque 'de castigo' inmediatamente seguido por una retirada". En términos más generales, Pekín es consciente de que la capacidad de auto-limitar y evitar cualquier tipo de exceso – incluyendo aventuras militares innecesarias - es a largo plazo la condición para preservar su fuerza relativa.

En contraste con la dinámica histórica de Europa, una de las principales tendencias de la civilización china ha sido siempre el esfuerzo para unificar el mundo chino. Bajo esta perspectiva, el futuro de Taiwán es – junto con la integridad territorial de la República Popular de China - uno de los asuntos más importantes para el liderazgo de Pekín.

Aunque ambas partes siguen técnicamente en guerra, 1,6 millones de chinos continentales visitaron la isla en 2010, inyectando más de 3.000 millones de dólares en la economía de Taiwán. Como cabe esperar, Pekín reacciona con duras declaraciones cuando considera que Estados Unidos está interfiriendo en los asuntos internos de China, pero la política de la parte continental sobre Taiwán ilustra también el uso de la moderación por parte de Pekín.

De hecho, cuanto más poder tiene la parte continental para aislar a la isla - con su formidable fuerza financiera, económica y diplomática - más opta por el uso del poder sutil para conformar un marco compatible con su objetivo estratégico general. Como discípulos de Sun Tzu, los estrategas de Pekín tienen en cuenta que los mejores generales prevalecerán sin luchar, sólo los menos expertos tienen que atravesar la niebla de la guerra.

La ambigüedad es la quinta señal de poder sutil. Ahmet Davutoglu, un destacado académico y desde el año 2009 ministro de Exteriores turco, en Profundidad Estratégica, analiza las ventajas geopolíticas de Turquía y desarrolla el punto de vista de la "política de cero problemas", que en apariencia tiene cierta similitud con la postura de no confrontación de China.

Sin embargo, las recurrentes referencias de Davutoglu a la historia en una serie de discursos y entrevistas de los medios de comunicación han producido cierto malestar en Turquía y más allá - incluso en Washington, como demuestran algunos de los cables de WikiLeaks - con la percepción de que Ankara se está deslizando gradualmente de la kemalista autocontención hacia una ofensiva neo-otomana en política exterior.

Mientras que la administración de Erdogan utiliza grandes enunciados teóricos, China no promete de forma explícita volver a conectar con una perdida "profundidad estratégica" y no está obsesionada por la conceptualización de su política exterior. Poder sutil es también el cultivo de la ambigüedad y la vaguedad que con demasiada frecuencia son malinterpretadas como misterio y oscuridad.

Y, en una época en que la tecnología obliga a las cancillerías a practicar una diplomacia sin secretos - es ingenuo suponer que los ordenadores o los dispositivos de comunicación son absolutamente seguros - el valor de la imprecisión intencionada aumenta considerablemente.

En ese sentido, el propio intento de definir el poder sutil es casi contradictorio en sí mismo, no se trata de un conjunto de reglas o procedimientos predeterminados para seguir de forma mecánica, sino del arte de crear un contexto favorable. No es una autoproclamación de indispensabilidad, superioridad o grandeza, sino la capacidad para mantener la centralidad en una configuración que cambia constantemente. La expresión "País Medio" se refiere sin duda a un lugar geográficamente fijo y determinado, pero también puede interpretarse como una posición ganada por movimientos estratégicos inteligentes en la dinámica complejidad del juego del poder.

En lugar de en sus complacientes letanías sobre lo que percibe como imperfecciones esenciales de China, Occidente debería centrarse seriamente en lo que podría aprender de los matices del poder sutil de Pekín. En cierta medida, es un Occidente relativamente achinado y una China razonablemente occidentalizada, y sus constantes interacciones, lo que podría constituir una fuente infinita de sinergias para la humanidad.

El poder sutil, que congenia profundamente con la cultura china, conlleva el tradicional énfasis chino en la moderación y la paz encarnados en el carácter “he 和” o armonía, y, como tal, es compatible con la idea de que una importante redistribución del poder, no necesariamente tiene que surgir del desastre de las guerras.

Posiblemente, la mala interpretación de Estados Unidos sobre las intenciones estratégicas chinas podría ser en el futuro cercano la principal fuente mundial de tensiones. Sin embargo, una mirada desapasionada al modo de actuar de China revela un esfuerzo noble y legítimo: mientras Pekín construye suficiente poder duro para defender sus más de 22.000 km de fronteras terrestres compartidas con 14 países, mientras trabaja para adquirir los medios para proteger su energía, materias primas o suministro de alimentos, el país más poblado del mundo está fundamentalmente comprometido con el poder sutil de la no confrontación, la no injerencia y la moderación en el camino de un renacimiento pacífico.

David Gosset es director del Centro Euro-China de Relaciones Internacionales y Negocios CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-China.

(Copyright 2011 David Gosset.)

Artículo en inglés


02 marzo, 2011 | 12:29

En el nuevo artículo de Gosset traído al español vemos su disertación en relación con las diferencias entre China y los países donde se estás protagonizando las "revoluciones jazmín".
------------------

Todo lo que es real es racional, explicaba el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel en los años posteriores a la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, y añadió con confianza que todo lo racional era real. Obviamente, uno puede discutir el papel preciso de la razón en los asuntos humanos, pero, sin duda, en los acontecimientos históricos hay un cierto grado de racionalidad. 

 
Igual que las revoluciones de colores y sus raíces dentro del espacio post-soviético de la Unión, las revoluciones “Jazmín” son producto de un contexto sociopolítico muy específico. Los líderes irresponsables, la mala gobernanza, una profunda crisis de identidad, las frustraciones económica y política, además de los fracasos de las políticas occidentales en Oriente Medio, son algunos de los elementos que explican los radicales movimientos sociales que están cambiando el mundo árabe. En ese sentido, una revolución jazmín no puede entrar en erupción y desarrollarse en el contexto chino. 


De hecho, la "reforma y apertura" de Deng Xiaoping, que comenzó en la década de 1980, es una continua primavera sociopolítica con características chinas, y, siguiendo la metáfora floral, podría describirse como una transformación de té de jazmín. Más exactamente, esta transformación es un proceso controlado de modernización en términos propios de China y en relación con la tradición intelectual china, y no un gran salto hacia lo desconocido.


La controlada metamorfosis china no sólo beneficia a un quinto de la humanidad, sino que también es un motor del crecimiento económico de la aldea global, una garantía de estabilidad geopolítica y una fuente de nuevas ideas. Una revolución Jazmín sería una interferencia en la transformación de té de jazmín, objetivamente positiva, y es por ello que, fundamentalmente, no tiene razón de ser en la China post-Mao Tse Tung.

 
Aún cuando las fuerzas que están reconformando el mundo árabe y la dinámica que está transformando China no pueden ser más distintas, algunos segmentos de la sociedad occidental parecen creer que las protestas contra el gobierno podrían perturbar seriamente la estabilidad de la República Popular. 


El 20 de Febrero, Jon Huntsman, el dimisionario Embajador de Estados Unidos en China y, se rumorea, candidato presidencial republicano, marchó en Wangfujing en Pekín con un puñado de "revolucionarios Jazmín" - la Embajada de Estados Unidos declaró en un comunicado poco convincente que la presencia de Huntsman fue ¡simplemente una coincidencia! 


En la nación más poblada del mundo, sin duda se pueden encontrar activistas que abogan por cambios radicales, pero es la corriente principal de China la que determinará el futuro del país. Según el Centro de Investigación Pew, con sede en Washington, el 87% de los chinos estaban satisfechos con la situación general de su país en 2010 - índice de satisfacción que fue del 72% en 2005. Es la frustración y la desesperación lo que llevó a algunos de los 360 millones de árabes a las calles de Túnez, El Cairo, Saná, Trípoli o Ammán, pero el estado de ánimo del colectivo chino se caracteriza por la energía, el optimismo y un sentimiento de alegría.


El prestigio externo impacta sobre las políticas internas. Mientras que China está ganando cada vez más “cara” sicológica como actor estratégico, el mundo árabe ha estado lamentablemente perdiendo su estatus y reputación. China, capaz de poner en escena acontecimientos mundiales en ciudades globales - los Juegos Olímpicos de Pekín o la Expo Universal de Shanghái -, es un actor global muy respetado, cuya posición es central en todas las cuestiones transnacionales importantes.


Durante décadas, el mundo árabe ha sido incapaz de encontrar una solución a la cuestión de Palestina, y es Turquía, no Egipto, la fuerza reemergente y estabilizadora en la región antiguamente dominada por el Imperio Otomano. Hace dos años en La Geopolítica de la Emoción (The Geopolitics of Emotion), el analista francés Dominique Moisi asociaba a las sociedades occidentales, el mundo árabe, y al Lejano Oriente de Asia, los sentimientos respectivamente del miedo, la humillación y la esperanza. El innegable resurgimiento de Pekín ha generado un sentimiento de orgullo y, cuando en las calles árabes prevalece una sensación de humillación, China está llena de confianza.

"Puede haber méritos independientemente de la dignidad, pero no dignidad sin cierto mérito", observó el escritor francés François de la Rochefoucauld en una de sus máximas (422). A nivel interno, los objetivos logros socioeconómicos hablan en favor del régimen chino. La segunda mayor economía mundial está construyendo infraestructuras de primer nivel enlazando ciudades totalmente nuevas donde a menudo tiene lugar un eufórico consumo. Algunas de las mayores compañías del mundo ya han asumido que el "consumidor chino" es la principal historia comercial de la próxima década.

Si se puede apuntar a los problemas sociales chinos que aún se mantienen, a las deficiencias de la burocracia de Pekín, a los riesgos de inflación o a las disparidades económicas, también hay que reconocer que un sistema que ha sacado de la pobreza a 400 millones de personas - más que toda la población del mundo árabe -, y que puso a China en posición para convertirse en las próximas décadas en la economía más grande del mundo, tiene una sólida legitimidad. 


La crisis de Oriente Medio no puede desligarse del fallido liderazgo y de la gobernanza disfuncional. En nombre de la estabilidad, el poder se tornó en parálisis que, en algunos casos, degeneró en tiranía. Ben Ali gobernó Túnez durante 24 años, Hosni Mubarak había gobernado Egipto durante 30 años, Ali Abdullah Saleh ha sido presidente de Yemen durante 33 años y Muammar Gaddafi ha monopolizado el poder en Libia durante 42 años. En la China pos-maoísta, los líderes aceden al cargo temporalmente, de acuerdo con las leyes constitucionales.


Desde el establecimiento de la República Popular en 1949, Pekín ha sido testigo de cuatro generaciones de líderes, y en 2002 la transición de la tercera a la cuarta generación tuvo lugar entre dos hombres de Estado en vida dentro de un proceso ordenado. El año próximo, la transición del poder del presidente Hu Jintao a Xi Jinping, - que representa la quinta generación - en el 18 º Congreso Nacional del Partido Comunista de China es muy probable que sea suave.


Wan Gang, ministro chino de Ciencia y Tecnología, y Chen Zhu, ministro de Sanidad, ni siquiera son miembros del Partido Comunista. Para evitar la autocomplacencia, las élites y la opinión pública occidentales deberían prestar atención al hecho de que el gobierno chino es capaz de seleccionar funcionarios altamente competentes cuyo sentido de la responsabilidad es frecuentemente admirable. Aunque la corrupción es también una cuestión china, China no es un Estado corrupto ni fallido.


Desde la muerte de Deng en 1997, las principales orientaciones de Pekín se deciden por un liderazgo colectivo de entre el cual emerge un consenso que es apoyado por la inmensa mayoría de los ciudadanos chinos: el país necesita reformas para perfeccionar el Estado de Derecho, para crear las condiciones para un crecimiento económico sostenible y para proporcionar una mayor justicia social, pero no una revolución. En otras palabras, China necesita un cambio gradual, pero no perturbaciones políticas o discontinuidades económicas.


Los observadores de la gigantesca sociedad china deberían tener presente también que la China pos-maoista puede entenderse mejor como una reacción ante los momentos anárquicos y destructivos de la Revolución Cultural (1966-1976). China quiere estabilidad y previsibilidad, y se opondrá firmemente a las acciones que pudieran llevar a caóticas  incertidumbres o a amplios y violentos movimientos sociales.


En la plaza de Tiananmen deambulan turistas, no manifestantes, y desde el comienzo del año pueden recapacitar sobre una nueva presencia en el emblemático espacio abierto pekinés: una gran estatua de Confucio se enfrenta ahora al retrato de Mao. El neo-confucianismo del siglo XXI no es de protestas revolucionarias sino de orden ritual, moderación y armonía. El mundo chino profundo no tiene deseos de revolución inspirada en referencias extranjeras, China se ha embarcado en un proceso de renacimiento a través de la reinterpretación de su propia tradición. 

Mientras Washington y Bruselas estarán ocupados con los problemas de Oriente Medio, China continuará renovándose y, al hacerlo, recobrará centralidad en los asuntos del mundo. El té chino de jazmín no sólo exhala un delicado perfume, sino que es también una bebida saludable; ciertamente, Pekín no necesita una "revolución Jazmín", aunque el mundo árabe, y otras partes del mundo en desarrollo, deberían querer probar la transformación de té de jazmín.

David Gosset es director del Centro Euro-Chino de Relaciones Internacionales y de Negocios del CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-Chino. 

Enlace al artículo en inglés.

14 enero, 2011 | 09:42

Os presento un nuevo texto de David Gosset. Trata sobre el esfuerzo necesario de conectar con la experiencia china para entender la mentalidad que desarrolla en la actualidad, en la que predomina la paradoja y la redefinición. Debido a su resurgir, crece el poder blando de Pekín, pero es más importante su adecuación e influencia sobre el espíritu, zeitgeist, de la  época que nos está tocando vivir.
China, como en los versos de Machado, combina lo estático (cantar el mismo verso) de una burocracia inmóvil, con lo dinámico (la distinta agua), una sociedad en autentica ebullición ¿Cómo es posible?
El autor busca en profundas raíces intelectuales explicaciones a fenómenos que se observan a un nivel más superficial. Pese a su densidad, resulta una lectura muy recomendable para los que pretendemos entender China y el mundo.
//////

En un cuadro chino tradicional los ojos no tienen que seguir una perspectiva lineal desde un lugar fijo y externo hacia un punto de fuga. Se desplazan y, como con una cámara de cine, se puede ver un cambio de enfoque. En cierto sentido, el experto no se enfrenta a una representación a interpretar, sino que entra en una escena, un paisaje, o incluso un estado de ánimo infundido por una energía fundamental, el qi, que ha de apreciar. Análogamente, a fin de captar la dinámica de China, uno no ha de preocuparse por construcciones teóricas o grandes diseños sistemáticos, sino hacer el esfuerzo de conectar con una experiencia.

La praxis china puede desconcertar al analista, pero en tiempos de crisis permanente, en que se requiere una constante capacidad para desaprender, repensar y redefinir, la manera de acción china resulta más propicia que la estricta aplicación de un modelo chino hipotético.  Lao-Tsé ya preparaba la mente china para un mundo de paradojas: "El sabio que confía en la actividad sin acción (wu wei) desarrolla el aprendizaje sin palabras".Gosset01

El creciente peso económico, político y cultural de China, derivado de la política de apertura de Deng Xiaoping, es ampliamente reconocido como una de las principales características de nuestro  tiempo. Según Global Language Monitor, que rastrea las tendencias en el uso de palabras, la "emergencia de China" ha sido la noticia más importante de la última década. Aunque la magnitud de este proceso se explica a menudo por factores cuantitativos (el tamaño del país, la población) y se mide por cifras (el crecimiento de la economía, el PIB, etc., ...), uno debería reflexionar también sobre un nexo cualitativo que extenderá la relevancia de China en la década de 2010 y más allá: en una época de cambio sin fin de paradigma, contradicciones e incertidumbres, mientras crece la perplejidad y la incomodidad de Occidente. El espíritu de la época (el zeitgeist global) confiere ventajas a la mentalidad china y su singular plasticidad.

Como resultado del resurgimiento de China algunos elementos de su cultura son cada vez más visibles - aumenta gradualmente el poder blando de Pekín -, pero lo más significativo es la objetiva correspondencia entre la fluidez de la cosmovisión china y el nuevo aire de los tiempos - la construcción de un zeitgeist chino.

La coexistencia de un gigantesco Estado burocrático con una transformación y plasticidad social general, cuya escala no tiene equivalente en la historia del mundo, es una aparente paradoja que confunde al observador de la sociedad china. ¿Por qué está China tan cómoda con el cambio, mientras las democracias occidentales están peligrosamente carentes de capacidad para cuestionar sus supuestos y pueden estar amenazadas a largo plazo por la inercia y la complacencia?

A medida que el renacimiento chino cambia progresivamente la forma del siglo XXI y conduce el sistema mundial a un nivel diferente, comprender China se ha convertido en una necesidad práctica.  En lugar de sermonear continuamente en tono de superioridad sobre lo que se enmarca de manera mediocre como "mercado emergente", como "recién llegado", Occidente ganaría mucho con un enfoque más modesto: aceptando la influencia de una civilización cuyo resurgimiento, lejos de ser una amenaza, es una contribución al equilibrio mundial. A medida que los intelectuales chinos se esfuerzan para volver a conectar con el mensaje universal de sus tradiciones, el renacimiento humanístico de China constituye también la promesa de una aldea global más armoniosa.

Teniendo presente el weiqi (juego de mesa conocido en Occidente por su nombre japonés “go”), uno de los símbolos más importantes en la geografía mental china, se puede desarrollar una mejor comprensión de la dinámica china en política, negocios, e incluso en interacciones sociales más triviales. El Tao del weiqi envuelve una experiencia estética e intelectual que nos acerca a la psicología china y nos da idea sobre el pensamiento estratégico chino, pero, en cierta medida, es también una forma de acercarse a los patrones fundamentales del éxito colectivo de China. Más allá de su rigidez ritual, los mandarino-burócratas del Partido Comunista Chino son, sobre todo, personas cuyo comportamiento está determinado por una subyacente cultura cognitiva que también explica lo que pudiera parecer paradójico a primera vista.

La crónica del escritor japonés Yasunari Kawabata (1899-1972) de un duelo intelectual, traducida al inglés como The Master of Go, contribuyó sin duda a la popularidad del juego en Occidente, pero el weiqi es un producto de la civilización china que se extendió con el tiempo en círculos ilustrados del nordeste de asia.

En la China imperial el weiqi tenía la consideración de un arte cuya práctica tenía fines educativos, morales e intelectuales. Los mandarines tenían que dominar cuatro artes, en una versión china del cuadrivio escolástico, conocidas como qin, qi, shu y hua. Se esperaba de los caballeros que fueran capaces de tocar el guqin (Qin), una cítara de siete cuerdas, así como para escribir caligrafía (shu) y demostraran talento en la pintura con pincel (hua).

La segunda habilidad, el qi, hace referencia al weiqi, un juego de estrategia para dos personas que alternativamente colocan piedras blancas y negras en las intersecciones libres de una cuadrícula. El ganador es aquel que, tras una serie de rodeos, puede controlar más espacio que su oponente; podríamos traducir weiqi como “el juego de mesa de acorralamiento" o "el juego de rodear". Los intelectuales se han fascinado durante siglos por el contraste entre la extrema simplicidad de las reglas y las casi infinitas combinaciones que permite su ejecución.

Tradicionalmente, el juego se conceptualizaba en relación con una visión del mundo. A comienzos del siglo XI, en Clásico de Weiqi en Trece Capitulos, posiblemente el ensayo más notable sobre el tema, el autor utiliza las nociones de la filosofía china para presentar los objetos materiales del juego: las piedras "se dividen entre el blanco y el negro, con el modelo yin/yang ...  el tablero es cuadrado y sosegado, las piezas son redondas y activas”. En el Clásico de Weiqi se cita varias veces el famoso Libro de las Mutaciones (Yi Jing), que presenta la cosmología de la antigüedad china.

El juego, "un pequeño Tao", fue tan popular que generó algunos comportamientos obsesivos. La adicción al weiqi fue considerada por el filósofo chino Mencio (372-289 a.C.) como uno de los cinco tipos de comportamiento anti-filiales. Durante los siglos, el juego siguió siendo un elemento importante de la sociedad china. El pintor de la dinastía Ming Qian Gu (1508 a 1578),  realizó una exquisita obra maestra cuando, en un ambiente de tranquilidad y compostura, pintó Una Partida de Weiqi en el Salón de Bambú, donde la brisa, el agua y las doncellas giran en torno a la circulación de piedras negras y blancas. Del famoso conjunto de 12 biombos pintados en la época del emperador Yongzheng (1678 - 1735), uno retrata a una dama elegante y refinada sentada al lado de un tablero de weiqi.

Objeto de críticas durante la Revolución Cultural, el juego vuelve a estar de moda entre las élites de China, y el maestro Nie Weiping y su discípulo Li Gu, dos de los mejores jugadores del mundo, son aclamadas celebridades. El juego ha inspirado recientemente a Shan Sa en su novela La chica que jugaba al Go.

Como se indica en la introducción del Clásico de Weiqi, el Tao del weiqi no puede separarse del Arte de la Guerra de Sun Tzu, que se mantiene vigente desde el Período de los Reinos Combatientes (476-221 a.C.) como fundamento mismo del pensamiento estratégico en China.

Mientras en el ajedrez o en el ajedrez chino (xiangqi), las piezas ya están en el tablero con un orden determinado cuando comienza la partida, en la apertura del juego de weiqi la cuadrícula está vacía. Durante una partida de ajedrez, se sustraen piezas; en el weiqi, se añaden piedras a la superficie del tablero. En Clásico de Weiqi, el autor remarca que "desde la antigüedad, no se han visto dos partidas idénticas de weiqi".

Tres axiomas minimalistas

Tres axiomas de oro expresados en el Clásico del Weiqi proporcionan una aguda perspectiva sobre el pensamiento estratégico de China y también sobre la mentalidad china.

"Como la mejor victoria se obtiene sin luchar, así la posición excelente es la que no causa el conflicto", dice el Clásico. Introduce lo que podríamos llamar el axioma de la no confrontación. En weiqi, el objetivo no es dar jaque mate al adversario: sólo importan las posiciones en relación a los demás. Las innumerables circunvalaciones del Weiqi están encaminadas a aumentar la influencia, sin reducir del todo las fuerzas del oponente. La habilidad para gestionar la paradoja de la oposición sin enfrentamiento requiere las más altas cualidades intelectuales y emocionales.

El Clásico añade: "Al comienzo del juego, las piezas se mueven de forma regular y ortodoxa, pero para ganar el juego es necesaria la creatividad”. Lo que pudiera denominarse como el axioma de la discontinuidad es variación de un postulado que es central del Arte de la Guerra, de Sun Tzu: al comienzo de la confrontación la acción se rige por normas aceptadas, pero la victoria a menudo requiere decisiones "irregulares" o resoluciones poco ortodoxas, y sólo la intuición visionaria conduce a la superioridad. La noción de una China poco imaginativa destinada a repetir, a imitar, o ejecutar mecánicamente, es una idea falsa basada en gran medida en un conocimiento parcial del mundo chino que, a pesar de la admirable investigación de sinólogo británico Joseph Needham (1900-95) en La Ciencia y la Civilización en China, persiste distorsionando el debate.

El postulado de la discontinuidad es la esencia misma de la innovación. En cierta medida, una aplicación de este segundo postulado fue el insólito concepto de "un país, dos sistemas", de Deng Xiaoping, para llevar a cabo la retrocesión de Hong Kong. Los líderes chinos de Pekín y Taipei también harán pleno uso del segundo axioma para reinventar sus relaciones en los próximos años. 


Los autores de China: ¿la próxima superpotencia de la ciencia? (2007) afirman: "China está en una temprana fase del programa más ambicioso de inversión en investigación desde que John F. Kennedy se embarcó en la carrera a la luna". El país no sólo va a innovar en tecnología (más de la mitad de los 60.000 empleados de Huawei trabajan en I + D), sino que también contribuirá a la metamorfosis de las industrias creativas.

El holding suizo Richemont está apoyando el crecimiento de Shanghai Tang, una marca de moda creada por David Tang. El grupo francés Hermès, de alta costura, ha invertido en la empresa Shang Xia, dedicada al lujo, cuyo director artístico Jiang Qionger está contribuyendo al renacimiento de la artesanía china. Es interesante observar que Shang Xia, cuyos caracteres chinos literalmente significan arriba/abajo, introduce un ritmo y filosofía en la que los opuestos se llaman entre sí. El laboratorio de investigación de primer nivel Microsoft Research Asia, con sede en Pekín, consciente de los efectos de la técnica de mover el enfoque, durante el Festival Qingming desarrolló una versión inmersiva e interactiva de Por el Río, una de las más pinturas panorámicas famosas de China.

Incubadora de innovaciones científicas, creativa, China enriquecerá también el vocabulario de las ciencias sociales a través de la investigación desarrollada en los grupos de reflexión que ahora tienen medios económicos para atraer a académicos de primer nivel mundial. Los políticos occidentales, los líderes empresariales y de opinión, tienen que estar preparados para actuar en un mundo con productos materiales o inmateriales, no sólo "hechos en China", sino también creados y concebidos por China.

El Clásico menciona una tercera dimensión: "No adherirse necesariamente a un plan, cambiarlo según el momento". El axioma del cambio obliga al jugador a adaptarse a la situación y tener cuidado con la ciega adhesión a un sistema, doctrina o ideología preconcebidos. El énfasis de Deng Xiaoping sobre la necesidad de "buscar la verdad en los hechos" sigue profundamente este patrón del pensamiento estratégico chino. El espíritu del tercer postulado estuvo en el inesperado acercamiento diplomático de Mao a Washington en la década de los setenta.

Estos axiomas minimalistas conectan la tradición de China con la aldea global. Hoy en día, a medida que crece la interdependencia, los actores son a la vez socios y competidores en diversas formas de oposición sin confrontación, y en medio de cambios y crisis. La capacidad de desaprender y repensar es más útil que la aplicación de las constructos intelectuales establecidos. Los principios definitivos generan comodidad pero limitantes, en tiempos caóticos los postulados minimalistas constituyen la brújula intelectual más eficaz.

Hace 2.500 años Lao-Tsé sugirió que "el mayor bien es como el del agua", y explicó que "no hay nada bajo el cielo, más suave o más dócil que el agua", incluso cuando "uno no puede alterarla". La mentalidad china, más suave que el poder blando de Joseph Nye, se encuentra en su esencia en el siglo XXI.

///////////

David Gosset es director del Centro Euro-Chino para Relaciones Internacionales y de Negocios (ECCIR) de CEIBS, Shanghai&Beijing, fundador del Foro Euro-China. Condecorado con la Gran Cruz de la Orden del Mérito civil por Juan Carlos I.

Traducción de Luis S. Galán Lozano con su autorización desde el texto original.

08 diciembre, 2010 | 16:28

ChinaeuropeLas interacciones entre Pekín y Bruselas son causa y efecto de un contexto internacional en evolución, y, en ese sentido, cualquier análisis de las relaciones chino-europeas debe considerar factores no chino-europeos. Pero una estrategia de renovación de la cooperación chino-europea no puede separarse de una visión más amplia de la aldea global.

Aunque los retos de la sociedad industrial y posindustrial requieren una nueva gobernanza global, el realineamiento del poder político global complica y hasta cierto punto paraliza la necesaria toma colectiva de decisiones para su diseño. En resumen, los problemas se acumulan a un ritmo que excede peligrosamente la capacidad de movilización de la comunidad internacional.

Los cambios en el continente asiático, en Sudamérica, en el mundo musulmán desde la secular Turquía hasta la pancasila Indonesia, o en el espacio pos-soviético, son ciertamente significativos, pero la mayor redistribución de influencia se está dando entre Occidente y el mundo chino. El resurgimiento de China corrige el desequilibrado desarrollo que se desencadenó con la revolución industrial en Europa durante el siglo XVIII. La reintroducción de una quinta parte de la humanidad en el centro de la historia marca también el comienzo de un periodo donde tienen que coexistir diferentes tipos de modernidad.

Aunque la expansión de la Pax Americana se ha convertido en una fantasía geopolítica, como muestran el trágico fracaso de Irak o el lodazal afgano, Estados Unidos, aún en una posición relativamente dominante apoyada en un incomparable poder duro, actuará para mantener un status quo favorable.

A pesar de la erosión del poder  blando de EE.UU., la matizada política de Barack Obama no puede enmendar los efectos catastróficos de la arrogancia de los neoconservadores ni borrar las locuras de Wall Street, las élites estadounidenses asumen lo que ellos llaman liderazgo mundial y equivocadamente postulan un reconocimiento mundial de tal posición en una actitud que no facilita una respuesta colectiva a los problemas transnacionales. Peor aún, las fuerzas estadounidenses reacias a renunciar a la política de hegemonía pueden tener la tentación de manipular algunas dimensiones de la crisis para contener a los que se perciben como rivales en ascenso.

Para evitar consecuencias desastrosas tiene que prevalecer otro escenario. La sensibilidad hacia la extrema gravedad de las amenazas transnacionales, combinada con una América jeffersoniana y una renovada cooperación entre China y Europa, conducirían a la construcción de una gobernanza a nivel mundial más eficaz. A pesar de la decepción que sucedió a la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, el estancamiento de la reforma del sistema de Naciones Unidas, las dificultades para entrar en una arquitectura posterior a Bretton Woods o para llegar a un consenso sobre la Ronda de Doha para el Desarrollo, el nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas firmado entre Washington y Moscú, o el cambio desde el restrictivo G-8 al G-20 como consecuencia de la crisis financiera, pueden interpretarse como pasos en una dirección más cooperativa e inclusiva.

Pabellon_China_Exposicion_Mundial_Shanghai
Más allá de la "gran muralla de desconfianza"

En un siglo de interdependencia y coexistencia de modernidades, si la unipolaridad es una mera ilusión de orden, la multipolaridad sin multilateralismo efectivo podría ser una fuente real de desorden. Pero, en el esfuerzo internacional necesario para organizar un mundo multipolar, ¿puede Occidente tratar a China como un socio verdaderamente igual? En el largo proceso de negociación en muchas capas que puede llevar a un consenso sobre la nueva seguridad internacional o arquitecturas financieras, o en los complejos pero permanentes debates públicos globales de los que se hacen eco poderosos medios de comunicación, ¿puede occidente mirar al mundo chino sin condescendencia ni prejuicios? 

El “chino-escepticismo”, definido como la resistencia a ver China como un co-arquitecto de confianza del nuevo orden global, impide el avance hacia una gobernanza mundial más equilibrada. Si uno espera seriamente ver más sinergias chino-occidentales, primero tiene que comprender el origen de la desconfianza que afecta tan profundamente a su mutua percepción.

A pesar de que la distancia geográfica ya no separa Occidente y China, una línea de falla mental les mantiene aparte. Menos evidente que la chino-fobia pero más persuasivo y sin relación con ideologías, lo que constituye, en gran medida, una desviación de realidades más profundas - el "síndrome de Fu Manchú" procede de las sospechas hacia la "China Roja" -  una escisión de originen que divide el Occidente y China como polos opuestos de un mapa cognitivo.

El mito de la alteridad absoluta, construido por viajeros en busca del exotismo y siglos de orientalismo, desaparecerán cuando -tomando prestado un pensamiento de Thomas Paine sobre los EE.UU. en su obra Sentido Común- la causa de China con sus 1.300 millones de seres humanos se entienda de forma espontánea como la causa de toda la humanidad.

Aunque la imprescindible sinergia chino-occidental presupone la plena conexión de Occidente con la dinámica del renacimiento chino, también requiere que Pekín continúe con su estrategia pos-maoísta de reforma y apertura. Los innegables logros económicos de China no deben reactivar lo que Matteo Ricci llamó "superbia sinica", soberbia china; ni generar un comportamiento chino-centrista, sino que deben contemplarse como condiciones para todavía más ajustes institucionales y compromiso con el mundo.

«Europeización» de la política de De Gaulle hacia China

A nivel operativo, si se necesita diplomacia, esfuerzos de relaciones públicas y diálogo para disipar malentendidos, no son suficientes para inducir a la confianza. Las relaciones chino-europeas son especialmente importantes, ya que podrían albergar nuevas realidades y formas de cooperación que allanen la gran muralla de desconfianza. 

Aceptar que la calidad de la conexión entre China y Europa puede afectar a las relaciones entre China y Occidente, y más allá, puede mejorar el clima de las relaciones internacionales. Es urgente que Bruselas y Pekín revitalicen su cooperación.

Lamentablemente, se podría argumentar que, desde la Séptima Cumbre UE-China en el comienzo de la primera Comisión Barroso, la relación se ha caracterizado por una falta de decisión que explica en parte la narrativa de una hipotética diarquía chino-estadounidense. Hasta cierto punto, el discurso sobre el G2 pretende llenar un vacío estratégico. Sin embargo, se puede cerrar el capítulo de las dubitativas relaciones chino-europeas si ambas partes se dan cuenta del valor inigualable de su relación y de su importancia mundial.

Bruselas está ahora mejor dotada para diseñar y aplicar un plan estratégico de acción exterior, y Catherine Ashton, su primera Alta Representante de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, con el apoyo de Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo, podrían marcar la diferencia, poniendo en la zona alta de su agenda las relaciones con Pekín con una perspectiva verdaderamente global.

Los políticos de Bruselas tienen que europeizar la política de Charles de Gaulle hacia Pekín. Una estrategia independiente y a largo plazo que considera a China como matriz viva de civilización, que anticipa que su republicanismo joven evolucionará hacia formas más perfeccionadas, y que cuenta con ello como generador de equilibrio geopolítico.

La Unión Europea debería conceder el estatus de economía de mercado a China – antes de que Pekín lo consiga automáticamente en el marco de la Organización Mundial del Comercio en 2016 a más tardar – y levantar el embargo de armas, que constituyen tanto una política obsoleta como un manifestación simbólica de desconfianza, y acelerar las negociaciones para un amplio acuerdo de asociación y cooperación.

Al mismo tiempo, la vinculación chino-europea tiene que ser revitalizada por un nuevo paquete de cooperación transformadora. Con el fin de apoyar el desarrollo del continente más pobre del mundo, Bruselas y Pekín deberían trabajar con la Unión Africana y sus 53 miembros en un "Plan Marshall" para África. Es más, acciones conjuntas chino-europeas en Asia central y meridional subrayarían la importancia de la dimensión euroasiática. El concepto de la Ruta de la Seda es uno de los mejores antídotos contra la gran muralla de desconfianza.

Proyectos innovadores de cooperación chino-europea en China (es el momento de invertir en proyectos relacionados con los medios de comunicación y de establecer una Universidad chino-europea), pero también dentro de la Unión Europea (cooperación en medicina, por ejemplo, o una gestión mejor de la barrios chinos) podrían contribuir a conducir las relaciones chino-europeas a otro nivel.

Compromiso con la nueva etapa de relaciones entre China y Europa

En el comunicado conjunto, una nueva etapa en las relaciones China – Unión Europea, que siguió a la XIII Cumbre UE-China (6 de octubre de 2.010), las dos partes "expresaron su compromiso para abrir una nueva etapa en las relaciones UE-China". Por otra parte, con el éxito de la visita del Presidente Hu Jintao a Francia (del 4 al 6 noviembre), París está de nuevo en condiciones de contribuir a una más sinergia entre China y Europa. La declaración chino-francesa realizada con motivo de la visita de Hu a París solicita el levantamiento del embargo de armas de la UE sobre China.

Durante la visita de Hu, el presidente francés Nicolas Sarkozy aludió al reconocimiento de De Gaulle de la China maoísta en 1.964 y presentó como una firme referencia la visión de futuro del general. El gaullismo, entendido como el esfuerzo para actuar de acuerdo con las realidades permanentes, sigue siendo relevante en medio de los cambios y a pesar de todo el ruido de los posicionamientos superficiales. Dos años después de las tensiones entre China y Francia en relación con el Dalai Lama, la desacertada decisión de la comisión del Premio Nobel de la Paz 2.010 de concedérselo a un disidente chino fue una prueba para la política de París en relación con Pekín. Francia mostró su determinación para desarrollar una estrategia a largo plazo de cooperación con China.

En la actualidad es muy común en todo el Pacífico burlarse de lo que se representa como un continente marginado, pero a pesar de sus imperfecciones la Unión Europea es un laboratorio gigante que ha probado con éxito nuevas formas de gobernanza no sólo capaces de conciliar a antiguos enemigos, sino aptas para integrar los antiguos Estados Nacionales sin el uso de la fuerza.

Para apreciar el espíritu de esta república europea en construcción, se tiene que volver a la originaria declaración de Schuman (9 de mayo de 1.950), en el primer momento de la integración europea: "Europa no se hará toda a la vez, o de acuerdo con un único plan. Se hará gracias a realizaciones concretas, creando primero una solidaridad de hecho”.

Aunque la idea de una construcción supranacional o una soberanía compartida entre Bruselas y Pekín no es realista, los líderes europeos y chinos pueden declarar una convocatoria a "realizaciones concretas creando solidaridades de hecho" o, en otras palabras, recalibrar la noción de la cooperación como instrumento para fomentar la confianza y unir a las personas.

La pos-Segunda guerra Mundial y las arquitecturas que sobrevivieron a la Guerra Fría y al colapso de la Unión Soviética, fueron una visión por primera vez en la Carta del Atlántico (1.941) por Roosevelt y Churchill, dos gigantes del mundo anglosajón, y diseñadas, en gran medida, por un pequeño grupo de estadounidenses apropiadamente llamados los "hombres sabios". La fertilización cruzada de sabidurías occidentales y no occidentales en un grupo amplio de "hombres sabios" podría transformar lo que ellos establecieron brillantemente y llevar la gobernanza mundial a un nivel superior.

Para los "hombres sabios" contemporáneos, las palabras pronunciadas hace exactamente 60 años por Robert Schuman, en la histórica declaración en el Quai d'Orsay son más pertinentes que nunca: "La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan. "

------------------------------------------------------------

David Gosset es director del Centro Euro-Chino para Relaciones Internacionales y de Negocios (ECCIR) de CEIBS, Shanghai&Beijing, fundador del Foro Euro-China.

Artículo publicado en inglés en China Daily

Traducción Luis & Galán con autorización

02 noviembre, 2010 | 15:06

David gosset El Premio Nobel de la Paz de 2.010 otorgado al activista chino encarcelado Liu Xiaobo, ciertamente se ha convertido en una  insigne causa internacional, pero también es una triste paradoja. Un premio sin ningún ganador real que genera desconfianza y perplejidad cuando el entendimiento y la claridad son muy necesarios.

AUTOR: DAVID GOSSET

Traducción: Luis S. Galán

En un asunto muy sensible – una persona ha sido privada de libertad, han hablado autoridades morales e intelectuales, los gobiernos están divididos -, han de reafirmarse dos axiomas. Dado el nivel de interdependencia que une a China con el mundo, ni el conflicto ni la separación son opciones aceptables entre ambos, nuestros discursos y acciones deben subordinarse al ideal de complementariedad, sinergia y armonía. Obviamente, muchos querrían ver una China radicalmente diferente antes de que se incorpore plenamente al sistema mundial en términos occidentales. Aquí interviene el segundo axioma: una China en modernización elegirá la cooperación en tanto que actriz de una gobernanza mundial actualizada.  Lo que sigue a continuación se deriva de estos dos postulados.

En un ingenioso artículo de opinión para The New York Times, Yoni Brenner jugó, hace un año, con la palabra noruega, “thorbjorn”, término que acuñó para referirse al presidente del comité del Premio Nobel de la Paz Thorbjorn Jagland. El comentarista pretendía sintetizar en este neologismo la combinación de extrañeza, incredulidad y vergüenza que sucedió a la decisión de  premiar al Presidente de los Estados Unidos Barack Obama tras 8 meses en la  Casa Blanca. Si se añade a la sensación de  “thorbjorn”  el sentimiento de lamentable inoportunidad, se retrata el estado de ánimo que domina en amplios segmentos  de la sociedad china tras el anuncio de 2.010.

Cuando, consciente de las ambigüedades que rodearon a su decisión, Thorbjorn Jagland subraya repetidamente el derecho de su comité a expresarse, las palabras esculpidas sobre el frontispicio de Uppsala, la prestigiosa Universidad sueca, vuelven a la mente: “Pensar libremente es una gran cosa, pensar correctamente es aún mejor”. El comité de 5 miembros de Jagland tenía innegablemente derecho a expresarse, pero simplemente tomó una decisión autodestructiva por, al menos, cinco razones.

Primero, la decisión implica una distorsión de la realidad china, una tergiversación irresponsable de la más importante historia de nuestro tiempo, el renacer chino. Dando el premio a Liu Xiaobo tal y como se hizo en el pasado con Von Ossietzky, Lutuli, Sakharov o Aung San Suu Kyi, el comité asocia de manera implícita la China post-maoísta con la época Nazi, el apartheid de Sudáfrica, el régimen soviético y el gobierno militar birmano. Tal falacia desacredita a la venerable institución noruega.

Imaginando una sociedad china paralizada, la lógica del comité contiene dos argumentos inválidos. De una disputa percibida como injusta pero particular, infiere la generalización de un régimen arbitrario, y, presuponiendo sin matices que la única alternativa a la democracia liberal occidental - ¡que nunca puede generar injusticias!- debe ser un régimen totalitario, está categorizando y juzgando al mismo tiempo al país más poblado del mundo. El comité se ha convencido a sí mismo de que Liu es, en una representación estática y maniquea, el símbolo de la oposición radical del bien con el mal, mientras que, en realidad, su situación personal sólo ilustra las contradicciones y vicisitudes de la modernización china.

El ex-presidente checo Vaclav Havel y el arzobispo Desmond Tutu, dos autoridades morales en sus respectivos países, explican que “este no tiene por qué ser un momento de insulto a China” (Washington Post, 22 de octubre), pero ¡cómo caracterizar tal magnificación de un caso particular combinada con semejante desprecio por lo que ha logrado el pueblo chino durante las últimas tres décadas!

Segundo, el comité pasa por alto las limitaciones del desarrollo económico cuando asume que un país en desarrollo con 1400 millones de habitantes y un PIB per cápita de 3.700 dólares americanos puede adoptar en bloque estándares socio-políticos del mundo desarrollado sin obstaculizar su progreso material. “Buscando la verdad en los hechos”, lo que uno ve es una mezcla de apertura, reformas y control estatal que está liberando a China de la tiranía sin rostro de la pobreza. Libertad que da fundamento a la de expresión, y no al contrario.

La riquísima Noruega (segundo PIB per cápita del mundo), con una población inferior a 5 millones de personas, que cuenta con importantes recursos naturales en un entorno geopolítico relativamente cómodo, no puede ser más distinta de la gigantesca sociedad en desarrollo china, pero el comité debería haber sido capaz de sentir empatía con las complejidades y condiciones únicas de China. Además, la historia occidental demuestra que, si los ideales políticos son fáciles de formular, su implementación requiere tiempo.

Tercero, la elección hecha bajo la presidencia del anterior Primer Ministro noruego y actual Secretario General del Consejo de Europa puede interpretarse como “politizada” y contra la República Popular China. Hasta cierto punto, lamentablemente, reaviva  un enfrentamiento ideológico innecesario. Liu Xiaobo promovió la Carta 08, y los que han leído el manifiesto político, entre los cuales suponemos figuran  los cinco miembros del comité, son conscientes de que llama a la desintegración revolucionaria de la República Popular China. Si bien la Carta 08 se inspira formalmente en la Carta 77 sus contenidos no son comparables porque el texto firmado por Vaclav Havel en 1.977 no defendía una revolución sino la mera aplicación de derechos legales.

El 18º objetivo de la Carta 08 –la noción de una federación de comunidades chinas democráticas constituida por Taiwan, Tibet, Xinjiang – generaría caos si no una larga guerra civil. Thorbjorn Jagland insiste: “queremos ver progreso continuo (en China), y esa es la razón por la que hemos dado el Premio de la Paz al Sr. Liu.” (The New York Times, 22 de octubre). El Sr. Jagland debería saber que una reorganización de las fronteras del territorio de China de tal magnitud retrotraería al país a la inestabilidad y  a las luchas internas en una trágica regresión.

Cuarto, y consecuencia lógica del anterior, el comité optó por una elección que causa enfrentamientos. Al contrario de la voluntad de Alfred Nobel, que apunta al reconocimiento de la persona “que debería haber hecho la mayor o mejor obra de fraternidad entre naciones”, el anuncio de 2.010 acarrea discordia, incomprensión y confusión entre China y Occidente cuando se deben crear condiciones para la armonía y la sinergia.

El comité cree que la estricta referencia a principios abstractos consagrados por acuerdos internacionales lleva a la convergencia pero su elección no integra el equilibrio sutil entre la existencia de valores universales y la no menos real diferencia en niveles de desarrollo. En cierto sentido, el puro idealismo excluye a la historia cuando es la combinación de ambas, una filosofía política genuina, la que tiene significado y relevancia.

Por último, dados los últimos dos siglos de China y su recuerdo del imperialismo occidental, la decisión es, hasta cierto punto, contraproducente. Las fuerzas más conservadoras de Pekín opuestas a la profundización en reformas sacan partido siempre  de cruzadas contra lo que se percibe como una interferencia pública y directa en asuntos internos de China.

Desaprobar la decisión del comité no es exhortar  a la inmovilidad a Pekín, sino que se basa en el convencimiento de que han de diseñarse de forma responsable ajustes graduales en relación con China, y, dada la situación objetiva de la RPC, con el propio Partido Comunista.

Como prueba fehaciente, la transformación política ya está en marcha y ocupa una posición cada vez más central en los debates internos del Partido. En agosto, durante una visita a Shenzhen para celebrar el 30º aniversario de la Zona Económica Especial, el Primer Ministro de China, Wen Jiabao explicaba: “Sin la protección de la reforma política, se perderían los frutos de la reforma económica y no se materializaría el objetivo de modernización”. Luego, en una insólita entrevista con CNN, insistió: “La libertad de expresión es indispensable para cualquier país”, añadiendo que “los deseos de democracia y libertad del pueblo son irresistibles”. Ya en 2.008 en el mismo programa con Fareed Zakaria, Wen Jiabao anunció: “Creo que mientras avancemos con las reformas económicas, necesitaremos avanzar con las reformas políticas, en la medida que nuestro desarrollo es de naturaleza integral, nuestra reforma también debe serlo”.

El ideal de Jefferson, expresado elocuentemente en su discurso inaugural, puede servir como fuente universal de inspiración: “Si hay alguien entre nosotros que quiere disolver esta Unión o cambiar su forma republicana, dejémosle reposar como un monumento a la seguridad de que el error de opinión puede ser tolerado allí donde esté la razón para combatirlo”. Sin embargo, el tercer presidente de los Estados Unidos de América fue también el autor principal de la Declaración de Independencia y el pueblo chino, y sólo él, definirá los términos exactos y el ritmo de la democratización de Pekín. En el siglo 21, la influencia de occidente no puede imponerse con lecciones espectaculares de gobierno sino que sólo puede ser proporcional a su capacidad para perfeccionarse a sí mismo.

Liu Xiaobo, protagonista de esta insigne causa global, ciertamente ha ganado fama pero, dada la controversia que rodea a la decisión del comité, está lejos de aparecer como ganador indiscutible. Reflexionando sobre un caso moral y legal particular, se puede defender la liberación de Liu Xiaobo y, al mismo tiempo, teniendo en cuenta la dinámica de un panorama más completo, desaprobar la decisión del comité.

El drama que se está desarrollando también está afectando al modo en que se percibe a Pekín por parte de la opinión pública mundial. El Premio Nobel de la Paz de 2.010 no sólo ha neutralizado los esfuerzos de China para mejorar su imagen sino que,  una vez más, demuestra su relativa debilidad externa en capacidad de comunicación. ¿Era apropiado amenazar al comité antes de sus deliberaciones finales? ¿Era necesario calificar de “obsceno” el resultado, usar el término “blasfemia”? ¿Por qué pedir una disculpa – y arriesgarse a una escalada- cuando es evidente que el comité no puede disculparse y no se disculpará? La falta de sensibilidad en la  comunicación también contribuye al déficit de imagen de China.

Como demostración de la escasa influencia (soft power) de China, baste señalar que hasta ahora no se ha escrito un solo artículo de opinión por parte de los líderes de opinión política en los medios occidentales más importantes para explicar la percepción y posición china.

El Premio Nobel de la Paz sigue siendo una institución respetable y se puede esperar que en un futuro próximo presente al mundo una imagen más precisa del renacimiento de China como motor del crecimiento económico global, como un polo de estabilidad y fuente de sabiduría.

El comité podría reconocer, por ejemplo, esfuerzos de individuos chinos que trabajan pacientemente por la mejora del sistema legal, por la protección del medio ambiente, por unos medios de comunicación más abiertos y sofisticados sin adoptar enfoques radicales de la disidencia.

La ceremonia en Oslo el 10 de diciembre que pudiera ser útil y significativa, una celebración inclusiva de las mejores esperanzas mundiales, será  un ritual solmene de acusación que elevará la mutua desconfianza y la falta de entendimiento entre Occidente y China a nivel de tragedia. Sin embargo, a pesar de la torpe decisión del comité, en medio de una serie de monólogos egoístas, el diálogo debe continuar.

---------------

David Gosset es director del Centro Euro-Chino para Relaciones Internacionales y de Negocios (ECCIR) de CEIBS, Shanghai&Beijing, fundador del Foro Euro-China. Condecorado con la Gran Cruz de la Orden del Mérito civil por Juan Carlos I.

Traducción de Luis S. Galán Lozano bajo la autorización de su autor.

Revisado por Alfredo Pastor, profesor de economía de IESE.

Texto en inglés

 

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

© PRISA DIGITAL S.L. - Gran Vía, 32 - Madrid [España] - Tel. 91 353 79 00