Sobre el autor

CEO de 2 Open, empresa que se dedica al comercio electrónico en China. Licenciado en Ciencias Políticas (S. de Compostela), Máster en Dirección de Sistemas de Información (Instituto de Empresa) y MBA (China Europe International Business School - CEIBS). Ha trabajado en desarrollo de negocio digital en Inglaterra, Francia, Alemania, España y China.
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04 junio, 2013 | 11:17

EE.UU. y China aún están en condiciones de controlar su destino nacional. Los mercados financieros transnacionales, las fluctuaciones de los precios del petróleo, el gas o los alimentos, las limitaciones de orden geopolítico multipolar repercuten en sus economías pero no pilotan sus políticas. En mundo globalizado, ellos accionan mientras que los demás reaccionan.

Es evidente la vital importancia de sus relaciones bilaterales, mientras que los predecesores de Xi Jinping, Jiang Zemin y Hu Jintao, hicieron su primer viaje a los EE.UU. varios años después de convertirse en los líderes de China, Barack Obama dará la bienvenida a su nuevo homólogo chino sólo tres meses después del cambio de poder en Pekín.

Los dos estadistas se encuentran en un momento histórico, ya sea por una rivalidad creciente alimentada por sentimientos populistas o por la búsqueda de un nuevo paradigma que diera cabida a la redistribución del poder mundial, o bien sea por miedo y la perspectiva de un conflicto o por un esfuerzo constructivo de protección contra la locuras de la guerra.

Los dos hombres más poderosos del planeta no se reunirán en una capital política sino en Sunnylands, la finca Annenberg en el desierto de California, no quedan para preparar negociaciones sino para un retiro de dos días que contribuya positivamente a un profundo intercambio de ideas y química interpersonal, el componente intangible, pero esencial, de la política mundial.

Corea del Norte, las relaciones entre China y sus vecinos del Este y el Sur del Mar de China, la ciberseguridad, Irán, Siria y Oriente Medio, Asia Central, los efectos de la crisis económica de 2008, el cambio climático, son cuestiones que ocuparán la atención de los hombres de Estado, pero, a largo plazo, lo que realmente importa es afrontar la brecha de percepción que caracteriza su relación y definir una magna visión común para el futuro.

El lado americano necesita demostrar que el giro a Asia de  los EE.UU. no es sinonímico con la contención de China.  Reafirmando que EE.UU. celebra el renacimiento de China y está dispuesto a profundizar la cooperación con Pekín  sin prejuicios ideológicos, Barack Obama disiparía los recelos chinos y contribuiría a establecer un clima de confianza.

La Asociación Trans-Pacífico (TPP), que no incluye a la República Popular China, se suma a la confusión creada por el giro estadounidense en Asia. Igual que el estudio Estados Unidos-China 2022: Relaciones Económicas en los Próximos 10 Años demuestra que el potencial de las relaciones comerciales chino-estadounidenses es enorme, indicios de que un Tratado de Libre Comercio entre las dos economías más grandes del mundo pudiera convertirse en una realidad pondrían la relación en un curso constructivo 

La mutua tranquilidad requiere que Xi Jinping presente la visión de que la reemergencia de China no conlleva el declive de Occidente.  Aunque el retorno de China a la centralidad requiere sin duda una nueva articulación entre los dos países del Pacífico, eso no contradice necesariamente los intereses estadounidenses a largo plazo, los EE.UU. pueden mantener buenas relaciones con Taiwán, Japón, Corea del Sur, Vietnam o Filipinas, pero es con el País del Medio con el que puede trabajar Washington por la seguridad y el desarrollo del mundo.

Entre una bipolaridad antagónica y una inverosímil integración política en todo el Pacífico, China y los EE.UU. pueden imaginar un camino intermedio, una combinación de competencia y cooperación que pudiera dar lugar a lo que Henry Kissinger llama al final de su libro sobre
China
, una comunidad del Pacífico.

A pesar de la aparente división chino-estadounidense en muchos asuntos, Xi y Obama están unidos por dos realidades fundamentales. En primer lugar, la modernidad occidental es totalmente compatible con el renacimiento de China, el laicismo, la igualdad entre hombres y mujeres, la creencia en el progreso social y económico son el núcleo fundamental de las sociedades china y occidental.

En segundo lugar, mientras que los EE.UU. y China siguen siendo, hasta cierto punto, los dos últimos estados realmente soberanos en medio de poderosas fuerzas globalizadoras, la magnitud de los desafíos a la seguridad y el desarrollo del siglo XXI superan su capacidad para enfrentarse a ellos en solitario, ni una Pax Americana ni una Pax China pueden garantizar que el sistema multipolar de hoy no degenere mañana en un desorden global.

En el retiro en Sunnylands, el Sueño de China y el Sueño Americano pueden entrecruzar fertilidad, lejos de ser excluyentes pueden ser los catalizadores de un Sueño Mundial, de una inspiradora visión del equilibrio entre Oriente y Occidente, de la unidad y la diversidad, del progreso y la sostenibilidad. 

Al final de su encuentro californiano Xi Jinping y Barack Obama no tienen que llegar a ningún acuerdo específico, pero, conscientes de un sentido de responsabilidad global compartida,  pueden proclamar al mundo: "Nosotros tenemos un sueño."

David Gosset es director de la Academia Sinica Europaea en la China Europe International Business School (CEIBS) de Shanghai, Beijing y Accra, y fundadordel Foro Euro-China.

 

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

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