Sobre el autor

CEO de 2 Open, empresa que se dedica al comercio electrónico en China. Licenciado en Ciencias Políticas (S. de Compostela), Máster en Dirección de Sistemas de Información (Instituto de Empresa) y MBA (China Europe International Business School - CEIBS). Ha trabajado en desarrollo de negocio digital en Inglaterra, Francia, Alemania, España y China.
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20 marzo, 2013 | 13:25

(por David Gosset)

La sincronía entre el voto a favor de Jorge Mario Bergoglio como el 266º Papa de la Iglesia Católica Romana y la elección de Xi Jinping como nuevo presidente chino, invita a reflexionar sobre las singulares interacciones entre China y el Vaticano. 

El país más poblado del mundo, la República Popular de China (PRC), y la Ciudad Estado del Vaticano, el miembro más pequeño de la ONU, no tienen relaciones diplomáticas, lo que resulta una anomalía y menoscabo para ambas partes. La Santa Sede es una de las 23 entidades soberanas que reconocen a la República de China, y no a la República Popular China (PRC). 

Tanto la Iglesia Católica, con 1,2 millones de seguidores, como China, con 1.300 millones de habitantes, se beneficiarían de la normalización de sus relaciones. Y tal acercamiento sería símbolo de una comunidad internacional más cohesionada. 

Sin embargo, será difícil romper el status quo actual. Los dos nuevos líderes tienen enormes problemas internos que resolver, además del encontronazo en curso sobre el nombramiento de los obispos católicos de China continental. 

Aun siendo determinantes los evidentes factores de la inercia, hay también nuevos factores que podrían influir en las relaciones entre China y el Vaticano. 

Los orígenes latinoamericanos del Santo Padre le hacen singular entre los sucesores de San Pedro. En un mundo caracterizado por la multipolaridad y la creciente importancia de las relaciones Sur-Sur, sus antecedentes argentinos le son propicios para un enfoque más perspicaz hacia el mayor país en desarrollo del mundo. Es China, después de Brasil, el segundo socio comercial de Argentina.

Podría decirse que es más significativo, como el primer miembro de la Compañía de Jesús que guía a la Iglesia Católica, Francisco está familiarizado con el tradicional papel de los jesuitas como puente entre China y Europa. 

Los intercambios de los jesuitas con la clase culta confuciana fue muy productiva durante 150 años, aunque, a raíz de la disputa entre los católicos sobre la aceptabilidad de los ritos chinos, la China imperial y la Iglesia entraron en una larga fase de desconfianza. 

Después de la elección del cónclave, el gobierno chino felicitó al nuevo Papa y pidió al Vaticano que fuera "práctico y flexible", que son dos reconocidas cualidades de los jesuitas.  

También evoluciona la forma en que Beijing contempla la religión.

Yu Zhengsheng, miembro del Comité Permanente del Buró Político del Comité Central del PCCh y presidente del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Popular de Política de China, habló a finales de enero sobre los círculos religiosos y creyentes como "fuerza positiva" en la China de hoy.

El éxito, la confianza y la apertura del país están creciendo y, para 2020, a medida que China se convierta en la principal economía del mundo, su nivel de integración con el mundo, sin precedentes, tendrá un impacto positivo de sus relaciones con el Vaticano. 

A corto plazo, la presencia del máximo líder de Taiwán, Ma Ying-jeou, en la misa inaugural del pontífice complica la ecuación entre Pekín y la Curia romana. Pero Xi y Francisco sabrán cómo enfocar con paciencia la dinámica a largo plazo. 

Se trata de una serie de gestos, símbolos y "pequeños pasos" que crearán un clima favorable conducente a la normalización. 

La acción de canonización del jesuita Matteo Ricci, famoso sinólogo,  y su amigo chino Xu Guangqi sería a la vez inspiradora y útil. La amistad entre estos dos académicos extraordinarios sigue siendo el ejemplo perfecto de lo que puede lograrse cuando lo mejor de la tradición occidental cruza su fertilidad con la sabiduría china.   

Los jesuitas y sus interlocutores chinos mostraron el singular valor de los intercambios intelectuales y espirituales, con su mutua comprensión enriquecieron y humanizaron el mundo, reabriendo los contactos entre la Iglesia católica y China. 

Francisco y Xi podrían no sólo revivir uno de los momentos más significativos del diálogo entre civilizaciones sino que, además, podrían contribuir a la solidaridad y la unidad de la humanidad. 

El autor es director de la Academia Europaea Sínica en la China Europe International Business School, Shanghai, Beijing y Accra, y fundador del Foro Euro-China.

 

17 marzo, 2013 | 14:24

En referencia a las relaciones entre China y Occidente, se cita con frecuencia la perspicacia del historiador griego Tucídides sobre el conflicto del Peloponeso: "el ascenso de Atenas y la alarma que inspiró en Lacedemón hizo inevitable la guerra".

En el contexto de la política global del siglo XXI – conforme se reafirma el renacimiento chino como el principal factor del cambio mundial – la aprensión que esto genera alrededor de China y, más allá, en Occidente, tiene que ser derrotada antes de que induzca a las locuras de la confrontación.

Con motivo de la primera visita al exterior de Xi Jinping, como el Presidente de la República Popular de China, un viaje organizado en torno a una reunión en Moscú con el presidente ruso, Vladimir Putin, y la 5ª Cumbre de los BRICS en Sudáfrica, mientras que los observadores insistirán sin duda en el ascenso colectivo del mundo no occidental, el nuevo líder chino también podría utilizar este momento de expectación internacional para enviar mensajes a largo plazo sobre cooperación e inclusividad válidos para hacer frente a la creciente ansiedad occidental. Cualquiera que sea el itinerario, el viaje inaugural de Xi al extranjero, al contrario de ser causante de disensión, debiera representar el más fuerte respaldo posible para una comunidad internacional más cohesiva.

Hace diez años, Rusia fue también el primer destino extranjero del presidente chino Hu Jintao, pero en el plazo de una década la distribución mundial de la energía se ha modificado profundamente, y Xi Jinping gobierna un renovado "País del Medio" en un sistema multipolar en el que las interacciones Sur-Sur tienen tanta importancia como las relaciones Norte-Norte.

Al comienzo de la era de Hu, la economía combinada de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) era de 2,4 billones de dólares o el 20 por ciento de la economía estadounidense, hoy día  Xi Jinping opera en un mundo donde la economía de los BRICS -- 14,7 billones de dólares -- es casi igual al PIB de los EE.UU.

La dinámica del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas también está afectada por la evolución del peso relativo de sus cinco miembros permanentes. Hace diez años, la suma de las economías estadounidense, francesa y británica era más de 10 mayor que la del bloque económico chino-ruso, en la actualidad es sólo dos veces mayor, y los estrategas chinos y rusos son muy conscientes de que en 2020 los dos grupos tendrán un valor económico equivalente.

En la introducción del libro  Auge y Caída de las Grandes Potencias, el académico británico Paul Kennedy resucita a autor austriaco del siglo XVII, Philipp von Hörnigk: "el hecho de que una nación sea hoy poderosa y rica o no lo sea, no depende de la abundancia o seguridad de su poder y sus riquezas, sino sobre todo de si sus vecinos poseen más o menos que ella".

Si es obvio que el poder integral de Occidente ha disminuido en comparación con la rápida subida de otros, según muchos indicadores, sigue siendo constante o incluso acrecentado en términos absolutos.

Sin embargo, a pesar de las fortalezas y capacidades de Occidente, su disminución comparativa de poder genera una percepción de decadencia y un miedo irracional de China evocador del sombrío patrón descrito por Tucídides.

El tranquilizador principio chino del "ascenso pacífico" indica que Beijing no ignora los riesgos inducidos por tal percepción occidental, pero ese miedo sólo puede ser contenido mediante una persistente política exterior de integración y, más allá, entrando en una sustancial cooperación con Occidente.

En un siglo marcado por la creciente complejidad e interdependencia, el mejoramiento de los unos no iguala la regresión de los demás, y, lejos de ser un juego de suma cero, la convergencia económica y la coordinación global pueden traer más seguridad y prosperidad para todos. 

En su informe al 18º Congreso del Partido Comunista Chino, Hu Jintao declaró: "Debemos desarrollar la conciencia sobre los humanos compartiendo un destino común".

Xi Jinping tendrá que mostrar al mundo la magnitud de las benevolentes intenciones de China, el significado concreto de la universalidad de su país y, desde Moscú o Durban, tratar el sentimiento de temor de Occidente.

David Gosset es director de la Academia Europaea Sínica Europea en la China Europe International Business School (CEIBS) de Shanghai, Beijing y Accra, y fundador del Foro Euro-China.

 

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

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