Sobre el autor

CEO de 2 Open, empresa que se dedica al comercio electrónico en China. Licenciado en Ciencias Políticas (S. de Compostela), Máster en Dirección de Sistemas de Información (Instituto de Empresa) y MBA (China Europe International Business School - CEIBS). Ha trabajado en desarrollo de negocio digital en Inglaterra, Francia, Alemania, España y China.
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01 febrero, 2012 | 06:53

En su último artículo, que se publica a continuación, David Gosset reflexiona sobre la conveniencia de establecer un diálogo a tres bandas para concretar la multipolaridad que aún se está configurando.

¿Cómo crear las condiciones de un orden mundial más justo y equilibrado a partir de las grandes dinámicas que se dan en Estados Unidos, China y Europa? Se pregunta…

Sólo una estrecha relación entre Estados Unidos y Europa podría llevar a una influencia equilibrada entre las partes. En las relaciones a tres, la más problemática es la que se da entre Pekín y Washington. Un “G2” resulta inviable, pero sí es posible encontrar una sana “coopetición” entre las partes con un diálogo a tres bandas nos llevaría a  una “multipolaridad concreta” en la que Europa seguiría siendo uno de los motores de la  historia. 

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La elección presidencial que se avecina (N. del T.: en Francia) es una oportunidad para debatir la política exterior de la nación, el papel de Francia en Europa y su lugar en el mundo. Si la protección de los intereses inmediatos del país pasa por la consolidación de la construcción europea, a largo plazo, la paz y la prosperidad quedarán vinculadas a una mayor coordinación entre las políticas de la Unión Europea, Estados Unidos y China. En este contexto, la diplomacia francesa debe trabajar, tanto como sea posible, para dar un nuevo empuje a la alianza transatlántica y también contribuir a dar un nuevo sentido a las relaciones euro-chinas.

Tres dinámicas principales se desprenden de la complejidad de la vida internacional: los Estados Unidos, instalados en una posición de dominio, lo que ellos llaman su liderazgo, están ocupados en mantener el status quo, China está en movimiento para recuperar la centralidad que perdió en el siglo siguiente a la revolución industrial y Europa, en plena metamorfosis, trabaja para dotarse de los instrumentos de poder que le permitan seguir estando en la vanguardia de la historia. 

Nacidos con la modernidad económica y política, los Estados Unidos de América han logrado en poco más de dos siglos imponerse como la única superpotencia. Mientras que los imperios Romano, Tang, Mongol u Otomano sólo brillaron a una escala macro-regional, Washington extiende su influencia sobre todo el planeta y la diferencia de poder entre los Estados Unidos y los otros protagonistas, aunque no deja de disminuir desde 1945, no tiene equivalente en el pasado.

La excepcionalidad americana  - excepcionalidad política – se alimenta tanto de la explosión deslumbrante del gran teatro del mundo, como de la extensión de una potencia que en el momento del "siglo americano" parecía no conocer fronteras. 

Basándose en una capacidad única para la innovación tecnológica, el atractivo de sus universidades y su cultura, la ubicuidad del lenguaje que ya había sido ampliamente difundido por el Imperio Británico, en la vitalidad de sus empresas, y también en una fuerza militar sin igual, los Estados Unidos, cuya población superará los 400 millones de habitantes en 2050, tiene todos los puntos fuertes para seguir siendo un polo de gran potencia.

Mientras que los estrategas de Washington tratan de perpetuar la Pax Americana, 1/5 de la población mundial perteneciente a una civilización única y fuerte está trabajando para darse un lugar de primer rango del sistema- mundo. Para esto, China, debido a sus profundidades geográficas, demográficas, históricas, y culturales, representa un enorme desafío. En el pasado, el surgimiento de Rusia, Alemania o Japón, comparativamente de menor magnitud, fueron el origen de conflictos armados.

El renacimiento chino, que quiere ser pacífico, no es sólo la aparición en el juego internacional de un actor entre muchos, sino la reafirmación de una civilización que se ha formado fuera de Occidente y cuyas referencias y códigos constituyeron durante milenios un mundo. La entrada de China en un sistema del que no es originaria lo modifica tanto que lo transforma y, en cierto sentido, cinco siglos de dominación occidental sobre lo "universal" - la noción china de universal se expresa como "tianxia", "el Todo bajo el Cielo" – se terminan.

La excepcionalidad china – excepcionalidad cultural - se define por un sentimiento de pertenencia a una historia cuya continuidad inmemorial es tal que parece que nunca podrá romperse, a una cultura cuyos arraigos son tan estables que no puede devenir en otra. La excepcionalidad china es el mito de la China eterna.

Sobre el pequeño cabo occidental de Eurasia, la Unión Europea lucha contra los nacionalismos que nunca han dejado de atormentarla, se enfrenta a la grave crisis del Euro e intenta hacer oír su voz políglota y llena de matices en el mundo de Twitter y YouTube. Si bien no es justo subestimar los progresos realizados desde la Europa de Jean Monnet hasta la formación de una Unión Europea de 27 miembros, tampoco es necesario ignorar los obstáculos para la construcción de una Europa poderosa en la que más de 500 millones de ciudadanos exigirían de sus responsables políticos que supediten los intereses nacionales al europeo.

Ciertamente, el resurgimiento del mundo turco que, inspirado en el kemalismo, reconcilia modernidad e islam, la afirmación de la esfera chií, el desarrollo de las metástasis resultantes de la implosión del bloque soviético, los pesos de Brasil, India, Japón, Indonesia o Sudáfrica, son factores significativos en las relaciones internacionales, pero no es probable que determinen el curso de la historia como las ambiciones americanas y chinas o la metamorfosis europea.

Ahora bien, ¿cómo crear las condiciones de un orden mundial más justo y equilibrado a partir de estas tres tendencias de fondo? Para avanzar en la vía que lleva de la Pax Americana a la, más armoniosa, multipolaridad se imponen nuevas relaciones entre la Unión Europea, Estados Unidos y China.

Si se considera la Unión Europea como un inmenso laboratorio que supera los Estados nacionales, que también se creyeron durante siglos excepcionales e insuperables, los Estados Unidos como una fuente de vitalidad empresarial generadora de riqueza e innovación, y China como una referencia para los países en vías de desarrollo, se puede dar un nuevo sentido a las interacciones entre Bruselas, Washington y Pekín, cuyas economías combinadas constituyen cerca del 60% de la riqueza planetaria.

La comunidad atlántica, que reúne las fuerzas de Occidente, es uno de los pilares de las relaciones internacionales. Sin embargo, la aventura iraquí del 43º Presidente de los Estados Unidos ha hecho surgir graves divergencias entre Washington y Bruselas, y, Barack Obama, que se complace en recordar sus afinidades con la Región del Pacífico, con demasiada frecuencia ha ignorado la vieja Europa para la que personificaba, al principio de su mandato, una inmensa esperanza. Sin embargo, el peso creciente de Asia-Pacífico no debería conducir al debilitamiento del vínculo transatlántico, sino, al contrario, por el bien del equilibrio, a su refuerzo.

A largo plazo, solamente un cierto grado de cohesión euro-americana podrá garantizar una transformación mutua entre China y el mundo occidental con efectos relativamente iguales. Occidente no debe sobreestimar su capacidad de influencia sobre la realidad china, y mucho menos ignorar la capacidad de China para crear dinámicas que la refuerzan. 

Aunque la Unión Europea y China no pertenecen a un mismo contexto histórico-filosófico, la URSS ha oscurecido, separando Europa y Asia, las numerosas continuidades que Eurasia alimenta. Ya Leibniz, veía las ventajas de una Eurasia cooperativa, recuperando el gran eje histórico de la Ruta de la Seda. Al profundizar en sus relaciones, Bruselas y Pekín no deben fingir ignorar que Rusia, el mundo turco, Asia Central, como también Oriente Medio, los conectan. Además, es considerando la relación transeurasiática sobre un eje continuo y estructurador, y no como una forma de contrarrestar la influencia estadounidense, como mejor podrán, Bruselas y Pekín, desviar a los Estados Unidos de la idea de dividir el gran tablero eurasiático en fuerzas que se cancelan y estimularles a participar en el proyecto de una Eurasia cooperativa.

Es evidente que en las interacciones tricontinentales entre la Unión Europea, los Estados Unidos y China, la relación entre Washington y Pekín es, por el momento, la más problemática. Diferentes por la cultura, separados por el más extenso de los océanos, con gran antagonismo ideológico y en su método de gobernanza, la hiperpotencia y el gigante chino parecen estar destinados a oponerse. El tema de la “amenaza china” no deja de agitar las conversaciones de la capital americana mientras que Pekín truena contra “la hegemonía americana” que cree ver en acción en sus fronteras.

Cuando el "regreso a Asia" de los Estados Unidos se traduce en la apertura de una nueva base militar americana en Darwin, en el norte de Australia, Pekín bien puede considerarse como objeto de una injustificada estrategia de contención. Sin embargo, sólo una asociación entre China y los Estados Unidos abriría en el Extremo Oriente un largo periodo de paz y prosperidad, surgido de las incertidumbres que pesan sobre la península coreana y el estrecho de Taiwán.

Entre un G2 imposible e incompatible con la realidad multipolar, y una oposición estratégica entre dos excepcionalidades, la interdependencia financiera y económica entre Washington y Pekín demuestra que les es posible crecer juntos en un medio ambiente que combina competencia y cooperación.

Para entender mejor los contornos de una triangulación constructiva entre la Unión Europea, los Estados Unidos y China, no es inútil compararla, por una parte, a la triangulación kissingeriana, y, por otra parte, a lo que el estratega nipón del mundo de la empresa, Kenichi Ohmae, llamó la “Tríada”. Era el antagonismo lo que caracterizaba las relaciones entre Washington, Moscú y Pekín; la triangulación kissingeriana que Mao sin duda interpretó como una nueva versión de los “tres reinos” sólo era táctica. El club trilateral que reunía Tokio, Washington y Bruselas, se situó bajo el signo de la exclusividad económica.

Con el triángulo Pekín/Washington/Bruselas, nos encontramos ante una configuración potencialmente más cooperativa - la Unión Europea produce normas, pero no trata de imponerlas por la fuerza - e incluyente - China es y seguirá siendo durante mucho tiempo, un conjunto que muestra a los países menos desarrollados un camino a la modernización económica y social. 

Con el fin de dar vida a este nuevo triángulo y hacer buen uso de todos los recursos, deben celebrarse consultas y cooperaciones triangulares a diferentes niveles, y las más altas autoridades de los tres polos deberían reunirse en cumbres regulares.

Por una parte, Barack Obama amplió el diálogo estratégico con China creando el “Diálogo Estratégico y Económico Chino-Americano”, y por otra, desde 2010 la Unión Europea y China lanzaron un “Diálogo Estratégico de Alto Nivel”. Por otro lado, el grupo de los BRICS estableció desde 2009 un foro al más alto nivel.

Ahora es el momento de iniciar un trílogo [diálogo a tres bandas] estratégico entre las tres mayores economías del mundo, un mecanismo que tendría la ventaja de estar en la intersección de las grandes dinámicas geopolíticas en los años venideros. Seguridad alimentaria, energías del futuro, estabilidad financiera, articulación del Dólar, el Euro y el Reminbi, relaciones entre la OTAN y Pekín, no proliferación nuclear, apoyo coordinado al continente africano, son algunas de los temas que el trílogo debería tratar prioritariamente.

Es evidente que este trílogo no tiene que sustituir ni al G-20 ni al sistema indispensable de Naciones Unidas - incluso aunque, en algún sentido, el trío se asemeja a un Consejo de Seguridad cuya composición habría tenido en cuenta la metamorfosis de Europa, el renacimiento de China y la realidad post-soviética - pero puede facilitar su funcionamiento e inspirarle nuevas acciones.

El antiguo cabo occidental de Eurasia, conectado por una parte con el mundo al otro lado del Atlántico por una base cultural, y que, por otra parte, se amplió pacíficamente a las llanuras de Europa Central y Oriental, debe desempeñar un papel de explorador en este esfuerzo hacia una multipolaridad concreta. Francia debe contribuir junto con los restantes 26 miembros de la Unión. Si la fuerza de iniciativa europea exige, ciertamente, una mayor unidad política de la Unión, un gran propósito equilibrado de política mundial puede ayudar a los europeos a unirse para servir una verdadera visión estratégica y, haciéndolo, a permanecer como uno de los motores de la historia.


David Gosset es director del Centro Euro-China de Relaciones Internacionales y Negocios CEIBS, Shanghai y Pekín, y fundador del Foro Euro-China.

(Copyright 2012 David Gosset.)

 

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

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