Sobre el autor

CEO de 2 Open, empresa que se dedica al comercio electrónico en China. Licenciado en Ciencias Políticas (S. de Compostela), Máster en Dirección de Sistemas de Información (Instituto de Empresa) y MBA (China Europe International Business School - CEIBS). Ha trabajado en desarrollo de negocio digital en Inglaterra, Francia, Alemania, España y China.
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08 diciembre, 2010 | 16:28

ChinaeuropeLas interacciones entre Pekín y Bruselas son causa y efecto de un contexto internacional en evolución, y, en ese sentido, cualquier análisis de las relaciones chino-europeas debe considerar factores no chino-europeos. Pero una estrategia de renovación de la cooperación chino-europea no puede separarse de una visión más amplia de la aldea global.

Aunque los retos de la sociedad industrial y posindustrial requieren una nueva gobernanza global, el realineamiento del poder político global complica y hasta cierto punto paraliza la necesaria toma colectiva de decisiones para su diseño. En resumen, los problemas se acumulan a un ritmo que excede peligrosamente la capacidad de movilización de la comunidad internacional.

Los cambios en el continente asiático, en Sudamérica, en el mundo musulmán desde la secular Turquía hasta la pancasila Indonesia, o en el espacio pos-soviético, son ciertamente significativos, pero la mayor redistribución de influencia se está dando entre Occidente y el mundo chino. El resurgimiento de China corrige el desequilibrado desarrollo que se desencadenó con la revolución industrial en Europa durante el siglo XVIII. La reintroducción de una quinta parte de la humanidad en el centro de la historia marca también el comienzo de un periodo donde tienen que coexistir diferentes tipos de modernidad.

Aunque la expansión de la Pax Americana se ha convertido en una fantasía geopolítica, como muestran el trágico fracaso de Irak o el lodazal afgano, Estados Unidos, aún en una posición relativamente dominante apoyada en un incomparable poder duro, actuará para mantener un status quo favorable.

A pesar de la erosión del poder  blando de EE.UU., la matizada política de Barack Obama no puede enmendar los efectos catastróficos de la arrogancia de los neoconservadores ni borrar las locuras de Wall Street, las élites estadounidenses asumen lo que ellos llaman liderazgo mundial y equivocadamente postulan un reconocimiento mundial de tal posición en una actitud que no facilita una respuesta colectiva a los problemas transnacionales. Peor aún, las fuerzas estadounidenses reacias a renunciar a la política de hegemonía pueden tener la tentación de manipular algunas dimensiones de la crisis para contener a los que se perciben como rivales en ascenso.

Para evitar consecuencias desastrosas tiene que prevalecer otro escenario. La sensibilidad hacia la extrema gravedad de las amenazas transnacionales, combinada con una América jeffersoniana y una renovada cooperación entre China y Europa, conducirían a la construcción de una gobernanza a nivel mundial más eficaz. A pesar de la decepción que sucedió a la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, el estancamiento de la reforma del sistema de Naciones Unidas, las dificultades para entrar en una arquitectura posterior a Bretton Woods o para llegar a un consenso sobre la Ronda de Doha para el Desarrollo, el nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas firmado entre Washington y Moscú, o el cambio desde el restrictivo G-8 al G-20 como consecuencia de la crisis financiera, pueden interpretarse como pasos en una dirección más cooperativa e inclusiva.

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Más allá de la "gran muralla de desconfianza"

En un siglo de interdependencia y coexistencia de modernidades, si la unipolaridad es una mera ilusión de orden, la multipolaridad sin multilateralismo efectivo podría ser una fuente real de desorden. Pero, en el esfuerzo internacional necesario para organizar un mundo multipolar, ¿puede Occidente tratar a China como un socio verdaderamente igual? En el largo proceso de negociación en muchas capas que puede llevar a un consenso sobre la nueva seguridad internacional o arquitecturas financieras, o en los complejos pero permanentes debates públicos globales de los que se hacen eco poderosos medios de comunicación, ¿puede occidente mirar al mundo chino sin condescendencia ni prejuicios? 

El “chino-escepticismo”, definido como la resistencia a ver China como un co-arquitecto de confianza del nuevo orden global, impide el avance hacia una gobernanza mundial más equilibrada. Si uno espera seriamente ver más sinergias chino-occidentales, primero tiene que comprender el origen de la desconfianza que afecta tan profundamente a su mutua percepción.

A pesar de que la distancia geográfica ya no separa Occidente y China, una línea de falla mental les mantiene aparte. Menos evidente que la chino-fobia pero más persuasivo y sin relación con ideologías, lo que constituye, en gran medida, una desviación de realidades más profundas - el "síndrome de Fu Manchú" procede de las sospechas hacia la "China Roja" -  una escisión de originen que divide el Occidente y China como polos opuestos de un mapa cognitivo.

El mito de la alteridad absoluta, construido por viajeros en busca del exotismo y siglos de orientalismo, desaparecerán cuando -tomando prestado un pensamiento de Thomas Paine sobre los EE.UU. en su obra Sentido Común- la causa de China con sus 1.300 millones de seres humanos se entienda de forma espontánea como la causa de toda la humanidad.

Aunque la imprescindible sinergia chino-occidental presupone la plena conexión de Occidente con la dinámica del renacimiento chino, también requiere que Pekín continúe con su estrategia pos-maoísta de reforma y apertura. Los innegables logros económicos de China no deben reactivar lo que Matteo Ricci llamó "superbia sinica", soberbia china; ni generar un comportamiento chino-centrista, sino que deben contemplarse como condiciones para todavía más ajustes institucionales y compromiso con el mundo.

«Europeización» de la política de De Gaulle hacia China

A nivel operativo, si se necesita diplomacia, esfuerzos de relaciones públicas y diálogo para disipar malentendidos, no son suficientes para inducir a la confianza. Las relaciones chino-europeas son especialmente importantes, ya que podrían albergar nuevas realidades y formas de cooperación que allanen la gran muralla de desconfianza. 

Aceptar que la calidad de la conexión entre China y Europa puede afectar a las relaciones entre China y Occidente, y más allá, puede mejorar el clima de las relaciones internacionales. Es urgente que Bruselas y Pekín revitalicen su cooperación.

Lamentablemente, se podría argumentar que, desde la Séptima Cumbre UE-China en el comienzo de la primera Comisión Barroso, la relación se ha caracterizado por una falta de decisión que explica en parte la narrativa de una hipotética diarquía chino-estadounidense. Hasta cierto punto, el discurso sobre el G2 pretende llenar un vacío estratégico. Sin embargo, se puede cerrar el capítulo de las dubitativas relaciones chino-europeas si ambas partes se dan cuenta del valor inigualable de su relación y de su importancia mundial.

Bruselas está ahora mejor dotada para diseñar y aplicar un plan estratégico de acción exterior, y Catherine Ashton, su primera Alta Representante de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, con el apoyo de Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo, podrían marcar la diferencia, poniendo en la zona alta de su agenda las relaciones con Pekín con una perspectiva verdaderamente global.

Los políticos de Bruselas tienen que europeizar la política de Charles de Gaulle hacia Pekín. Una estrategia independiente y a largo plazo que considera a China como matriz viva de civilización, que anticipa que su republicanismo joven evolucionará hacia formas más perfeccionadas, y que cuenta con ello como generador de equilibrio geopolítico.

La Unión Europea debería conceder el estatus de economía de mercado a China – antes de que Pekín lo consiga automáticamente en el marco de la Organización Mundial del Comercio en 2016 a más tardar – y levantar el embargo de armas, que constituyen tanto una política obsoleta como un manifestación simbólica de desconfianza, y acelerar las negociaciones para un amplio acuerdo de asociación y cooperación.

Al mismo tiempo, la vinculación chino-europea tiene que ser revitalizada por un nuevo paquete de cooperación transformadora. Con el fin de apoyar el desarrollo del continente más pobre del mundo, Bruselas y Pekín deberían trabajar con la Unión Africana y sus 53 miembros en un "Plan Marshall" para África. Es más, acciones conjuntas chino-europeas en Asia central y meridional subrayarían la importancia de la dimensión euroasiática. El concepto de la Ruta de la Seda es uno de los mejores antídotos contra la gran muralla de desconfianza.

Proyectos innovadores de cooperación chino-europea en China (es el momento de invertir en proyectos relacionados con los medios de comunicación y de establecer una Universidad chino-europea), pero también dentro de la Unión Europea (cooperación en medicina, por ejemplo, o una gestión mejor de la barrios chinos) podrían contribuir a conducir las relaciones chino-europeas a otro nivel.

Compromiso con la nueva etapa de relaciones entre China y Europa

En el comunicado conjunto, una nueva etapa en las relaciones China – Unión Europea, que siguió a la XIII Cumbre UE-China (6 de octubre de 2.010), las dos partes "expresaron su compromiso para abrir una nueva etapa en las relaciones UE-China". Por otra parte, con el éxito de la visita del Presidente Hu Jintao a Francia (del 4 al 6 noviembre), París está de nuevo en condiciones de contribuir a una más sinergia entre China y Europa. La declaración chino-francesa realizada con motivo de la visita de Hu a París solicita el levantamiento del embargo de armas de la UE sobre China.

Durante la visita de Hu, el presidente francés Nicolas Sarkozy aludió al reconocimiento de De Gaulle de la China maoísta en 1.964 y presentó como una firme referencia la visión de futuro del general. El gaullismo, entendido como el esfuerzo para actuar de acuerdo con las realidades permanentes, sigue siendo relevante en medio de los cambios y a pesar de todo el ruido de los posicionamientos superficiales. Dos años después de las tensiones entre China y Francia en relación con el Dalai Lama, la desacertada decisión de la comisión del Premio Nobel de la Paz 2.010 de concedérselo a un disidente chino fue una prueba para la política de París en relación con Pekín. Francia mostró su determinación para desarrollar una estrategia a largo plazo de cooperación con China.

En la actualidad es muy común en todo el Pacífico burlarse de lo que se representa como un continente marginado, pero a pesar de sus imperfecciones la Unión Europea es un laboratorio gigante que ha probado con éxito nuevas formas de gobernanza no sólo capaces de conciliar a antiguos enemigos, sino aptas para integrar los antiguos Estados Nacionales sin el uso de la fuerza.

Para apreciar el espíritu de esta república europea en construcción, se tiene que volver a la originaria declaración de Schuman (9 de mayo de 1.950), en el primer momento de la integración europea: "Europa no se hará toda a la vez, o de acuerdo con un único plan. Se hará gracias a realizaciones concretas, creando primero una solidaridad de hecho”.

Aunque la idea de una construcción supranacional o una soberanía compartida entre Bruselas y Pekín no es realista, los líderes europeos y chinos pueden declarar una convocatoria a "realizaciones concretas creando solidaridades de hecho" o, en otras palabras, recalibrar la noción de la cooperación como instrumento para fomentar la confianza y unir a las personas.

La pos-Segunda guerra Mundial y las arquitecturas que sobrevivieron a la Guerra Fría y al colapso de la Unión Soviética, fueron una visión por primera vez en la Carta del Atlántico (1.941) por Roosevelt y Churchill, dos gigantes del mundo anglosajón, y diseñadas, en gran medida, por un pequeño grupo de estadounidenses apropiadamente llamados los "hombres sabios". La fertilización cruzada de sabidurías occidentales y no occidentales en un grupo amplio de "hombres sabios" podría transformar lo que ellos establecieron brillantemente y llevar la gobernanza mundial a un nivel superior.

Para los "hombres sabios" contemporáneos, las palabras pronunciadas hace exactamente 60 años por Robert Schuman, en la histórica declaración en el Quai d'Orsay son más pertinentes que nunca: "La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan. "

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David Gosset es director del Centro Euro-Chino para Relaciones Internacionales y de Negocios (ECCIR) de CEIBS, Shanghai&Beijing, fundador del Foro Euro-China.

Artículo publicado en inglés en China Daily

Traducción Luis & Galán con autorización

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

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