El Premio Nobel de la Paz de 2.010 otorgado al activista chino encarcelado Liu Xiaobo, ciertamente se ha convertido en una insigne causa internacional, pero también es una triste paradoja. Un premio sin ningún ganador real que genera desconfianza y perplejidad cuando el entendimiento y la claridad son muy necesarios.
AUTOR: DAVID GOSSET
Traducción: Luis S. Galán
En un asunto muy sensible – una persona ha sido privada de libertad, han hablado autoridades morales e intelectuales, los gobiernos están divididos -, han de reafirmarse dos axiomas. Dado el nivel de interdependencia que une a China con el mundo, ni el conflicto ni la separación son opciones aceptables entre ambos, nuestros discursos y acciones deben subordinarse al ideal de complementariedad, sinergia y armonía. Obviamente, muchos querrían ver una China radicalmente diferente antes de que se incorpore plenamente al sistema mundial en términos occidentales. Aquí interviene el segundo axioma: una China en modernización elegirá la cooperación en tanto que actriz de una gobernanza mundial actualizada. Lo que sigue a continuación se deriva de estos dos postulados.
En un ingenioso artículo de opinión para The New York Times, Yoni Brenner jugó, hace un año, con la palabra noruega, “thorbjorn”, término que acuñó para referirse al presidente del comité del Premio Nobel de la Paz Thorbjorn Jagland. El comentarista pretendía sintetizar en este neologismo la combinación de extrañeza, incredulidad y vergüenza que sucedió a la decisión de premiar al Presidente de los Estados Unidos Barack Obama tras 8 meses en la Casa Blanca. Si se añade a la sensación de “thorbjorn” el sentimiento de lamentable inoportunidad, se retrata el estado de ánimo que domina en amplios segmentos de la sociedad china tras el anuncio de 2.010.
Cuando, consciente de las ambigüedades que rodearon a su decisión, Thorbjorn Jagland subraya repetidamente el derecho de su comité a expresarse, las palabras esculpidas sobre el frontispicio de Uppsala, la prestigiosa Universidad sueca, vuelven a la mente: “Pensar libremente es una gran cosa, pensar correctamente es aún mejor”. El comité de 5 miembros de Jagland tenía innegablemente derecho a expresarse, pero simplemente tomó una decisión autodestructiva por, al menos, cinco razones.
Primero, la decisión implica una distorsión de la realidad china, una tergiversación irresponsable de la más importante historia de nuestro tiempo, el renacer chino. Dando el premio a Liu Xiaobo tal y como se hizo en el pasado con Von Ossietzky, Lutuli, Sakharov o Aung San Suu Kyi, el comité asocia de manera implícita la China post-maoísta con la época Nazi, el apartheid de Sudáfrica, el régimen soviético y el gobierno militar birmano. Tal falacia desacredita a la venerable institución noruega.
Imaginando una sociedad china paralizada, la lógica del comité contiene dos argumentos inválidos. De una disputa percibida como injusta pero particular, infiere la generalización de un régimen arbitrario, y, presuponiendo sin matices que la única alternativa a la democracia liberal occidental - ¡que nunca puede generar injusticias!- debe ser un régimen totalitario, está categorizando y juzgando al mismo tiempo al país más poblado del mundo. El comité se ha convencido a sí mismo de que Liu es, en una representación estática y maniquea, el símbolo de la oposición radical del bien con el mal, mientras que, en realidad, su situación personal sólo ilustra las contradicciones y vicisitudes de la modernización china.
El ex-presidente checo Vaclav Havel y el arzobispo Desmond Tutu, dos autoridades morales en sus respectivos países, explican que “este no tiene por qué ser un momento de insulto a China” (Washington Post, 22 de octubre), pero ¡cómo caracterizar tal magnificación de un caso particular combinada con semejante desprecio por lo que ha logrado el pueblo chino durante las últimas tres décadas!
Segundo, el comité pasa por alto las limitaciones del desarrollo económico cuando asume que un país en desarrollo con 1400 millones de habitantes y un PIB per cápita de 3.700 dólares americanos puede adoptar en bloque estándares socio-políticos del mundo desarrollado sin obstaculizar su progreso material. “Buscando la verdad en los hechos”, lo que uno ve es una mezcla de apertura, reformas y control estatal que está liberando a China de la tiranía sin rostro de la pobreza. Libertad que da fundamento a la de expresión, y no al contrario.
La riquísima Noruega (segundo PIB per cápita del mundo), con una población inferior a 5 millones de personas, que cuenta con importantes recursos naturales en un entorno geopolítico relativamente cómodo, no puede ser más distinta de la gigantesca sociedad en desarrollo china, pero el comité debería haber sido capaz de sentir empatía con las complejidades y condiciones únicas de China. Además, la historia occidental demuestra que, si los ideales políticos son fáciles de formular, su implementación requiere tiempo.
Tercero, la elección hecha bajo la presidencia del anterior Primer Ministro noruego y actual Secretario General del Consejo de Europa puede interpretarse como “politizada” y contra la República Popular China. Hasta cierto punto, lamentablemente, reaviva un enfrentamiento ideológico innecesario. Liu Xiaobo promovió la Carta 08, y los que han leído el manifiesto político, entre los cuales suponemos figuran los cinco miembros del comité, son conscientes de que llama a la desintegración revolucionaria de la República Popular China. Si bien la Carta 08 se inspira formalmente en la Carta 77 sus contenidos no son comparables porque el texto firmado por Vaclav Havel en 1.977 no defendía una revolución sino la mera aplicación de derechos legales.
El 18º objetivo de la Carta 08 –la noción de una federación de comunidades chinas democráticas constituida por Taiwan, Tibet, Xinjiang – generaría caos si no una larga guerra civil. Thorbjorn Jagland insiste: “queremos ver progreso continuo (en China), y esa es la razón por la que hemos dado el Premio de la Paz al Sr. Liu.” (The New York Times, 22 de octubre). El Sr. Jagland debería saber que una reorganización de las fronteras del territorio de China de tal magnitud retrotraería al país a la inestabilidad y a las luchas internas en una trágica regresión.
Cuarto, y consecuencia lógica del anterior, el comité optó por una elección que causa enfrentamientos. Al contrario de la voluntad de Alfred Nobel, que apunta al reconocimiento de la persona “que debería haber hecho la mayor o mejor obra de fraternidad entre naciones”, el anuncio de 2.010 acarrea discordia, incomprensión y confusión entre China y Occidente cuando se deben crear condiciones para la armonía y la sinergia.
El comité cree que la estricta referencia a principios abstractos consagrados por acuerdos internacionales lleva a la convergencia pero su elección no integra el equilibrio sutil entre la existencia de valores universales y la no menos real diferencia en niveles de desarrollo. En cierto sentido, el puro idealismo excluye a la historia cuando es la combinación de ambas, una filosofía política genuina, la que tiene significado y relevancia.
Por último, dados los últimos dos siglos de China y su recuerdo del imperialismo occidental, la decisión es, hasta cierto punto, contraproducente. Las fuerzas más conservadoras de Pekín opuestas a la profundización en reformas sacan partido siempre de cruzadas contra lo que se percibe como una interferencia pública y directa en asuntos internos de China.
Desaprobar la decisión del comité no es exhortar a la inmovilidad a Pekín, sino que se basa en el convencimiento de que han de diseñarse de forma responsable ajustes graduales en relación con China, y, dada la situación objetiva de la RPC, con el propio Partido Comunista.
Como prueba fehaciente, la transformación política ya está en marcha y ocupa una posición cada vez más central en los debates internos del Partido. En agosto, durante una visita a Shenzhen para celebrar el 30º aniversario de la Zona Económica Especial, el Primer Ministro de China, Wen Jiabao explicaba: “Sin la protección de la reforma política, se perderían los frutos de la reforma económica y no se materializaría el objetivo de modernización”. Luego, en una insólita entrevista con CNN, insistió: “La libertad de expresión es indispensable para cualquier país”, añadiendo que “los deseos de democracia y libertad del pueblo son irresistibles”. Ya en 2.008 en el mismo programa con Fareed Zakaria, Wen Jiabao anunció: “Creo que mientras avancemos con las reformas económicas, necesitaremos avanzar con las reformas políticas, en la medida que nuestro desarrollo es de naturaleza integral, nuestra reforma también debe serlo”.
El ideal de Jefferson, expresado elocuentemente en su discurso inaugural, puede servir como fuente universal de inspiración: “Si hay alguien entre nosotros que quiere disolver esta Unión o cambiar su forma republicana, dejémosle reposar como un monumento a la seguridad de que el error de opinión puede ser tolerado allí donde esté la razón para combatirlo”. Sin embargo, el tercer presidente de los Estados Unidos de América fue también el autor principal de la Declaración de Independencia y el pueblo chino, y sólo él, definirá los términos exactos y el ritmo de la democratización de Pekín. En el siglo 21, la influencia de occidente no puede imponerse con lecciones espectaculares de gobierno sino que sólo puede ser proporcional a su capacidad para perfeccionarse a sí mismo.
Liu Xiaobo, protagonista de esta insigne causa global, ciertamente ha ganado fama pero, dada la controversia que rodea a la decisión del comité, está lejos de aparecer como ganador indiscutible. Reflexionando sobre un caso moral y legal particular, se puede defender la liberación de Liu Xiaobo y, al mismo tiempo, teniendo en cuenta la dinámica de un panorama más completo, desaprobar la decisión del comité.
El drama que se está desarrollando también está afectando al modo en que se percibe a Pekín por parte de la opinión pública mundial. El Premio Nobel de la Paz de 2.010 no sólo ha neutralizado los esfuerzos de China para mejorar su imagen sino que, una vez más, demuestra su relativa debilidad externa en capacidad de comunicación. ¿Era apropiado amenazar al comité antes de sus deliberaciones finales? ¿Era necesario calificar de “obsceno” el resultado, usar el término “blasfemia”? ¿Por qué pedir una disculpa – y arriesgarse a una escalada- cuando es evidente que el comité no puede disculparse y no se disculpará? La falta de sensibilidad en la comunicación también contribuye al déficit de imagen de China.
Como demostración de la escasa influencia (soft power) de China, baste señalar que hasta ahora no se ha escrito un solo artículo de opinión por parte de los líderes de opinión política en los medios occidentales más importantes para explicar la percepción y posición china.
El Premio Nobel de la Paz sigue siendo una institución respetable y se puede esperar que en un futuro próximo presente al mundo una imagen más precisa del renacimiento de China como motor del crecimiento económico global, como un polo de estabilidad y fuente de sabiduría.
El comité podría reconocer, por ejemplo, esfuerzos de individuos chinos que trabajan pacientemente por la mejora del sistema legal, por la protección del medio ambiente, por unos medios de comunicación más abiertos y sofisticados sin adoptar enfoques radicales de la disidencia.
La ceremonia en Oslo el 10 de diciembre que pudiera ser útil y significativa, una celebración inclusiva de las mejores esperanzas mundiales, será un ritual solmene de acusación que elevará la mutua desconfianza y la falta de entendimiento entre Occidente y China a nivel de tragedia. Sin embargo, a pesar de la torpe decisión del comité, en medio de una serie de monólogos egoístas, el diálogo debe continuar.
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David Gosset es director del Centro Euro-Chino para Relaciones Internacionales y de Negocios (ECCIR) de CEIBS, Shanghai&Beijing, fundador del Foro Euro-China. Condecorado con la Gran Cruz de la Orden del Mérito civil por Juan Carlos I.
Traducción de Luis S. Galán Lozano bajo la autorización de su autor.
Revisado por Alfredo Pastor, profesor de economía de IESE.
Texto en inglés
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